2.10.06

La ciencia perseguida: el caso de Juan de Aréjula (1755-1830)

Permítaseme, a guisa de dedicatoria, el recuerdo de un hecho sucedido en Lucena el 19 de diciembre de 1821. Aquella noche a las puertas de su casa, calle Ancha cerca de Fuentevieja, caía muerto por un disparo servil un miliciano liberal de profesión talabartero. Era la víctima José Carmona Doblas, bisabuelo de Elisa Garzón Carmona, mi abuela paterna.

En la primavera del año 2000, y dentro de las VII Jornadas Culturales del Instituto “Juan de Aréjula”, expuse un acercamiento a la vida y a la obra del científico[1] Juan de Aréjula[2], nacido en Lucena en 1755, hace exactamente un cuarto de milenio. Ahora presento los resultados de la revisión de aquel trabajo, con inclusión de algunos datos nuevos relacionados con él y su entorno, así como unas notas complementarias englobables bajo el título genérico de “ciencia perseguida”, referidas principalmente a algunos personajes y momentos históricos, nacionales y locales, pertenecientes al período comprendido entre la mitad del siglo XVIII y el primer cuarto del siglo XX, momentos en que se ha tratado de coartar la libertad en el seno de la comunidad científica. Creo que es oportuno recordar las palabras del papa que acaba de fallecer en su discurso en la Universidad Complutense el 3 de noviembre de 1982. Los investigadores, decía Juan Pablo II, “hoy como ayer, reclaman un clima de libertad y de cooperación entre ellos con una actitud de apertura a lo universal y con una visión integral de [la persona] (...) En la investigación, en efecto, -añadía- es necesario tener libertad para buscar y anunciar los resultados”.

Ciencia e Inquisición
Al decir ciencia perseguida evocamos inmediatamente la idea de “inquisición” y no es extraño que nuestro recuerdo entonces se personalice en figuras históricas como Servet, Galileo –prohibido en Roma y tolerado en España-, Andrés Laguna o Juan Huarte de San Juan.
Es verdad que la Inquisición influyó de manera notable, directa y sobre todo indirectamente, en el devenir de la investigación científica española del Antiguo Régimen y de manera particular, como señala Ángel Alcalá, en la circulación de los libros europeos en territorio español; éstos eran censurados mediante una prohibición preventiva, es decir, sin entrar en su examen científico y solamente por el hecho de no ser su autor católico[3].
Sin embargo, no se puede atribuir únicamente a la Inquisición el retraso científico español, ni tampoco tuvo esta institución la exclusiva en la persecución de determinados avances científicos. En el fondo la cuestión se ha globalizado de manera incorrecta, haciendo a la Inquisición responsable de todo lo bueno y de todo lo malo[4].
Por otra parte, escribe el siempre esclarecedor profesor Domínguez Ortiz, no existe evidencia de un rechazo masivo de la Inquisición por la opinión pública de nuestro país antes de que cayera el Antiguo Régimen. La crítica a tal institución comenzó por las clases altas de la sociedad, más por conflictos de poder que por cuestiones ideológicas. Las clases inferiores veían como algo natural la existencia de la Inquisición y la consideraban necesaria para el mantenimiento del orden establecido, además de contribuir con ella denunciando a los transgresores[5].

El padre Feijoo
El padre Feijoo, a mediados del Setecientos, en sus Cartas eruditas afirma que no existe una sola causa de los cortísimos progresos científicos de los españoles, sino que son muchas. Y añade el sabio benedictino: “aunque cada una por sí sola haría poco daño, el complejo de todas forma un obstáculo casi absolutamente invencible”. Entre las causas señaladas por Feijoo se encuentra el corto alcance de algunos enseñantes, que “piensan que no hay más saber que aquello poco que saben”.
Otra causa que indica es “la preocupación que reina en España contra toda novedad. Dicen muchos que basta en las doctrinas el título de nuevas para reprobarlas, porque las novedades en punto de doctrina son sospechosas”. Feijoo expone que no se puede extender esas sospechas de lo doctrinal a la ciencia, porque sería –según él- “prestar con un despropósito patrocinio a la obstinada ignorancia”. Feijoo razona sobre esto: “Mas sea norabuena sospechosa toda novedad. A nadie se condena por meras sospechas. Con que estos escolásticos nunca se pueden escapar de ser injustos. La sospecha induce al examen, no a la decisión”.
Para el erudito benedictino existe también el “errado concepto de que cuanto nos presentan los nuevos filósofos se reduce a unas curiosidades inútiles”. Sobre esta cuestión opina Feijoo que “no hay verdad alguna, cuya percepción no sea útil al entendimiento”.
Otra causa apuntada en las Cartas eruditas del atraso científico español es el “vano temor de que las doctrinas nuevas en materia de filosofía traigan algún perjuicio a la religión”. Al respecto, advierte este monje que la teología y la filosofía tienen claramente diferenciados sus límites.
Por último Feijoo se refiere a la emulación –léase envidia- como contribuidora al poco avance científico en la España de su época. Distingue tres tipos en esa emulación: la personal, la nacional y la faccionaria. En el primer caso, el más frecuente, lo que molesta no es la obra científica, sino su autor: “el que lograse algún especial aplauso en cualquier prenda intelectual se debe hacer la cuenta de que tiene por émulos cuantos solicitan ser aplaudidos en la misma si no logran igual nombre o fama”. En cuanto a la emulación o envidia nacional refiere Feijoo la curiosa anécdota protagonizada por una dama española que mató unos papagayos que eran propiedad de la francesa María Luisa de Orleans, primera mujer de Carlos II de España, porque estaba “indignada de oírlos hablar en francés”. Acerca de la emulación faccionaria o partidista, explica Feijoo que muchos exaltan las virtudes intelectuales de los de su gremio o partido y desprecian o “pintan con los peores colores” las de quienes no comparten profesión o ideario[6].
Como puede observarse, la razonada exposición del padre fray Benito Jerónimo Feijoo sobre los frenos a la ciencia en España es, con ligeras matizaciones, perfectamente transitiva del siglo XVIII a la actualidad.
En este año, cuarto centenario de El Quijote, creo oportuno recordar algo de lo mucho que sobre Feijoo escribió el médico humanista Gregorio Marañón: “Salió [Feijoo] de su celda a deshacer entuertos por los campos de España, vestido de su hábito, que le servía de yelmo contra las pedradas y los palos de los eternos malandrines y follones de la ignorancia y de las estupidez”[7].

Blanco White
Intelectual de primera línea condenado a la cárcel del silencio fue el expatriado José María Blanco Crespo (Sevilla, 1775 - Liverpool,1841), quien adoptó la denominación de Blanco White, con la que es mayormente conocido. Blanco White es uno de los heterodoxos más interesantes de nuestra historia y a quien muchos consideran hoy como el “inventor” del liberalismo en España[8]. Sacerdote emigrado a Inglaterra fue un modelo de buscador, de peregrino espiritual. Blanco abandonó el catolicismo y fue condenado por sus contemporáneos. La obra de este liberal -en el sentido de su tiempo- soñador y sensible fue cubierta de polvo por los fundamentalistas de siempre, hasta que Vicente Llorens y Juan Goytisolo la propagaron con fervor hace poco más de un cuarto de siglo[9]. El destino póstumo de Blanco White, señala Goytisolo, puede servir de ejemplo de cómo funcionan los mecanismos de represión y censura que determinan la escala de valores de acuerdo con la óptica de quienes programan –o pretenden programar- la cultura[10].
Blanco White fue lector en su juventud de la obra científica de Feijoo, lectura que llevó a cabo en casa de su tía Anica, quien, según el propio Blanco, era la única mujer sevillana que poseía una pequeña biblioteca[11].
Blanco escribe en sus fundamental obra Letters from Spain[12], cuya primera edición es de 1822, que la obra de Feijoo cayó en su alma de muchacho “como las lluvias primaverales en una tierra sedienta[13]. La persecución de la ciencia de su tiempo, especialmente en España, la resume Blanco White, tras manifestar la intromisión de los teólogos en todas las ramas del conocimiento humano, con estas expresivas palabras envueltas en fina ironía:
“La astronomía tiene que pedir permiso a los inquisidores para ver con sus propios ojos. La geografía se vio obligada a encogerse delante de ellos (...) Un monje espectral acecha al geólogo en las entrañas de la tierra (...) La anatomía es juzgada sospechosa y vigilada de cerca siempre que toma el escalpelo y la medicina tuvo no poco que sufrir cuando se esforzaba en borrar del catálogo de los pecados mortales el uso de la quina y la vacuna”[14]. En la Sevilla de Blanco aún había que hablar con cautela de la teoría heliocéntrica, dos siglos después de haber sido formulada[15].
Para Blanco lo científico en la formación intelectual y moral de los estudiantes era contraproducente, ya que la educación recibida favorecía claramente la pseudociencia y el fanatismo[16].
Persecución en la España de la segunda mitad del S. XIX
La persecución científica trasciende de la desaparición en España del Antiguo Régimen. Por un Decreto de julio de 1867, en plena agonía de la monarquía borbónica de Isabel II, los catedráticos habían de efectuar juramento de fidelidad a la reina y a la religión católica. Varios se negaron a tal práctica por lo que fueron separados de sus cátedras[17]. Esta negativa es parte fundamental de la llamada primera cuestión universitaria. Posteriormente, en 1875, se produjo lo que se ha dado en llamar la segunda cuestión universitaria.
En ese año 1875 el ministro de Fomento, el mismo que en 1867, don Manuel de Orovio y Echagüe, marqués de Orovio, auspicia un decreto, fecha 26 de febrero, harto polémico, cuyo espíritu se recoge en este trozo de una circular remitida a los rectores y que textualmente dice:
“Que vigile V.S. con el mayor cuidado para que en los establecimientos que dependen de su autoridad no se enseñe nada contrario al dogma católico ni a la sana moral, procurando que los profesores se atengan estrictamente a la explicación de las asignaturas que les están confiadas, sin extraviar el espíritu dócil de la juventud por sendas que conduzcan a funestos errores sociales...
...Por ningún concepto tolere que en los establecimientos dependientes de ese Rectorado se explique nada que ataque, directa ni indirectamente, a la monarquía constitucional ni al régimen político, casi unánimemente aprobado por el país...
Si, desdichadamente, V. S. tuviera noticia de que alguno no reconoce el régimen establecido o explicara contra él, proceda sin ningún género de consideración a la formación del expediente oportuno”[18].
El Decreto fue rápidamente contestado. El 5 de marzo se niegan a aceptarlo el catedrático de Historia Natural en la Universidad de Santiago don Augusto González de Linares y el de Farmacia de la misma Universidad gallega don Laureano Calderón. El 19 de ese mismo mes es don Emilio Castelar quien renuncia a su cátedra; el 25 protestó un hombre clave de la historia cultural española e impulsor principal de la Institución Libre de Enseñanza: don Francisco Giner de los Ríos, y el 31, don Nicolás Salmerón. El prestigio de los profesores contestatarios hizo que el presidente del Gobierno don Antonio Cánovas del Castillo interviniese en el asunto. Así nos lo cuenta Antonio Jiménez-Landi:
“Viendo que el conflicto adquiría graves proporciones, quiso Cánovas cortarlo y se valió de otra persona para que hablara oficiosamente a Giner, pues el jefe del Gobierno sabía bien que la voluntad de don Francisco era la que más importaba ganar. El encargado de hablar a Giner le comunicó que Cánovas no estaba de acuerdo con el decreto de Orovio y que, por tanto, no llegaría a cumplirse, por lo que le rogaba que retirase la protesta. Pero el jefe conservador desconocía la inflexibilidad de su coterráneo en cuestiones de procedimiento y de ética y don Francisco respondió que el señor Cánovas disponía de la Gaceta para deshacer la iniquidad que en ella había aparecido. Mientras no lo hiciese así, no podía pretender de él una indignidad. La dura respuesta debió de molestar mucho al soberbio Presidente, porque la reacción fue brutal. Se retiró don Francisco enfermo y con fiebre, y a las cuatro de la madrugada, que era la del día primero de abril, la policía entró en su domicilio, le obligó a levantarse y, seguidamente, fue conducido preso entre guardias civiles al castillo de Santa Catalina, de Cádiz. Pero esta detención tan desconsiderada no hizo sino atizar la hoguera. Azcárate protestó enérgicamente, el 3 de abril, de estos actos del Gobierno y también fue detenido y desterrado a Cáceres. Igual medida tomaron con Salmerón, enviado a Lugo; y González de Linares y Calderón, que habían elevado una protesta muy dura al Gobierno por su proceder contra don Francisco, fueron encarcelados en el castillo de San Antón de La Coruña y procesados criminalmente, más tarde, por desacato a la Autoridad.”[19]

Cajal y el callejero lucentino
La Ciencia, como otras actividades humanas, no es solamente perseguida por aquellos que la condenan y tratan de aprisionarla. Hay –ya se ha insinuado - otras formas sutiles, subrepticias, indirectas si se quiere, de persecución, como aquéllas que procuran “la ignorancia, la indiferencia y el olvido”, por decirlo con palabras de Luis Cernuda, de su poema “A mis paisanos”, que cierra La desolación de la quimera, último de sus libros.
Y a propósito de esta ignorancia, indiferencia y olvido, vamos a dirigir nuestra vista a la Lucena de 1922, tiempo en que el insigne investigador Santiago Ramón y Cajal se jubila y es nombrado rector honorario de la Universidad de Madrid. En ese mismo año, Cortezo consagra en su imprescindible libro la personalidad, la obra y la escuela de Cajal[20].
El 5 de julio de 1922, concluido el curso, la Corporación Municipal lucentina conoce una instancia a ella dirigida por numerosos estudiantes de facultades, carreras especiales y bachillerato en solicitud de que nuestro Ayuntamiento se sumase al homenaje que España entera tributaba al sabio histólogo Cajal. Pedían en su escrito que se diese el nombre de tan destacada figura científica a la calle Santa Catalina, “como prueba, aunque modesta, de admiración y gratitud al Español ilustre que tan alto ha sabido colocar el de España en el mundo científico”. Los capitulares deliberaron al respecto (contando con las intervenciones de los señores don Francisco Manjón-Cabeza Cabeza, don Juan Algar Danel, don Juan de Dios del Pino Corpas y don Javier Tubío Aranda) y acordaron crear una comisión especial presidida por el alcalde don José María de Mora Chacón e integrada además por don Francisco Manjón Cabeza, don Manuel Roldán Herrera, don Juan Algar Danel y don Pedro del Castillo Blancas, “para que examinado el caso proponga a la Corporación qué calle es la que a su juicio debe llevar el glorioso nombre de Ramón y Cajal”. El señor Tubío Aranda, más tarde alcalde republicano de Lucena y lúcido político asesinado en septiembre de 1936, propuso que “al descubrimiento en su día de los nuevos rótulos en la calle que definitivamente sea señalada para obstentarlos, se efectúe con la mayor solemnidad, organizándose al efecto una procesión cívica a la que asista el Ayuntamiento bajo mazas, por estimarlo todo ello muy merecido en honor del eminente sabio a quien se tributa el homenaje solicitado”[21].
En las sesiones que celebró la Corporación Municipal los dos miércoles siguientes, esto es, el 12 y el 17 de julio se trata el asunto de la calle de Cajal sin llegarse a ningún acuerdo.[22]
Por fin el 2 de agosto Algar Danel, portavoz de la comisión especial creada, manifiesta en nombre de ella que “debía desestimarse dicha propuesta en cuanto al indicado extremo se refiere [cambiar el nombre de la calle Santa Catalina], en razón a los antecedentes históricos que (...) expuso para justificar su dictamen, y terminó proponiendo que el nombre preclaro del sabio se ponga desde luego a la calle Ancha, una de las principales y de mayor vecindario de las de esta Ciudad y cuya denominación no responde a ningún hecho histórico ni personalidad ilustre”. El señor Manjón Cabeza expresose en el mismo sentido que el portavoz, y quedó aprobada la propuesta de la comisión especial, con el voto en contra de don Javier Tubío Aranda, quien expuso que “aun siéndole indiferente que fuera una u otra calle de las propuestas la que llevara en definitiva el nombre del Español ilustre, entendía de acuerdo con la indicación formulada por los solicitantes que ha debido preferirse para tal objeto la calle Santa Catalina, mucho más céntrica y principal, sobre todo ya que así pareció acordarse en el cabildo de referencia.”[23]
El cambio de nombre de la calle Ancha, acordado por nuestros capitulares, no se cumplió. Cajal no era santo de la devoción de algún que otro influyente cacique lucentino, incluso esta circunstancia la reflejó algún periódico de proyección nacional a instancia de algún estudiante lucentino de los que firmaron la solicitud para la concesión de la calle a Cajal. Hoy el nombre de este coloso de la ciencia española sigue ausente en nuestro callejero. En 1925 se acuerda en honor y reconocimiento al filántropo lucentino don Juan de la Fuente Quintero dar su nombre a la calle Santa Catalina, rotulándola calle Fuentes Quintero[24]. El acuerdo tampoco se llevó a la práctica. (No ha sido del todo infrecuente la tentación, muchas veces por las presiones de determinados grupos, de convertir el callejero en un santoral).
A pesar de esos señalados antecedentes históricos que impedían dedicar la referida calle junto al Coso al sabio histólogo, en julio de 1937 la Corporación Municipal lucentina para corresponder a la dedicatoria por parte del Ayuntamiento egabrense de una calle de la vecina población al escritor lucentino Barahona de Soto, decidió dar el nombre del polígrafo de Cabra don Juan Valera y Alcalá Galiano a la calle Santa Catalina por estar al lado de la dedicada aquí, en nuestra ciudad, al autor de Las lágrimas de Angélica[25].

Liberales y absolutistas en Lucena
Regresemos a los tiempos de Feijoo, sin salirnos de Lucena. En el último tercio del siglo XVIII, en la sociedad lucentina comenzaron a desempeñar un papel de singular importancia social los componentes de la Sociedad Económica de Amigos del País fomentando el aprendizaje y el acceso al trabajo en las clases menesterosas. La Inquisición no perseguía a estas sociedades económicas mientras no manifestasen un ideario social avanzado, por eso cuando Jovellanos publica su Informe de ley agraria, el Santo Oficio lo condena, porque no solamente era “antieclesiástico, sino también destructivo de los mayorazgos y por lo tanto conducente a ideas de igualdad en la propiedad de bienes y tierras”[26].
Por otra parte, la ciudad de Lucena, como es sabido, fue en la época de Fernando VII un importante núcleo absolutista. Dirigentes de los voluntarios realistas lo eran a su vez de los grupos de presión lucentinos y utilizaban los símbolos comunitarios, por ejemplo los religiosos, de todo el pueblo creyente, en sentido de favorecer la causa absolutista. Expongo brevemente algunos casos.
Al final del Trienio Liberal, la archicofradía nazarena, presidida por don Vicente Cerrato Tafur, capitán de los Voluntarios Realistas y que durante cuarenta y siete años (1808-1855) dirigió la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, saca en procesión –agosto de 1823- a Nuestro Padre por “la libertad perfecta del rey Fernando VII”[27].
El día de San Fernando de 1827, con motivo de celebrarse la bendición y jura de bandera y estandarte de los Voluntarios Realistas, las imágenes de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de Araceli son trasladadas a la iglesia de San Francisco, en su calidad de patronos de los Realistas[28].
Don Enrique de Guzmán el Bueno, regidor preeminente de nuestro Ayuntamiento y hermano mayor de la hermandad de la Santa Veracruz y Nuestra Señora de la Paz, contribuye a la represión de las reuniones con motivo de la semana santa. A comienzos de la década absolutista u ominosa, concretamente el martes santo de 1824, difunde un bando mediante el cual se prohíben las “reuniones y embriagueces tan perjudiciales en todo tiempo y mayormente en el actual de semana santa”[29].
Don José Romero de Pineda, hermano mayor de la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad (1799-1806) y capitán de la primera compañía del escuadrón de Caballería de los voluntarios realistas de Lucena, participó activamente junto con su hermano don Fernando en la insurrección carlista contra la reina gobernadora María Cristina llevada a cabo en Lucena el 14 y 15 de junio de 1834, por lo que fueron encarcelados en Sevilla con secuestro de bienes[30].
Pero también Lucena es la cuna de destacadas figuras de ideario liberal. Entre muchas selecciono dos, cuya actividad ha traspasado nuestras fronteras nacionales. Escojo a don Fernando Álvarez de Sotomayor y Ramírez y don Juan Manuel de Aréjula y Pruzet. Este segundo, figura nuclear de este trabajo, desconocido en la sociedad lucentina hasta hace relativamente poco ha sido reconocido en nuestra comunidad en los últimos tiempos. Llevan su nombre un centro de salud, una calle y el instituto que en 2005 celebra sus bodas de plata.
La memoria de don Fernando Álvarez de Sotomayor, miembro de una familia de gran tradición liberal, ha corrido peor suerte en nuestra ciudad, donde nació en 1795. Primo tercero de Mariana de Pineda, la famosa heroína de la libertad oriunda de Lucena, fue ésta quien le ayudó a escapar de la cárcel granadina, hecho que tanto contribuyó a que Mariana fuera condenada a muerte. A partir de la amnistía decretada por María Cristina en 1834, ocupó importantes cargos como el de gobernador de Sevilla, director general de Ultramar, del Tesoro y de la Deuda Pública[31].

Aréjula y Lucena
Juan Manuel Guillermo de Aréjula y Pruzet nació en Lucena el 25 de junio de 1755, festividad de san Guillermo, de ahí su tercer nombre[32].
Aréjula nace en nuestra ciudad porque su padre, don Juan Francisco de Aréjula y Burgos, que era natural de Fitero (Navarra) y casado con una francesa, Francisca Pruzet y Bade, formaba parte como cirujano mayor, del Regimiento de Dragones[33] de Edimburgo[34], acuartelado entonces en Lucena, al mando del brigadier don Juan Bautista Panigo[35].
La tropa del Regimiento de Dragones de Edimburgo se instala en nuestra ciudad el 30 de noviembre de 1754[36], en el Mesón Grande, situado en la calle así llamada y en la esquina más al norte con Quintana. La plana mayor del Regimiento se instaló en casas acomodadas. Se sabe que en esta etapa el acuartelamiento en nuestra ciudad de los dragones de Edimburgo duró hasta el primer trimestre de 1756, siendo ocupado seguidamente el Mesón Grande por la tropa del Regimiento de Dragones de Frisia[37].
Posteriormente se constata la presencia del Regimiento de Dragones de Edimburgo en Lucena. En octubre de 1758 el Ayuntamiento lucentino recibe órdenes con objeto de que prevenga la tierra suficiente para la siembra que proporcione el forraje que ha de darse al regimiento de referencia que vendría de cuartel con tres compañías en 1759[38]. Está documentada la entrega a esos soldados de carne por su asistencia a la procesión del Corpus Christi y su octava de ese año[39]. Ignoro si el cirujano Aréjula y Burgos vino a nuestra ciudad en esta segunda ocasión.
Desconocemos cuánto tiempo permaneció la familia Aréjula en nuestra ciudad. Se sabe que a la familia Aréjula Pruzet le nació un nuevo miembro en la localidad natal del padre, esto es, en la navarra Fitero, en octubre de 1765, a quien se le impuso el nombre de Manuel María[40].
Aréjula, estudiante
Influido, sin duda, por la profesión del padre, nuestro Juan Manuel se decide por la carrera de cirujano naval, y a tal fin ingresa en el Colegio de Cádiz en octubre de 1772. Consta en su expediente: “tiene notas de excelente en sus exámenes”[41].
Aún no concluidos los estudios en este colegio de cirujanos navales, fue nombrado practicante para la famosa expedición de Argel de 1775, donde la escuadra española que mandaba el general O´Reilly sufrió una estrepitosa derrota, fundamentalmente debida a la falta de previsión en la intendencia y demás servicios. De los 20.000 hombres enviados mueren más de 500 y son heridos cerca de 2.300[42]. Volvió de nuevo al colegio a finales de septiembre de ese mismo año.

Aréjula, cirujano naval
Concluido el período de formación, sirvió varios destinos:
Mayo de 1776, cirujano de 2ª para la fragata “Libre”.
Agosto de 1776, relevado por enfermedad.
Marzo de 1777, se le nombra para la fragata del comercio San Miguel, destinada a Veracruz.
En mayo de 1778 se destina como 2º cirujano para la fragata “Rosa”, de la que transbordó a la “Rosario”.
En octubre de 1779 pasó a la urca[43] “Anónima”.
En abril de 1781 se hallaba embarcado en el navío “Santo Domingo”, en el que fue a La Habana.
En julio de 1783, regresó a Cádiz en el navío “San Gabriel”, ya habilitado de cirujano de primera. Al mes desembarca por enfermedad.
En enero de 1784 se destinó al departamento de Cádiz.

Aréjula en París
Por una Real Orden de 19 de octubre de 1784 se destina a París con el fin de efectuar estudios de perfeccionamiento[44].
Desde 1785 a 1789 amplía sus estudios en París con unas de las personalidades científicas internacionales más importantes de la época: Antoine François de Fourcroy, de la misma edad que Aréjula, catedrático de Química del Jardin del Rey[45], y que junto con Lavoisier, Berthollet y Guyton de Morveau, impulsó la nueva nomenclatura química (1787)[46].
Aréjula publica en 1788 sus Reflexiones sobre la nueva nomenclatura química, nomenclatura que Aréjula admite prácticamente en su totalidad, pero que discrepa en cuanto al término “oxígeno” al que da el nombre de “arxicayo” o principio quemante, por ser ésta su principal propiedad; en lugar de oxigenado propone el término “arxicayado” y el de “cayos metálicos” para los óxidos. En definitiva lo que Aréjula venía a rechazar era la teoría de la acidez de Lavoisier[47], que consideraba el oxígeno principalmente como formador de ácidos.
Durante el período en que permaneció Aréjula pensionado en París fue cada vez más reconocido en los círculos científicos de la capital gala.

El cirujano Aréjula, catedrático de Química
Los políticos eran conscientes del alto grado de formación adquirido por Aréjula, hasta tal punto que se plantearon la posibilidad de que el científico podría ser infrautilizado si se le obligaba, una vez concluido este período de ampliación de estudios, a incorporarse a su puesto de cirujano naval. Se encontró una solución conciliadora: en 1789 se le nombra ayudante de cirujano mayor, al tiempo que se le asigna la cátedra de Química del Colegio de Cirugía de Cádiz[48].
Antes de su incorporación a la citada cátedra, se le encarga la misión de visitar Londres a fin de reunir los instrumentos de laboratorio necesarios para la cátedra que él iba a dirigir en Cádiz[49].
De 1790 datan sus dos últimos trabajos sobre química pura: uno es una síntesis de la memoria que sobre el alcanfor de Murcia escribió José Luis Proust, notable químico francés que enseñó durante tiempo en España[50]; el otro, sobre la clasificación de los gases, basándose en sus ideas sobre la combustión expuestas en sus citadas Reflexiones de 1788[51].
En 1791 vuelve a Cádiz para hacerse cargo de la cátedra de Química. Se le exime de toda obligación asistencial para poder dedicarse por entero a la enseñanza. Hasta 1800 su labor fue, pues, exlusivamente docente[52]. En 1805 se encargaría de la enseñanza de la Química en el Colegio de Cirugía de Cádiz Juan Rodríguez Jaén, compañero de claustro de Aréjula y también discípulo de Fourcroy[53].
Aréjula se preocupa por aquel tiempo en el fundamento químico de la Patología. Él profetiza: “El examen químico de la sangre, de la orina y de los productos patológicos permitirán la edificación de una nueva patología rigurosamente científica”[54]. Con esta frase Aréjula anuncia el nacimiento de la Bioquímica Clínica. Quiere este hombre de ciencia saber las consecuencias que los distintos estados patológicos tienen sobra la composición química del organismo.
Se relacionaban los lugares pantanosos con una mayor proclividad a la aparición de las llamadas fiebres intermitentes. Aréjula interpreta la relación lugares pantanosos–fiebres intermitentes. Para nuestro científico la fermentación no era otra cosa que la descomposición de la materia viva en elementos. En la fermentación vegetal los elementos finales serían el carbono y el hidrógeno. En la animal los componentes últimos serían el carbono, el hidrógeno y el nitrógeno. La fermentación se facilitaba con el concurso de la temperatura y de la humedad.
Aréjula afirmaba que en los lugares donde las calenturas se presentan –los lugares húmedos- existe un exceso de fermentación vegetal fundamentalmente en el verano, en los meses de calor y, por tanto, se produce una gran cantidad de hidrógeno y gas carbónico que llenan la atmósfera. De estos gases, el carbónico es el más pesado y es, en consecuencia, el que se acumula en la superficie terrestre. Por eso los efectos que nos encontraremos en el hombre serán los derivados de la acción del carbónico.


Y ¿cuál es el efecto del carbónico en el hombre, según Aréjula? Pues para Aréjula, el efecto del carbónico en el ser humano se traduce en una disminución de la irritabilidad y en una relajación, en definitiva, en una debilidad por parte del paciente.
La respiración pulmonar (según Crawford y Lavoisier, doctrina formulada por aquellos años de Aréjula) sigue el siguiente mecanismo: Inspiración: entra oxígeno (calórico+oxígeno elemento). Por la comida carbono e hidrógeno pasan a la sangre.
De la reacción del oxígeno inspirado (oxígeno+calórico) con el carbono e hidrógeno se producen carbónico y agua y queda libre el calórico que se transporta a todo el organismo.
Volvamos a las fiebres intermitentes, en las que se da debilidad, frío, temblor, acceso febril y sudoración. Estas fiebres tienen una manifestación cíclica, es decir, que períodos de fiebre se alternan con períodos de apirexia. Aréjula interpreta esto así: al principio actúa el carbónico (debilidad). A continuación viene una actuación breve del hidrógeno (irritación nerviosa=contracciones capilares=dificultad circulatoria=frío). La irritación conduce a un aumento de la actividad respiratoria, con el consiguiente aumento de la liberación de calórico (fiebre). En conclusión, para Aréjula los gases carbónico e hidrógeno son los miasmas que ocasionan la fiebre[55].

Aréjula, perseguido
Su estancia en Francia no solamente sirvió para que Aréjula obtuviese una sólida formación científica, sino que la adquisición de ésta corrió pareja con la ideológica en el ámbito de la intelectualidad francesa del momento.
Pronto chocó su ideario con la Inquisición. En 1793 se dirigió mediante memorial al Inquisidor General donde solicitaba que le fuesen devueltos tres de los tomos de la Historie naturelle et de philosophie, obra de Charles Bonnet, que le habían sido requisados por el comisariado del Santo Oficio. Aréjula exponía en su escrito que él se encontraba facultado para estudiar libros prohibidos y que su uso le era muy necesario para el desempeño de sus tareas docentes. El Inquisidor General, el ilustrado benedictino don Manuel Abad y Lasierra[56], autorizó la devolución de los libros a Aréjula, muy a pesar del comisario gaditano de la Inquisición don Pedro Sánchez M. Bernal. En realidad, según se desprende del memorial presentado por Aréjula, a las autoridades españolas, más que las ideas religiosas lo que le preocupaba era la difusión entre los españoles del ideario revolucionario francés[57].
En 1797 Aréjula tuvo problemas con la Junta Superior Gubernativa de los Reales Colegios de Cirugia. Dos estudiantes del colegio de Cirugía de Cádiz estaban entonces presos. Para exigir su libertad, sus compañeros se “manifestaron” en el interior del centro de enseñanza. Se estableció por parte de la dirección del establecimiento docente una represión sobre los estudiantes, que desembocó en la intervención de la mencionada Junta Superior. Ésta llamó a declarar al director del centro gaditano. A este hombre, muy vinculado a esa Junta, le fueron admitidas sus razones en contra del alumnado y Aréjula se manifestó en sentido contrario a lo expuesto por el director.
La situación vino a deteriorar las relaciones entre Aréjula y la Junta Superior. Poco a poco, se puso en marcha el aparato represor contra el colegio de Cádiz, especialmente en lo ideológico[58].
La persecución de la Junta sobre Aréjula se acentúa con las acusaciones hechas a nuestro paisano con motivo del fallecimiento del coronel de Granaderos Voluntarios del Estado don José Antonio Lavalle.
El propio Aréjula expresa sobre el particular lo siguiente: “Con fecha 13 de septiembre de 1799, La Junta General de Gobierno de la Facultad reunida dirigió un oficio al gobernador de Cádiz a fin que se mi hiciese un proceso por la muerte del coronel de Granaderos don José Antonio Lavalle, suponiendo arbitrariamente o por siniestros informes varias cosas denigrativas contra mí.
El gobernador de Cádiz procedió a la averiguación del hecho y el resultado fue contrario a lo que suponía la Junta, y ésta, conociendo su ciega pasión contra mí, sepultó la sumaria sin darme la menor satisfacción”[59].
La Junta de la Facultad reunida había dirigido un oficio al gobernador de Cádiz (19-9-1799) donde manifestaba que “había llegado a entender”[60] que don Juan Manuel de Aréjula, médico de aquella ciudad, había errado gravemente en la curación del coronel Lavalle, que lo había dejado morir sin los santos sacramentos y que habiendo llamado a consulta al cirujano mayor de la Armada, don Domingo Vidal, no le permitió ver al enfermo. La Junta de la Facultad añadía en su escrito que al oír un hecho tan inhumano como irreligioso se había llenado de terror y esperaba que el citado gobernador le informase de él reservadamente averiguando en debida forma la realidad.
El gobernador de Cádiz procedió, en efecto, a la averiguación de todo, mas el resultado fue completamente contrario a lo pretendido por la Junta. Los testigos, los familiares que asistieron al difunto en su última enfermedad, un hermano carnal de este coronel, dos cirujanos de su Regimiento, el médico don José Salvarresa, que también le asistió, y finalmente el sacerdote con quien hizo confesión general manifestaron, unánime y separadamente, que Aréjula cumplió exactamente con sus deberes médicos hasta el extremo de parecer más bien un enfermero del moribundo que un catedrático. Los informantes expusieron igualmente que el coronel Lavalle recibió los sacramentos de la penitencia y extremaunción y no el de la eucaristía por imposibilidad física en la boca[61].
La Junta no pudo seguir adelante con las acusaciones, ante las aseveraciones de los citados testigos, pero no tomó ninguna decisión en el sentido de resarcir el perjuicio moral causado a Aréjula Pruzet.
Estaba claro que la Junta había actuado de mala fe. Además se había extralimitado en sus funciones; puesto que, una vez desaparecido el tribunal del Protomedicato, los delitos o excesos de los profesores médicos correspondía juzgarlos a la Justicia ordinaria y, además, obró directamente contra sus propios fines, al admitir una acusación, una delación hecha por autor desconocido[62].

Aréjula y la fiebre amarilla
Entre 1800 y 1804 la fiebre amarilla se hizo presente en tierras andaluzas. Las graves dificultades experimentadas por los habitantes de nuestra tierra en el paso del Setecientos al Ochocientos presentan tres etapas consecutivas: crisis agrarias, fiebre amarilla e invasión francesa.
Aréjula recorrió gran parte de Andalucía en la dirección de la curación de la epidemia durante esos años. Según el profesor Carrillo Martos, en su imprescindible obra sobre nuestro paisano y que tanto sigo en el presente trabajo, en 1804 Aréjula estuvo en Málaga, Antequera, Montilla, Espejo, Lucena y otros pueblos[63]. Según el propio Aréjula ese año estuvo en Málaga, Antequera, la Rambla, Espejo, Montilla. Córdoba y Granada[64].
Aréjula demuestra en su obra ser mejor conocedor de la fiebre amarilla que la mayoría de los investigadores de su época[65]. Las medidas sanitarias que Aréjula recomendaba para luchar contra la fiebre amarilla son fundamentalmente las siguientes: considerar la enfermedad como contagiosa, por lo que se debe proceder al aislamiento de pueblos, barrios y al cierre de templos; existe una predisposición individual, de suerte que si se ha sufrido antes no se volverá a padecer, consecuentemente consideraba de suma importancia la colaboración de quienes habían sufrido anteriormente la enfermedad en la ayuda a los enfermos; no se podía olvidar la naturaleza química de los contagios.

Aréjula, de nuevo perseguido
La honradez científica de Aréjula la pone de manifiesto su evolución con respecto a las fumigaciones. En 1800 escribió una Memoria, impresa en varias ocasiones y que sirvió de guía para la práctica de la fumigación en casos de brotes epidémicos, que presentaba una concepción química de la enfermedad epidémica –de carácter ácido o alcalino- y que por tanto podían ser neutralizada químicamente. Fourcroy, el maestro de Aréjula, descubrió que el gas del ácido muriático (clorhídrico) podía descomponer el amoníaco. Aréjula lo usó en sus fumigaciones[66], pero pronto se dio cuenta de que esa medida era inútil e insistió en que era imposible saber qué sustancias destruirían el contagio hasta que no se conociera la naturaleza química de éste, todo lo demás era pura fantasía.
Esta conclusión a la que había llegado Aréjula no concordaba con los principios absolutistas del Gobierno, quienes pensaban la inconveniencia de difundir lo que Aréjula había expuesto, ya que podría provocar gran alarma pública cuando se presentase la epidemia; es decir, no tendrían los gobernantes nada que ofrecer, mientras que la fumigación transmitía tranquilidad a la población, aun siendo inútil. El Gobierno falto de medidas para reemplazar la fumigación por otro método eficaz, negó a Aréjula y a sus colaboradores los medios necesarios para sucesivas investigaciones y, por Real Orden de 30 de septiembre de 1805, censuró un texto de nuestro paisano contrario a las fumigaciones. Hasta 1821 –ya en el trienio liberal- no pudo publicar Aréjula su texto censurado en 1805. A ello contribuyó la epidemia catalana que ese año 1821 se sufría en Cataluña[67].
Aréjula fue uno de los introductores de la vacunación de la viruela en Cádiz, concretamente en julio de 1801[68]. A pesar de la presión por él sufrida en cuanto a sus ideas científicas, que no eran del agrado del Gobierno, fue nombrado en 1805 vice director del Colegio de Cirugía de Cádiz. Carlos IV lo había nombrado en 1804 médico de su Real Cámara.
Al acceder a puesto de responsabilidad en el Colegio de Cirugía tuvo que enfrentarse con el desarrollo de mayores competencias por parte del profesorado frente al poder casi omnímodo del director. Esa mayor competencia del resto del profesorado ya estaba prevista aunque no se había empezado a ejercer. Aréjula y los demás profesores que reclamaban un menor concentración de poder fueron reprimidos.
¿Cómo fue reprimido Aréjula? Sabemos que estaba dispensado de asistir al hospital para dedicarse completamente a sus tareas docentes. Pues inmediatamente se derogó la Orden y se le obligó a la visita diaria de hospital. Poco después (1807) fue apartado del Colegio de Cirugía de Cádiz, destinándolo a la tropas de la campaña de Napoleón en Portugal como superior facultativo.
Posteriormente fue nombrado Superior Jefe Facultativo de la Junta de Sevilla en el Ejercito de Andalucía, y como tal participó en la batalla de Bailén. En el Ejército de Andalucía permaneció durante toda la campaña (1808-1809).A propuesta del General Castaños fue nombrado por la Junta de Sevilla médico de Cámara, con plaza en propiedad[69].
Su intención de hacerse con la dirección del Colegio de Cirugía de Cádiz no se cumplíó, si bien por Real Orden de 3 de diciembre de 1809, fue nombrado director del Colegio gaditano sin ejercicio en tanto viviera Carlos Francisco Ameller, director efectivo[70].
En 1811 se restablece el Tribunal del Protomedicato, ahora como Tribunal Supremo de Salud Pública. Aréjula fue nombrado su presidente. Su colaboración con las Cortes de Cádiz le llevó a ser considerado enemigo por parte de los sectores reaccionarios y a una clara identificación con los liberales. Por decreto se le exoneró de su cargo de primer médico de Cámara y de Presidente del Tribunal Supremo de Salud Pública[71].
Entre 1814 y 1820 su actividad queda reducida a una escasa labor docente dentro del Colegio de Cirugía de Cádiz. En 1817 forma parte de una institución de profesionales progresistas: la Sociedad Médico-Quirúrgica de Cádiz[72], que dirigía el liberal Francisco Javier Lasso de la Vega y Orcajada, introductor en España de la auscultación[73].

Aréjula y la política
En la etapa inmediatamente anterior a 1820, Aréjula desarrolló una intensa actividad política[74], como tantos otros de diferentes clases y condiciones: magistrados, negociantes, propietarios, personas de la nobleza, del clero, militares de todas las graduaciones, y cuantas personas deseaban la restauración de las leyes destruidas por el absolutismo del último Fernando de Borbón. En la conspiración gaditana de 1819 figura, junto a Istúriz, Alcalá Galiano y Mendizábal, entre las personalidades civiles presentes en la conjura[75]. Todo ello comenzaría a culminar con el levantamiento de Riego el 1 de enero de 1820. Consta la presencia de Aréjula en el intento revolucionario de Cádiz acaecido el 24 de enero de 1820[76].
Durante el Trienio Liberal, Aréjula formó parte de la Dirección General de Estudios creada en agosto de 1821 y que sustituyó al Protomedicato en las funciones relacionadas con la enseñanza. Fue el encargado de preparar la reforma de los estudios sanitarios, consistente en unificar la enseñanza de las tres ramas: Medicina, Farmacia Cirugia[77]. La Dirección General inauguró la Universidad Central, fruto del espíritu unificador del liberalismo, a cuyo éxito contribuyó Aréjula con una importante aportación dineraria[78]. Es entonces el tiempo en que publica el famoso capítulo censurado bajo el título de Memoria sobre La ninguna utilidad del uso de los gases[79].

El exilio de Aréjula
En octubre de 1823 se acabó el periodo constitucional. Fernando VII tomó las riendas del país y comenzó una represión de tremendas dimensiones contra lo que significase liberalismo. Aréjula perseguido por los serviles marchó inicialmente a Gibraltar y desde allí a Londres[80].
Un barrio de aquella ciudad fue famoso por su acogida a los liberales españoles: el barrio de Somers Town. Julián Marías ha escrito que “aquel barrio londinense de Somers Town, casi colonizado por los liberales emigrados, en que los tenderos llegaron a hablar español y un sereno daba las horas en castellano”[81]. Menéndez Pelayo escribe sobre los refugiados en ese barrio londinense que además de su indiferencia religiosa, algunos de ellos eran dignos de “remar en una galera bajo el látigo del cómitre”[82]. Allí es posible que en 1826-1827 coincidiera con el militar liberal lucentino don Fernando Álvarez de Sotomayor y Ramírez, con quien es harto probable que tuviese relación en la puesta en marcha de algún cordón sanitario de la provincia de Cádiz, quizá en San Fernando, año 1814[83].
En el exilio, los liberales españoles se fragmentaron en tres grupos: los aristocráticos, con mucha influencia en el gobierno inglés; los republicanos, grupo integrado por masones al frente de los cuales se encontraba el ex ministro Evaristo San Miguel, y los ministas, seguidores de Espoz y Mina, al que pertenecían la mayor parte de los militares. Parece ser que en Londres Aréjula mantuvo una cierta actividad política de exiliado y en 1827 se adhiere a los ministas[84], muchos de los cuales estaban también vinculados con la masonería, tal era el caso de Aréjula[85], quien había pertenecido al grupo de masones que mantenía contactos con los oficiales militares reunidos en los alrededores de Sevilla y Cádiz por Fernando VII, en la inmediatez anterior al pronunciamiento de Riego, a la espera de la imposible reconquista de América[86].
En la capital británica vivía de las rentas e incluso ayudaba económicamente a otros exiliados[87]. En un informe del absolutista Calomarde, ministro de Gracia y Justicia, el 15 de marzo de 1830, se indica que Aréjula había abandonado la masonería para hacerse carbonario[88]. Cea Bermúdez, embajador en Londres, tramitó una petición de amnistía para Aréjula en mayo de 1830 que no fue atendida. Entonces ya se encontraba muy mal de salud. Su muerte ocurrió el 16 de noviembre de 1830 en su casa londinense, siendo enterrado el 20 de noviembre de 1830 en la parroquia de San Pancracio[89].
Con su muerte no terminó la persecución de este científico liberal por parte del absolutismo de Fernando VII. Cea Bermúdez sospechaba que en unos baúles se guardaban documentos de la actividad política de Aréjula. Tras intentar que fueran abiertos y no conseguirlo, escribió a la viuda manifestándole el riesgo que corrían los objetos de valor encerrados en aquellos baúles, recomendándole para su seguridad que procediese a otorgar un poder, a través del consulado británico en Cádiz, para que el propio Cea Bermúdez se encargase de abrirlos y poner a buen recaudo las supuestas valiosas prendas; de esa manera él tomaría conocimiento de los papeles políticos y tendría así una póstuma prueba acusatoria[90].
[1] En cuanto al empleo de los términos “científico” y “ciencia”, conviene precisar que la mayor parte de las veces hago uso de ellos en sentido restrictivo, de acuerdo con la cuarta acepción de “ciencia” en el DRAE, vigésima segunda edición, de 2001. Esta cuarta acepción reza así: “pl. Conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, fisicoquímicas y naturales. [y aclara el Diccionario:] Facultad de Ciencias, a diferencia de Facultad de Letras”.
[2] La conferencia tuvo lugar el 11 de abril y fue publicada en la revista del I.E.S. Juan de Aréjula, número 12, Lucena, abril de 2001, pp. 27-34.
[3] Ángel Alcalá, Literatura y Ciencia ante la Inquisición Española, Ediciones del Laberinto, Madrid, 2001, pp. 158 y 159.
[4] José Antonio Escudero, “La Inquisición en España”, Cuadernos Historia 16, nº 48, Madrid, 1996, p. 30.
[5] Antonio Domínguez Ortiz, Autos de la Inquisición de Sevilla (siglo XVII), Ayuntamiento de Sevilla, Sevilla, 1981, p. 10
[6] Fr. Benito Feijoo, “Causas del atraso que se padece en España en orden a las ciencias naturales”, en Cartas eruditas, II, XVI, 1745, Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, 1952, pp. 540 y ss.
[7] Gregorio Marañón, Tiempo viejo y tiempo nuevo, Espasa-Calpe, 2ª edición, Madrid, 1943, pp. 94 y 95.
[8] Esta tesis la argumenta brillantemente Manuel Moreno Alonso en su fundamental recopilación Divina libertad. La aventura liberal de don José María Blanco White, 1808-1824, Ediciones Alfar, Sevilla, 2002.
[9] Luisfernando Palma Robles, “Lugares comunes y propios entre silencio y mitades”, de Amanecer de lunes, versión para libro. (En preparación).
[10] Juan Goytisolo, Prólogo a Obra inglesa de José María Blanco White, Ediciones Formentor, Buenos Aires, 1972, p.3.
[11] Ápud Manuel Moreno Alonso, ob. cit. p. 183.
[12] Sigo la traducción española Cartas de España, de Antonio Garnica, magníficamente anotada, 2ª edición en Alianza Editorial (1977). La primera edición, que es también la primera traducción española de Letters from Spain, no llegó hasta 1972 y comenzó a gestarse en 1968 en el departamento de Lengua y Literatura Española de la facultad de Letras de la Universidad de Sevilla, bajo la dirección del profesor López Estrada.
[13] Cartas de España, carta tercera, 2ª edición citada, p. 99.
[14] Ibídem, p. 107.
[15] José Manuel Cano Pavón, “La introducción de la ciencia moderna en Andalucía a lo largo del siglo XIX: el caso de Sevilla”, en Revista de Estudios Andaluces, nº 13, Universidad de Sevilla, 1989, p.54.
[16] Manuel Moreno Alonso, “La ciencia española en España y América, durante las guerras de Independencia, ante Blanco White”, trabajo recogido en Divina libertad. La aventura liberal de..., ob. cit., p. 186.
[17]Antonio Jiménez-Landi, Don Francisco Giner de los Rios y la Institución Libre de Enseñanza. Estudio. Bibliografía. Antología, Hispanic Institute in the United States, New York, 1959, p. 9.

[18] Manuel Tuñón de Lara, Medio siglo de cultura española. 1885-1936, Editorial Bruguera, Barcelona, 1982,
[19] Antonio Jiménez-Landi, ob. cit., p. 17.
[20] Carlos María Cortezo, Cajal, su personalidad, su obra, su escuela, Imprenta del sucesor de Enrique Teodoro, Madrid, 1922.
[21] Archivo Histórico Municipal de Lucena, Actas capitulares (AHML/AC), 1922-7-5.
[22] AHML/AC, 1922-7-12 y 1922-7-19.
[23] AHML/AC, 1922-8-2.
[24]AHML/AC, 1925-1-20.
[25]AHML/AC,1937-7-2 y 1937-7-23.
[26]Henry Kamen, The Spanish Inquisition, 1965, traducción española de Enrique de Obregón, Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1967, p. 276.
[27] Ápud José Luque Requerey, Antropología Cultural Andaluza. El Viernes Santo al Sur de Córdoba, Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, Córdoba, 1980, p. 109.
[28] Juan Palma Robles, “La Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. (Notas para su historia)”, Torralbo, Lucena, 1986, p. 10.
[29] AHML/AC, 1824-4-13.
[30] Luisfernando Palma Robles, Mariana de Pineda: su familia lucentina; cuando escribo estas líneas, en prensa.
[31] Luisfernando Palma Robles, “El lucentino don Fernando Álvarez de Sotomayor y Ramírez (1795-1855), un destacado liberal”, La Voz del Sur de Córdoba, año VIII, nº 152-153, Lucena, 1 de septiembre de 1996, pp. 42 y 43.
[32] Archivo Parroquial de San Mateo de Lucena (APSML), Bautismos (AA), l. 56, f. 38.
[33] Soldados que se trasladaban a caballo y que intervenían indistintamente a caballo o a pie.
[34] APSML, inscripción citada.
[35] Ibídem.
[36] AHML/AC, 1754-10-29.
[37] AHML/AC, 1756-3-1.
[38] AHML/AC, 1758-10-5.
[39] AHML/AC, 1759-6-11.
[40] Este dato procede del expediente de caballero aspirante a la Real Compañía de Guardias Marinas y Colegio Naval correspondiente a un sobrino nieto de nuestro paisano llamado Justo de Aréjula y Pelegero, nacido en Cádiz en 1848. (En Dalmiro de la Válgoma y Barón de Finestrat, Catálogo de pruebas de caballeros aspirantes a la Real Compañía de Guardias Marinas y Colegio Naval, Instituto Histórico de Marina, Madrid, 1955, tomo VI, p. 250).
[41] Archivo General de la Armada (AGA), Relación de los méritos y servicios del Dr. D. Juan Manuel de Aréjula, leg. 2898-10.
[42] Descripción pormenorizada de esta expedición contra los argelinos, en Antonio Ferrer del Río, Historia del reinado de Carlos III en España, Imprenta Matute y Compagni, Madrid, 1856, tomo III, pp. 116 y ss.
[43] Embarcación que sirve para el transporte de granos y parecidos géneros.
[44]AGA, relación citada.
[45] L. Blas, Biografías y descubrimientos químicos, Editorial Aguilar, Madrid, 1947, p. 173.
[46] Ibídem, p. 153.
[47] Juan L. Carrillo, Juan Manuel de Aréjula (1755-1830). Estudios sobre la fiebre amarilla, Ministerio de Sanidad y Consumo, Madrid, 1986, pp. 14 y 15.
[48] Ramón Gago, “Cultivo y enseñanza de la química en la España de principios del siglo XIX”, en José Manuel Sánchez Ron (editor), Ciencia y Sociedad en España: de la Ilustración a la Guerra Civil, El Arquero / Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1988, p. 131.
[49]AGA, rel. cit.
[50] Sobre las enseñanzas de este químico en nuestro país, véase José Rodríguez Carracido, “Don Luis Proust en España”, en Estudios histórico-críticos de la ciencia española, Imprenta de “Alrededor del Mundo”, Madrid, 1917, pp. 233-247.
[51] Juan L. Carrillo, ob. cit., p. 18.
[52] Además de la de Química, Aréjula tuvo a su cargo interinamente la asignatura Botánica, Terapéutica y Materia Médica”, llamada anteriormente Medicamentos y Botánica. (Manuel Bustos Rodríguez, Los cirujanos del Real Colegio de Cádiz en la encrucijada de la Ilustración (1748-1796), Universidad de Cádiz, 1983, pp. 95 y 105). Además, Aréjula fue autor de numerosas Observaciones clínicas, reseñadas por Carlos Márquez Espinos en su libro Las juntas literarias del Real Colegio de Cirugía de Cádiz, Universidad de Cádiz, 1986.
[53] Ramón Gago, “Cultivo y enseñanza...”, art. cit., en José Manuel Sánchez Ron, ed., Ciencia y sociedad..., ob. cit., p. 135.
[54] Juan Luis Carrillo, ob. cit., pp. 17-20.
[55] Ibídem, pp. 20-22.
[56] Interesantísima la personalidad de este benedictino. Al frente de la Inquisición se mostró muy alejado del propio espíritu inquisitorial. Desempeñó diversos cargos eclesiásticos, entre ellos los de obispo de Ibiza y Astorga. Siempre dio vivas muestras de su liberalismo. Nombrado por Godoy Inquisidor General en 1792, fue destituido al año siguiente, según parece a causa de la presión ejercida por el grupo más conservador del episcopado español y trasladado al monasterio de Sopetrán. (Antonio Álvarez de Morales, Inquisición e Ilustración (1700-1834), Fundación Universitaria Española, Madrid, 1982, p. 154). Hermano de don Manuel fue don Agustín Abad Lasierra, que en 1792 siendo obispo de Barbastro fue denunciado a la Inquisición por sus apoyo a la Constitución Civil del Clero (1790), obra de la Asamblea Nacional francesa; don Manuel, desde su cargo de Inquisidor General, evitó la condena. (Richard Herr, The Eighteenth-century Revolution in Spain, 1958, traducción española de Elena Fernández Mel, Ed. Aguilar, Madrid, 1964, p. 340).
[57] Antonio L. Cortés Peña, “Aréjula y la Inquisición”, en Pere Molas Ribalta (editor), La España de Carlos IV, I Reunión Científica de la Asociación Española de Historia Moderna, Ed. Tabapress, Madrid, 1991, pp. 205-210.
[58] Ibíd., pp. 24 y 25.
[59] AGA, rel. cit.
[60] Entrecomillo para llamar la atención sobre la forma de acusación indirecta.
[61] AGA, rel. cit.
[62] Ibídem.
[63] Juan L. Carrillo, ob. cit. p. 27.
[64] Juan Manuel de Aréjula, Breve descripción de la fiebre amarilla padecida en Cádiz y pueblos comarcanos en 1800, en Medina Sidonia en 1801, en Málaga en 1803 y en esta misma plaza y varias otras del reyno en 1804, Imprenta Real, Madrid, 1806, p. 176.
[65] Juan José Iglesias Rodríguez, La epidemia gaditana de fiebre amarilla de 1800 (El caso de Puerto Real), Diputación Provincial de Cádiz, 1987, p. 112.
[66] El método propuesto por Aréjula para el uso de los gases muriático y nítrico contra los miasmas contagiosos se imprimió en Sevilla, por acuerdo de su Ayuntamiento de 17 de octubre de 1800, no sin la protesta de don José Queraltó, director de la epidemia en la capital andaluza. (V. Antonio Hermosilla Molina, Epidemia de fiebre amarilla en Sevilla en el año 1800, Talleres ¡Oiga!, Sevilla, 1978, pp. 61, 120 y 121).
[67] En lo referente a este asunto de las fumigaciones, sigo Luis García Ballester y Juan L. Carrillo, “The Repression of Medical Science in Absolutist Spain: The Case of Juan Manuel de Aréjula (1755-1830)”, Clio Medica, vol. 9, número 3, B. M. Israël, Amsterdam, 1974, pp. 207-211. Utilizo la traducción española que ha efectuado para mí mi hija Beatriz Palma Hueso, a quien públicamente le manifiesto mi agradecimiento.
[68] Juan L. Carrillo, ob. cit, p. 37.
[69] Ibídem, pp. 38-40.
[70] AGA, rel. cit.
[71] Juan L. Carrillo, ob. cit., p. 42.
[72] Ibídem.
[73] José María López Piñero, “Las ciencias médicas en la España del siglo XIX”, en José M. López Piñero, ed., La Ciencia en la España del siglo XIX, Marcial Pons, Madrid, 1992, p. 214.
[74] Juan L. Carrillo, ob. cit., p. 42.
[75] José Luis Comellas, Los primeros pronunciamientos en España, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1958, p. 151
[76] Alberto Gil Novales, Diccionario biográfico del Trienio Liberal, El Museo Universal, Madrid, 1991, p. 47.
[77] Juan L. Carrillo, ob. cit., pp. 42 y 43.
[78] Vicente Llorens, Liberales y románticos. Una emigración española en Inglaterra. 1823-1834, 2ª edición, Editorial Castalia, Valencia, 1968, p. 32.
[79] Juan L. Carrillo, ob. cit., p. 43.
[80] Ibídem.
[81] Julián Marías, prólogo a Antonio Alcalá Galiano, Recuerdos de un anciano, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1951, p.11.
[82] Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, edición de E. Sánchez Reyes, tomo VI, 2ª edición, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid,1963, p. 150.
[83] De la participación de don Fernando en este cordón sanitario me informó mi amiga, ya fallecida, su tataranieta doña Asunción Echagüe Álvarez de Sotomayor.
[84] Juan L. Carrillo, ob. cit., p. 43.
[85] Manuel Moreno Alonso, La forja del liberalismo en España. Los amigos españoles de Lord Holland 1793-1840, Congreso de los Diputados, Madrid, 1997, pp. 388-390.
[86] Miguel Morayta, Masonería española. Páginas de su historia, Nos, Madrid, 1956, p. 103.
[87] Juan L. Carrillo, ob. cit., 43.
[88] Alberto Gil Novales, ob. cit., pág. cit. Los carbonarios constituian una sociedad secreta político-religiosa muy parecida a la masonería. Sobre los carbonarios, véase Iris M. Zavala, Masones, Comuneros y Carbonarios, Editorial Siglo XXI, Madrid, 1971.
[89] Juan L. Carrillo, ob. cit., pp. 43 y 44.
[90] Ibídem. P. 44.

(c) Luisfernando Palma Robles. Publicado en IES Juan de Aréjula. XXV aniversario. Lucena, 2005, pp. 105-137.