6.10.06

San José y el torero Pepe Hillo

©Luisfernando Palma Robles
Publicado en Caireles, Barcelona (2002)

He pasado en mi vida de ser espectador de corridas taurinas a ser sólo entusiasta de la historia de la Tauromaquia. La retirada de Curro Romero ha actuado de cachetera, asestando con la puntilla en el espacio intervertebral de mi afición taurina el golpe que me ausenta, directa y mediáticamente, de los ruedos. Puede ser que algún mañana alguien cicatrice esa mortal herida, para que resucite al espectáculo festivo de la muerte en la tarde.
Hay unos momentos del ritual taurino que siempre me han llamado la atención. Se trata de los que componen la oración privada –a lo mejor en latín, quién sabe- que el matador oficiante lleva a cabo, cabeza gacha y entregada, ante la baraja de imágenes sagradas en la intimidad de la habitación del hotel. Muchas estampas; aunque, en una alta proporción, los diestros son especialmente devotos de una particular imagen. Pepe Illo lo era de su santo homónimo, devoción que le llevó a donar una imagen escultórica del santo patriarca a la popular hermandad sevillana del Baratillo, vecina del coso de la Real Maestranza de Caballería, en el barrio de El Arenal, inmortalizado por Lope de Vega:
“¡Famoso está el Arenal!
¿Cuándo lo dejó de ser?
No tiene, a mi parecer,
todo el mundo vista igual”
Pepe Hillo (derivado seguro de Pepillo) nació en Sevilla en 1754 . Durante algún tiempo se discutió mucho acerca del lugar de su nacimiento, así como de la fecha en que tuvo lugar tal venida al mundo; pero el Doctor Thebussem dio en la sevillana parroquia colegial del Divino Salvador con la partida de bautismo de José Matilde –el segundo nombre, el de la santa del día- que nació el día 14 de marzo a las seis de la mañana, hijo de Juan Antonio Delgado y de Agustina Guerra, su mujer .
Consta su actuación en Madrid en 1774 a las órdenes de su mentor Joaquín Rodríguez Costillares. En 1777, la Junta de Hospìtales de Madrid, empresaria por así decirlo del coso de la villa y corte, desea que los famosos lidiadores rondeños Juan Romero y su hijo Pedro toreen en la capital de España. Éstos se niegan y entonces a la Junta no le queda otro remedio que contratar a Costillares y a su discípulo Pepe Hillo. El diestro últimamente citado tiene que cumplir sus compromisos con la Real Maestranza de Sevilla, por lo que las corridas de la capital andaluza se celebran los días 11, 12, 14 y 16 de mayo para que el matador pueda salir para Madrid el 17 .
En comunicación efectuada al prestigioso farmacéutico y gran aficionado a la Tauromaquia don Antonio Moreno Bote de Acevedo, expresa Pedro Romero que “En año de 78 conocí y trabajé en mi oficio de matador de toros en la plaza de Cádiz con don José Delgado Hillo” . De esta fecha parece arrancar la rivalidad entre Pedro Romero y Pepe Hillo, representante el primero de la llamada escuela rondeña y el segundo de la conocida como sevillana. Con el riesgo que toda simplificación lleva consigo podemos asociar la primera a los términos “seriedad y profundidad” y la segunda a “toreo vistoso y alegre.”
Pepe Hillo, quien por su muerte entró de lleno en las páginas del Legendario y de la Mitología, ha pasado a la historia por ser autor (?) de una preceptiva taurina: La Tauromaquia o arte de torear. Obra utilísima para los torerios de profesión, para los aficionados y toda clase de sugetos [sic] que gustan de toros. Su primera edición está fechada en Cádiz, imprenta de Manuel Jiménez Carreño, año 1796 . Es prácticamente imposible que el torero redactase esta Tauromaquia, pues, entre otras razones, se dice de él que desconocía lo más elemental de la lectura y de la escritura y que sólo cogía recado de escribir para dibujar su firma. Todo apunta a que el autor literario de la obra fuese su gran amigo y cronista de su muerte don José de la Tijera.
Pepe Hillo fue el inventor de la suerte de frente por detrás, que así se describe en su Tauromaquia: “Esta suerte es aquella que hace el diestro situándose de espaldas en la rectitud del terreno que ocupa el toro, teniendo la capa puesta por detrás al modo que de frente; y, luego que aquel le parte, le carga la suerte, dando el remate con una vuelta de espaldas, y formando un medio círculo con los pies, con lo que deja al toro proporcionado para segunda suerte. Soy el inventor de ella, y la he ejecutado siempre con fortuna; bien es verdad que solo la he hecho a las reses boyantes cuando tienen piernas, para rematarla bien; y en otras circunstancias no aconsejo a ninguno que la ejecute.”
La muerte de Pepe Hillo por el toro Barbudo es uno de los momentos más significativos de la historia taurina . Fue en Madrid el 11 de mayo de 1801. La corrida de aquel día, con sesiones como era entonces habitual de mañana y tarde, tenía como espadas, además de al malogrado diestro, a José Romero (su hermano Pedro, el gran rival de Pepe Hillo, se había ya retirado) y a Antonio de los Santos. Por la mañana, Pepe Hillo había sufrido un puntazo en una pierna, por lo que era lógico que no continuase lidiando. Sin embargo el torero sevillano salío por la tarde a efectuar su labor profesional. El séptimo de la tarde, el citado Barbudo, de la ganadería de don Luis Rodríguez San Juan, de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), negro, de buen tamaño y corniabierto, lo enganchó cuando el maestro entró a matarlo.
Don José de la Tijera, testigo de la mortal cornada que recibió nuestro diestro sevillano, describe así los últimos momentos de la carrera de éste: “Sólo recibió el toro cuatro varas, a las que entró siempre huyendo de los caballos. Después, con mucha maestría le clavó un par de banderillas el aplaudido Antonio Santos, y seguidamente le clavaron otros tres pares, Joaquín Díaz y Manuel Jaramillo. Luego se presentó a matarle José Delgado Illo: le dio tres pases de muleta por el orden común, despidiéndole por la izquierda y el restante de los que llaman al pecho, con el cual se libertó del apuro contra los tableros, en que le encerró la mucha prontitud con que se revolvió el toro, algo atravesado, no hallándose puesto aquél en la mejor situación.
“Estando ya en la fatal de la derecha del toril, a corta distancia de él, y con la cabeza algo terciada a la barrera, se armó el matador para estoquearle; lo tanteó citándole o llamándole la atención de la muleta, deteniéndose y sesgándole algo más de lo regular, se arrojó a darle la estocada a toro parado y la introdujo superficialmente como media espada por el lado contrario o izquierdo. En este propio acto le enganchó con el pitón derecho por el cañón izquierdo de los calzones y lo tiró por encima de la espaldilla al suelo, cayendo boca arriba. Bien porque el golpe le hizo perder el sentido, o por el mucho con que pudo estar, para conocer que en aquel trance debió quedar sin movimiento, es lo cierto que, careciendo de él, se mantuvo en dicha forma ínterin le cargó el toro con la mayor velocidad y ensartándole con el cuerno izquierdo por la boca del estómago, le suspendió en el aire y campaneándole en distintas posiciones, le tuvo más de un minuto destrozándole en menudas partes cuanto contiene la cavidad del vientre y pecho, a más de diez costillas fracturadas, hasta que le soltó en la tierra inmóvil y con solo algunos espíritus de vida.”
Volvamos a San José. Pepe Hillo, vecino del barrio del Arenal y, por tanto, de la Real Maestranza, regaló, como indiqué en las primeras líneas, una imagen del santo esposo de María a la capilla del Baratillo, aledaña del coso taurino sevillano. Refiriéndose a la oración del torero ante la imagen del santo, el pueblo cantaba, como intuyendo su trágico fin:
“Qué lástima me ha dado
de ver a Illo
rezando en la capilla
del Baratillo.”
La imagen, en verdad, no posee gran mérito artístico, aunque sí un enorme sabor popular, debido, sin duda, a ser donación del legendario torero. En su peana se lee: “Este Santo Patriarcha se hizo y colocó en este altar a devoción y diligencia de Joseph Delgado-Yllo en 19 de marzo de 1774 años”. Por ser la referida imagen josefina titular de la cofradía del Baratillo desde el 7 de agosto de 1783 , ésta le dedica todos los 19 de marzo una función y tiene la citada titularidad representada en su escudo mediante una sierra.
En un inventario figura entre los bienes del torero una lámina del santo patriarca , lo que confirma, aún más, la devoción que José Delgado Guerra sentía por el patrón de los carpinteros.