16.10.06

La cuaresma y la semana santa de Lucena en 1904

©Luisfernando Palma Robles,

Publicado en La Voz de Lucena y del Sur de Córdoba, especial Semana Santa (2004)

Hace exactamente un siglo, en el también bisiesto año 1904, el Ayuntamiento manifestaba el 8 de febrero su interés porque no decayesen en animación y lucimiento las fiestas del carnaval. Para ello consideraba,unánimemente, primordial la intervención de la Banda Municipal de Música, que habría de actuar por las tardes en la Plaza Nueva (de Alfonso XII entonces) los días de carnaval y el domingo de piñata. La Banda no se encontraba precisamente en sus mejores momentos; el semanario de inspiración católica El Adalid Lucentino, entonces dominical, satiriza en su número correspondiente a los días de carnestolendas sobre los músicos municipales, quienes según la particular audición del columnista producían “un extraño y desagradable ruido”.
El miércoles de Ceniza, 17 de febrero, empezó, como venía siendo habitual, el quinario al Cristo crucificado en la iglesia agustina y recoleta de San Martín. Para estos cultos introductorios de la cuaresma se colocaba todo el grupo escultórico de la Sagrada Lanzada (El Calvario) en el lateral de la epístola, ante la puerta llamada de San Pedro y el altar de la Virgen de la Correa. Las monjas, desde el coro, entonaban los “Afectos y suspiros de un corazón arrepentido a Cristo crucificado”, con letra original de una artista que decidió abandonar la vida licenciosa. Todas las tardes del quinario de 1904 predicó el padre agustino Segundo Garrido.
En este tiempo cuaresmal, como en otros, al toque de oraciones de todas las noches se rezaba el rosario en la ermita de la Aurora, a cuyo término se llevaban a cabo lecturas espirituales.
El tiempo, en extremo lluvioso aquellos días de febrero; pero ello no era obstáculo para que un buen número de personas asistiese los miércoles y los viernes de aquella cuaresma a los respectivos vía crucis de las cuatro parroquias, especialmente al de San Mateo los viernes, donde tenía lugar antes de ese piadoso ejercicio la proclamación de un sermón penitencial. En las sacristías de las distintas iglesias parroquiales se expendían las bulas de la Cruzada.
El primer domingo de cuaresma, la Venerable Orden Tercera celebró en la conventual franciscana ejercicios espirituales con predicación de un padre de la orden. El martes 23, a las siete y media, dio principio el novenario a Nuestra Señora de la Soledad, en la iglesia parroquial de Santiago, con función solemne el segundo domingo de cuaresma, estando a cargo la homilía del párroco de Santo Domingo, don Juan Espinar y Prieto.
Buena se armó por aquellos días con motivo de haber aparecido en el número del día 25 de febrero en el periódico La Voz de Lucena un artículo calificado por la prensa católica de “inmoral e irrespetuoso con la Inmaculada Concepción”, cuyo dogma había sido proclamado por Pío IX cincuenta años antes. El semanario confesional publica en su edición del tercer domingo de cuaresma las protestas de la Asociación de Hijas de María, del párroco de Santo Domingo, el ya citado don Juan Espinar, que era a su vez director en Lucena de la Asociación de la Buena Prensa, de la sociedad de San Vicente de Paul y de la Venerable Orden Tercera.
El 12 de marzo comenzó en la parroquial de Nuestra Señora del Carmen la novena a san José, con solemne función en la festividad del 19 que contaría con panegírico del arcipreste y párroco de la feligresía don Juan Antonio de Navas y Flores.
El mismo día de san José principió en San Mateo, a las siete y media de la noche, el septenario a María Santísima de los Dolores, con predicación a cargo del padre Fr. Jesús de Santa Teresa, que concluyó el viernes de Dolores, 25 de marzo. El mal tiempo no impidió la masiva asistencia de fieles a estos cultos a la Dolorosa Servita. Precisamente en 1904, gracias a don Joaquín Garzón Carmona, párroco de San Mateo, hermano de mi abuela paterna, se reorganizó la Venerable Congregación de Servitas de María, tras un largo letargo, contando con la decidida colaboración de las señoras doña Dolores Puech, doña Isabel Torres, doña Catalina María Leña -designada en 1899 cuadrillera del Señor de la Columna de San Francisco-, mi abuela Elisa Garzón, doña Estrella Slech, doña Dolores Cabrera y la señorita Carmen Escudero Galiano. Se inscribieron durante el septenario en la Congregación más de 200 hermanas. Según la crónica, el templo mayor de Lucena presentaba una decoración elegante y severa con profusión de luces.
Presidía por entonces la Corporación municipal lucentina el abogado don Félix Aznar y León, a cuya indicación el 21 de marzo el Ayuntamiento trata de la inmediata semana santa; se acuerda por todos los asistentes contribuir al mayor esplendor de esas fiestas religiosas y que se sigan las costumbres existentes al respecto desde tiempos antiguos. Se decide asistir corporativamente a la función del domingo de Ramos, a los oficios del jueves santo, a la visita de los sagrarios, donde se depositaría la ofrenda de costumbre, y a la solemne procesión del santo Entierro en la tarde del Viernes. Igualmente se conviene que el alcalde designe una comisión para que asista a la visita general de cárcel con encargo de socorrer a los presos con la limosna individual que la primera autoridad local fijase, quien a su vez nombraría diputación que asistiese a los oficios del viernes santo. En cuanto a los gastos ocasionados por la referida participación municipal en los diferentes actos semanasanteros, incluyendo los de los timbaleros, música y cera, se determina que se libre por la Alcaldía la cantidad a que asciendan con cargo al capítulo respectivo del presupuesto municipal en vigor o al de imprevistos, si no hubiese consignación para alguno de ellos.
Las calles de los itinerarios procesionales se arreglan por aquellas fechas de manera provisional. Lleva la dirección de esta reparación del suelo urbano el maestro de obras Domingo Arroyo Jiménez, quien recibe por ello 115 pesetas con 50 céntimos. El pavimento que con motivo de las fiestas de semana santa se adecentó fue el de la calle San Pedro y nueve vías públicas más.
La Iglesia local pagó a Antonio Bernabeu 30 pesetas por las palmas traídas de Elche para la función del domingo de Ramos, 27 de marzo. El sacerdote don Juan Ruiz Córdoba recibió 22 pesetas y media como estipendio de las pasiones cantadas en San Mateo el domingo de Ramos y el viernes santo. Fue el carpintero Manuel Palma García, hermano de mi abuelo paterno, quien se encargó de montar y desmontar el monumento, por lo que percibió, con inclusión de las puntas invertidas en él, 30 pesetas y 40 céntimos, que le fueron entregadas por el cura obrero de la parroquial don Joaquín Garzón Carmona, mi tío abuelo ya citado.
Las procesiones de semana santa se redujeron, al parecer, a las dos del Viernes: Nuestro Padre y Entierro de Cristo. A pesar de que las corporaciones pasionistas del Carmen (Miércoles) y la de la Veracruz y Paz (Jueves) habían decidido efectuar su desfile, finalmente no lo llevaron a cabo, por razones que la prensa indicaba no conocer a ciencia cierta, aunque daba cuenta de que existían diversas versiones sobre el particular. El domingo de Ramos el semanario católico se hacía eco con ironía de ciertos rumores referentes a la supresión de las procesiones del Miércoles y Jueves, debido al “inmejorable” estado de las calles.
La cofradía de la Paz había decidido en su cabildo del primer domingo de cuaresma, 21 de febrero, llevar a cabo su salida procesional. Era el hermano mayor don Francisco Manjón-Cabeza y Villalba, que a su vez desempeñaba el cargo municipal de segundo teniente de alcalde y que cumplía ese año los dos para los que había sido elegido; por las unánimes instancias de los hermanos asistentes a ese cabildo accedió don Francisco a continuar en la dirección de la cofradía de la ermita de las calles Veracruz y Ancha. En esa junta se eligieron distintos cargos, resultando designado consiliario el sacerdote e historiador don Lucas Rodríguez Lara, adalid frente a los excesos de las celebraciones pasionistas.
Se acordó que la procesión comenzase a la misma hora que el año anterior, esto es, a las cinco de la tarde, estando los tronos en el llanete de Santiago a las cuatro y media. Según lo acordado en 1903, la procesión debería estar concluida a las diez de la noche.
Con carácter extraordinario se celebra cabildo el domingo de Ramos, 27 de marzo. El hermano mayor abre la sesión expresando que su objeto era acordar lo que procediera con relación a la salida de la procesión el jueves santo, a pesar de haberse acordado efectuarla en la junta del primer domingo de cuaresma. Sin embargo en aquel mismo cabildo se hizo observar el mal estado de las calles del itinerario, por lo que se comisionó a algún hermano para que confidencialmente hablase con el alcalde para que acudiese a remediar en lo posible este mal. El alcalde, al parecer, había prometido la solución, pero la lluvia pertinaz de toda la cuaresma había impedido el que se cumpliesen los deseos de la referida autoridad. La cofradía se encontraba en el dilema de salir, con peligro para los hermanos que conducen las efigies por los baches que las calles presentaban, o suspender por aquel año su desfile procesional.
Don Lucas Rodríguez Lara manifestó que era de la opinión contraria a llevar a cabo la procesión, no sólo por el estado de las vías públicas sino también porque hacía años que había venido haciendo constar en las juntas su parecer de que la procesión no debía salir mientras no se adoptasen medidas tendentes a evitar la escandalosa profanación que se venía haciendo de las sagradas imágenes en un día consagrado por la Iglesia al recogimiento y contemplación de los altísimos misterios que se conmemoraban. Que era público y notorio que muchas personas permanecían cubiertas al paso de las sagradas imágenes. Que se prodigaba el vino y los dulces al extremo de privarse, por los hombres que conducían los pasos, promoviendo disputas, profiriendo blasfemias y hasta en ocasiones haciendo uso de armas. Proponía que se colocasen pendientes de los tronos unos paños o velos que cubriesen a los hombres portadores de las imágenes, con el fin de que, no siendo vistos, se evitase la comunicación con los de fuera.
El párroco Espinar manifestó estar de acuerdo con lo expuesto por don Lucas, pero que en el caso de no efectuar la procesión se iría amenguando aún más la fe y se llegaría a la conclusión de no poder hacer manifestaciones de culto externo y que en todo caso se invocase a la autoridad, porque la procesión debía, según el cuerpo estatutario, llevarse a cabo. Tras el correspondiente debate, se procedió a la votación, que dio como resultado la suspensión por aquel año de la procesión del jueves santo.
El Viernes tuvieron lugar las dos procesiones: mañana y tarde. El semanario católico exponía como nota discordante de esa brillante jornada procesional el hecho de que estuviesen los bares y cafés abiertos, lo que estaba prohibido por bando en Madrid y en otras importantes poblaciones.
El sábado de Gloria, sobre las ocho de la mañana, moría en circunstancias extrañas, en una casa de la calle Ancha, un portador en la mañana del Viernes de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Se trataba de un cortador de carne, de 34 años, casado en segundas nupcias, cuya identidad omito, residente en la calle Álamos. Los forenses, don José Serrano Rivera y don Francisco García López, tras la autopsia, indicaron que había fallecido a consecuencia de una hemorragia cerebral.
Pocos números después de la semana santa, don Francisco García Pedrera comienza a publicar en El Adalid Lucentino un trabajo titulado “¡Suprimir las procesiones!”, donde trata de contrarrestar las opiniones vertidas por muchos con fama de eruditos en el sentido de que las procesiones deberían suprimirse porque eran innecesarias y porque para ser católico no era preciso hacer esa ni ninguna otra manifestación externa.