3.10.06

Entre las páginas del Quijote, notas sobre la difícil cuaresma de 1905 en Lucena

©Luisfernando Palma Robles

Publicado en La Voz de Lucena y del Sur de Córdoba, especial Semana Santa (2005)


1905 fue un año especialmente agitado en cuanto a lo laboral se refiere, con manifestaciones de violencia en toda Andalucía. La falta de lluvia en el otoño anterior, en febrero y marzo y en toda la primavera hizo prácticamente imposible el trabajo en el campo. Esto condujo a una disminución importante de los jornales, así como a una carestía de los precios; de suerte que la fanega de trigo, cuyo precio en abril de 1903 era de 42 reales, llegó a valer en la primavera de 1905, 66 reales. Estas circunstancias tan adversas contribuyeron en buena manera a frenar el desarrollo del movimiento social lucentino en el período posterior. Lucena no fue, sin embargo, la población cordobesa que más sufrió estos efectos.
El día de san José se reunió en la ermita de la Paz la junta de la cofradía del jueves santo, allí radicada. En esta sesión se admite la renuncia al cargo de consiliario del sacerdote e historiador don Lucas Rodríguez Lara y es elegido hermano mayor por unanimidad don Antonio Moreno Cañete, quien sustituye en tal empleo a don Francisco Manjón-Cabeza Villalba. En cuanto a la procesión que debía hacerse ese año, se determinó que los “pasos” se reunieran en el llanete de Santiago para comenzar el recorrido a las cinco de la tarde. Por ausencia de don José de Cárdenas que venía sacando la imagen del Cristo de la Sangre, se propuso que fuera el hermano mayor que acaba de elegirse quien se encargara de que el Crucificado hoy titular de la cofradía del jueves santo radicada en la parroquial de Santo Domingo formase parte del cortejo procesional. Don Martín Chacón Valdecañas, cuadrillero del Lavatorio, agradeció el pésame de la cofradía por la muerte de su hijo. Los asistentes manifestaron su sentimiento al cuadrillero de Jesús Caído, don Juan Manuel de Blanes, por el reciente fallecimiento de su esposa, doña Matilde Zayas Fernández de Córdoba.
En enero de ese año, concretamente el día 15, habían tenido lugar elecciones en la archicofradía nazarena, bajo las presidencias vigilantes y conciliadoras del arcipreste y párroco de Nuestra Señora del Carmen, don Juan Antonio de Navas Flores, y el alcalde don Gabriel Ruiz-Canela Chacón. Sale elegido hermano mayor el marqués de Campo de Aras, don José Chacón Valdecañas, quien tiene como uno de sus principales objetivos la reforma del cuerpo estatutario para terminar de una vez con el exceso de politización en los órganos rectores de esta corporación del viernes santo. Sin embargo siguen las desavenencias: el secretario saliente, don Pedro Romero García, se niega a entregar los libros y demás pertenencias de la secretaría, según manifestación del nuevo titular de ésta, don Rafael Hofmeyer Rojas, en junta de gobierno celebrada cuatro días después de las elecciones. Curiosamente un hijo del secretario saliente, don Pedro Antonio Romero Fustegueras, casaría en 1909 con doña Carmen Hofmeyer Valle, hija del secretario entrante.
El 3 de abril de ese año “terrible”, el alcalde Ruiz-Canela informó a la Corporación municipal del “estado angustiosísimo en que, por efecto de la tenaz sequía, se encuentran nuestros campos y del grave malestar y la preocupación justificada que en su virtud cunde entre todas las clases sociales de la población, especialmente entre la de los braceros agrícolas, por la falta casi absoluta de trabajo y la inminente pérdida de la cosecha de cereales que, alejando toda esperanza de alivio para el problema, ha de condenar a la ociosidad y miserias forzadas a tan numerosa cuanta sufrida clase...” El acuerdo que toma a propósito la Corporación lucentina es el de solicitar del ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas, el conde de Romanones, la inmediata apertura por administración de las obras de enlace de la carretera de la cuesta del Espino a Málaga con la de Montoro a Rute por la ronda de Lucena, así como el segundo trozo de la de Lucena a Estepa por Jauja. En la misma instancia se advierte al ministro que tuviese presente que la falta de ayuda a los braceros podría dar lugar a conflictos “ante los cuales pudieran peligrar altísimos intereses, cuya primordial defensa compete al gobierno de la Nación”.
El viernes antes del de Dolores, 7 de abril, el Ayuntamiento lucentino se reúne en sesión con carácter urgentísimo a fin de deliberar sobre la crisis obrera. Manifiesta el alcalde Canela que en los últimos días había crecido notablemente el malestar en la clase obrera y que ese mismo día por la mañana había tenido lugar una manifestación de numerosísimas personas, al frente de la cual “marchaba la sociedad legalmente establecida con el título de Liga Obrera, que le reclamaba con insistencia remedio para su calamitosa situación. El alcalde indica a la Corporación que los obreros habían efectuado sus reivindicaciones “solemnemente y en perfecto orden”. En la deliberación que siguió a la exposición de la primera autoridad local se reconoció por todos la existencia de crisis obrera, “si bien se estimase al par un poco exagerada”.
Los capitulares lucentinos reconocieron en aquella sesión de viernes de cuaresma la falta de recursos de la Corporación para hacer frente a la crisis obrera; no se podían prestar auxilios directos ni tampoco llevar a cabo obras públicas de carácter municipal. Ante la gravedad de la situación se propusieron cuatro medidas de urgencia.
La primera que, sin perder tiempo alguno, y a través del Gobierno Civil de Córdoba, se reiterara telegráficamente la petición formulada por instancia al ministro de Agricultura, Industria y Comercio y Obras Públicas en el sentido ya apuntado del arreglo de carreteras y que había sido acordado en sesión del día 3 de abril.
La segunda que, para la mayor eficacia de lo solicitado, se recurriese con rapidez a don Manuel Reina y Montilla, diputado a Cortes por el distrito y gran poeta, rogándole hiciese valer su influencia cerca del Gobierno. Precisamente Reina fallecería en Puente Genil, población donde había nacido en 1856, poco después: el 11 de mayo de 1905. Este año, pues, estamos viviendo el centenario del fallecimiento de este poeta y político pontanense.
La tercera que, sin dilación, se convocara a los vecinos mayores contribuyentes y a las personas más distinguidas en el ejercicio de la ciudadanía con el fin de darles cuenta de la difícil situación y tomar entre todos las medidas más apropiadas, que pudieran ser donativos, trabajo a los braceros, instalación de una tienda-asilo que abaratara los precios de los productos de primera necesidad para el sustento de la población damnificada por la sequía y, en último extremo, llevar a cabo el reparto o asignación de obreros a los contribuyentes, como en otras ocasiones se había hecho tanto en Lucena como fuera de ella.
Como cuarta y última medida, ésta de carácter indirecto, se decidió extremar todo lo posible la vigilancia e inspección del mercado y de todos los puestos públicos donde se vendiesen productos de primera necesidad, con objeto de corregir debidamente los fraudes que en el precio, en la cantidad o en la calidad pudieran cometer los vendedores.
En medio de toda esta apurada situación social, llegó la hora de plantearse por parte de la Corporación la celebración de las anuales fiestas aracelitanas. El lunes anterior al domingo de Ramos (lunes de Pasión), el alcalde expresa su opinión contraria a comenzar una recaudación de donativos para costear las referidas fiestas porque “tal vez se distrajeran cantidades llamadas en primer término a remediar necesidades apremiantes de la clase obrera”. No obstante lo anterior, el señor Ruiz-Canela propuso seguidamente a la asamblea municipal que, ante el temor a que la supresión de los festejos “pudiera traducirse en el sentido de que decrece en Lucena la devoción que siempre animó a sus hijos hacia su amadísima Patrona”, se abrieran al efecto varios centros donde los ciudadanos pudiesen depositar donativos y que las citadas fiestas tuviesen lugar sólo en el caso de que se reuniese cantidad suficiente para ello. Se decide que los puestos de recaudación de esos donativos pro-festejos se estableciesen en la secretaría del Ayuntamiento, Círculo Lucentino, Círculo Católico de Obreros y en los comercios de don Arturo Valdelomar y don Antonio Berjillos del Pino, éste de paquetería, mercería y coloniales, situado en la plaza Alta y Baja, 48. También se acordó que a los donantes se les entregase el correspondiente recibo y que en el caso de no reunir la cantidad necesaria –estimada ésta en cuatro mil pesetas-, se pudiera devolver a cada uno lo que hubiese entregado.
Para hacernos una idea de la economía litúrgica de la época, anoto, a continuación, una serie de gastos efectuados aquel año por la parroquia de San Mateo, que hacía catorce años, tras una larga espera, había dejado de ser la única de nuestra ciudad. Fueron treinta las pesetas que Antonio Bernabeu recibió el 4 de abril por las palmas para la función de Ramos. El esperma para las velas que se usaron en las misiones cuaresmales y en semana santa fue proporcionado por José María del Pino, quien recibió a finales de abril por tal concepto la cantidad de ochenta y cuatro pesetas con veinticinco céntimos. El sábado santo se le abonaron quince pesetas al cura don José Yago por haber traído de Córdoba los santos óleos consagrados en la catedral el jueves santo. El lunes de Pascua el sacerdote don Juan Ruiz Córdoba recibió veintidós pesetas con cincuenta céntimos por el canto de las Pasiones en San Mateo el domingo de Ramos y viernes santo y ese mismo día se le pagaron cuarenta y cuatro pesetas al carpintero Francisco Roldán por el importe de una escalera nueva y por su trabajo de armar y desarmar el monumento del jueves santo.
El mismo lunes de Pascua el alcalde comunicó a los consistoriales la publicación, por él ordenada, de una hoja informativa para hacer saber al vecindario la situación de los antedichos puntos de recaudación pro-festejos aracelitanos y señalando en ella como fechas para efectuar los donativos las comprendidas entre el 11 y el 22 de abril, esto es, desde el martes de Pasión hasta el sábado santo. Como ya estaba cumplido este plazo, el señor Ruiz-Canela dio a conocer la cantidad recaudada: no llegaba a trescientas pesetas. No obstante se decidió que los gastos que correspondiesen a la Corporación en las fiestas religiosas y populares a la Virgen se abonaran con cargo a los oportunos capítulos del presupuesto en vigor.
El programa de los festejos aracelitanos que se elaboró por aquellos días incluia un apartado literario de importancia: celebración del III centenario del Quijote. Ya en el mes de febrero la prensa local se había hecho eco de las múltiples conmemoraciones que con motivo de tal efeméride se preparaban en muchas localidades españolas. El anónimo columnista añadía: “El buen nombre de la hermosa Lucena, patria del inmortal autor de Las lágrimas de Angélica que mereció las alabanzas de Cervantes en la gigantesca obra cuyo centenario se proyecta conmemorar; sus precedentes históricos en el mundo de la ciencia; la cualidad de ser el pueblo que ocupa el primer lugar entre los de la provincia de Córdoba y los otros nobles títulos que forman la aureola para ella conquistada por sus gloriosos antepasados están clamando y exigiendo de sus amantes y honrados hijos los lucentinos que sepan en las actuales circunstancias posponer las luchas de partido y las rivalidades políticas ante lo que tan directamente afecta a la dignidad de un pueblo que pide en todo rigor de justicia la conservación de sus preclaros timbres./ [Este periódico] entiende que cumple con su deber haciendo las precedentes indicaciones al pueblo de Lucena y al ofrecer,como lo hace con sumo gusto, sus columnas y su modesta cooperación a la autoridad, colectividad o particular que tenga a bien tomar la honrosa iniciativa y estudiar los medios utilizables para que nuestro pueblo conmemore debidamente el centenario del Quijote.”
Pues en la misma sesión municipal en que se dio cuenta de la pobre recaudación popular habida para las fiestas de mayo, el Ayuntamiento, tal vez inspirado por el artículo de prensa antes referido, “coincidiendo con los días en que se celebran esas fiestas [aracelitanas] con las que todo el mundo culto dedica en este año a enaltecer la memoria de don Miguel de Cervantes Saavedra en el tercer centenario de la publicación de Don Quijote y considerando que ya es hora que esta ciudad rinda el debido homenaje a su preclaro hijo don Luis Barahona de Soto, cuyo ilustre nombre esta asociado al de Cervantes al citársele con encomio por éste en su inmortal obra, acuerda por unanimidad dar el nombre del primero de aquellos a la calle Contador y el del segundo a la de Jardín”. Igualmente se decide que el coste de las lápidas correspondientes a la nueva denominación de esas vías públicas se carguen contra el capítulo de imprevistos del presupuesto municipal. En los primeros días de agosto la Corporación conoció el importe de la adquisición y colocación de cuatro placas metálicas para rotular las calles “Marqués de Vadillo” (hoy “Los Maristas” o “Salidos”), “Cervantes” y “Barahona de Soto”: 69 pesetas con 19 céntimos.