La cofradía de la Veracruz y Paz en 1805
©Luisfernando Palma Robles
Publicado en Columna de Esperanza, Lucena (2005)
¿Para qué son las guerras, Dios mío?”
(B. P. G., Trafalgar, XIII)
1805 es el año de la derrota hispano-francesa en Trafalgar, trozo de historia inmortalizado por don Benito Pérez Galdós. Este su lector, apasionado e incondicional, aprovecha la presente ocasión bicentenaria para continuar rindiendo homenaje a su memoria. Con don Benito tengo la deuda impagable de haberme acercado tiempo ha al fabuloso mundo del Ochocientos español, el siglo más español de todos los siglos, como lo llamase mi admirado don Enrique Tierno Galván.
En 1805, hace doscientos años, la cofradía lucentina de la Veracruz y Paz había ya completado el conjunto imaginero semanasantero que ha llegado hasta nosotros, con excepción de la Santa Fe que se incorporaría en 1843; aunque su cruz como santa Vera-Cruz, norte y guía de la procesión del jueves santo entonces y hoy, sí formaba parte de aquel pretérito cortejo que partía de la ermita de la calle Ancha, esquina Veracruz o Amargura. En los primeros momentos del Ochocientos había incorporado el conjunto de la Piedad (Virgen de Piedra o de las Angustias), que sería desde entonces el misterio que cerraría o autorizaría la variada exposición en imágenes de la pasión de Cristo en la tarde del “jueves de la cena”. La representación del Crucificado sería en el devenir de esta extinta hermandad una muestra de inestabilidad procesional, pues fueron muchas las imágenes de esta iconografía cristífera las que participaron en su desfile a lo largo de la historia.
Presidía por entonces la cofradía don Fernando Ramírez de Luque, cura beneficiado de los señores de Lucena e historiador. Apasionado e inquieto, don Fernando, en sus obras y actitudes, se manifestó tan amigo de las manifestaciones barrocas de religiosidad tradicional como enemigo del arte barroco que encierra la capilla del Sagrario de la archicofradía sacramental, recinto que la elite local levantó en la segunda mitad del siglo XVIII, en plena decadencia del señorío de los Comares-Medinaceli. Todo un misterio al que es difícil encontrarle explicación fuera del ámbito de las filias y de las fobias.
Los primeros meses de 1805 fueron en Lucena laboralmente complicados, a consecuencia de la dificultad para las tareas agrícolas y a la notoria escasez de trigo. Esto dio lugar a levantamientos por parte de los jornaleros impulsados por su estado de necesidad, que fueron contenidos por la intervención del corregidor, don Antonio de la Escalera, con la ayuda de la fuerza mandada por el coronel don Miguel de Ibarrola, quien desempeñaba en nuestra ciudad el cargo de comandante de armas. Más de mil personas habían quedado reducidas a la mendicidad por los días finales de enero. Don Enrique de Guzmán el Bueno, alférez mayor y muy ligado a la hermandad de la Veracruz, don José de Luna y Vargas, regidor de preeminencia, y el abogado don Pedro José Moyano Díaz, diputado del Común, componen una comisión encargada de acudir a la población más necesitada, una vez que la Junta de hacendados no había aceptado el repartimiento de jornaleros entre los pudientes.
De acuerdo con lo dispuesto por el Real y Supremo Consejo de Castilla, la Corporación municipal había recibido, para su posterior reintegro, 62 872 rs y 5 mrs pertenecientes a capitales eclesiásticos con la finalidad de invertir tal cantidad en trigo para el abastecimiento del pueblo. En este mismo orden de cosas, se decidió oficiar al vicario de la Iglesia local para que designase un eclesiástico que juntamente con los regidores comisionados al efecto reconocieran las casas de los señores curas y aquellas otras donde presumiblemente pudiera haber trigo, con objeto de atender la urgencia que la población experimentaba. Por otra parte, el citado abogado Moyano, diputado del Común, había comprado en Málaga, por orden de la Municipalidad lucentina, 3 300 fanegas de trigo. Moyano escribió desde esa capital manifestando que para el pago de su compra había buscado siete talegas de plata que debía restituir, para lo cual solicitaba se le enviase el dinero. El Ayuntamiento le manifestó en su respuesta la falta de fondos del Pósito común y acordó que fuera el regidor don Sebastián Gálvez Cañero, depositario del Pósito, quien aprontara la cantidad.
El mal tiempo de aquel invierno lo pone de manifiesto el torcimiento que había experimentado la fachada principal del ayuntamiento, “cuyas columnas, único base en que estriba la subsistencia, van perdiendo el orden”. El maestro mayor de obras de la Ciudad, Juan Pérez de Toro, manifestó que a esa modificación arquitectónica habían contribuido en gran parte los “últimos fuertes huracanes y las excesivas lluvias experimentadas en estos días”.
En la solemne función religiosa que tuvo lugar en la ermita con motivo de la festividad de Nuestra Señora de la Paz (24 de enero), intervino la capilla de música de San Mateo y en los tres días del jubileo de las cuarenta horas celebrado en el referido templo de la calle Ancha, como parte integrante de esos cultos marianos, la Música extravagante (aficionados no vinculados a la Iglesia) participó con sus instrumentos desde el Manifiesto hasta la Reserva y a su cargo corrió el canto del Rosario. Completaron estos cultos de enero, honras fúnebres en memoria de los hermanos difuntos de la cofradía. El encargado por la hermandad veracruceña para la organización de estos actos de enero fue Juan José Fernández, cuadrillero “en la insignia de Jesús y San Pedro en su santo Lavatorio”. El cura Ramírez, hermano mayor, ayudó a la función y jubileo reseñados con la limosna de 60 reales. El estipendio correspondiente a cada misa aplicada por el alma de un cofrade era entonces de 4 reales. Las contribuciones de los hermanos, recaudadas durante todo el año por Pedro Castellano, sacristán de la ermita, muñidor y cobrador de la cofradía, ascendió a 889 reales con 8 maravedís. Castellano, por su parte, recibió de la corporación veracruceña 594 reales; 384, de su salario de 32 reales mensuales y 210, importe de tres arrobas de aceite destinadas a la lámpara que alumbraba a Nuestra Señora de la Paz, titular letífica de esta institución también pasionista.
No solamente se retribuía por el hecho de cobrar las cuotas de los hermanos, sino que el tesorero, a la sazón don Alonso Vázquez del Valle, percibió 120 reales correspondientes a su anualidad por su labor de formar las cuentas, incluyéndose en esa cantidad gastos de escritorio y demás en relación con el referido oficio.
Sin entrar en detalle de los ingresos habidos aquel año en concepto de alquiler de las casas propias de la cofradía, anotamos uno de 265 reales con 2 maravedís que le fue entregado al tesorero por “los que cobran el cuarto [importe de las entradas al espectáculo] que corresponde a la Virgen de la Paz en su casa de comedias [en las puertas de patio, cazuelas y camarines], de trece funciones que hicieron varios vecinos de esta ciudad”.
Durante aquel año que comenzó con tan mal tiempo hubo que efectuar, una vez más, obras de albañilería en las pertenencias de la hermandad. El maestro mayor de obras públicas de nuestro Ayuntamiento, Juan Pérez de Toro, arquitecto y fontanero, certificó haber “recorrido los tejados del cuerpo de iglesia, los de la casas contiguas y todos los de la casa de comedias, en los cuales se han descubierto algunos pedazos, encintando sus caballetes [poniendo la linea de separación de las dos vertientes del tejado] y testeros y en uno de ellos metido una viga y además poner un palo nuevo para sostener la armadura del tablado”. Estos gastos de reparación ascendieron a 464 reales y 14 maravedís.
En la relación de reparaciones llevadas a cabo por orden de la cofradía nos encontramos con la del farol de santa Elena, tan vinculada a la invención de la Cruz; ya que, según la tradición, fue la descubridora de la Veracruz de Nuestro Señor en las excavaciones que ella misma dirigió. Reza la anotación de cuentas de la desaparecida hermandad del jueves santo lucentino: se pagó 1 real y 17 maravedís a Rafael de Tapia, maestro hojalatero, por “componer el farol de santa Elena que está en la esquina de la ermita”; fuente documental para conocer que en la esquina de Veracruz con Ancha se encontraba la imagen de esta santa, madre del emperador Constantino y ella también emperatriz, en cuya representación iconográfica suelen figurar la cruz, la corona de espinas y los tres clavos.
El miércoles 27 de febrero dio comienzo la cuaresma. El jueves santo, 11 de abril, se llevó a cabo la procesión de costumbre. Fue el presbítero don Joaquín de Burgos y Villegas, sacristán mayor de San Mateo, quien, con la anuencia del hermano mayor y cuadrilleros, suplió los gastos de la procesión que salió de la Santa Veracruz, cuyo importe ascendió a 293 reales.
Tenemos constancia de los fallecimientos durante 1805 de dos hermanas y un hermano de la cofradía: Antonia Sanz, Ángela Caballero y Francisco Hurtado.
Se sabe que en la mañana del jueves de Corpus Christi, en aquella ocasión coincidente con el día de san Antonio de Padua, hermanos de la cofradía de la Veracruz y Paz asistieron a la procesión sacramental que salió, como siempre, de la mayor parroquial de San Mateo. Como refresco para esos cofrades el confitero Juan Morales preparó tres libras de bizcochos y media de vino.
Fuentes documentales
• Archivo Histórico Municipal de Lucena, Actas capitulares, 1805.
• Archivo Parroquial de Santiago de Lucena, Cofradía de la Paz, “Cuentas dadas por don Alonso Vázquez del Valle, tesorero de la Venerable Cofradía de María Santísima de la Paz, 1805”.


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