El obispo Barcia y los horarios de las procesiones lucentinas de semana santa (1769-1776)
©Luisfernando Palma Robles
Publicado en Soledad, Lucena (2002)
En el período comprendido entre 1756 y 1771 estuvo al frente de la diócesis cordobesa el zamorano don Martín de Barcia. Anteriormente había sido obispo de Ceuta, tras haber residido algunos años en Roma como postulador en la causa de beatificación de Juan de Ávila. Barcia fue prelado doméstico de Benedicto XIV, quien lo consagró como pastor de los ceutíes en su propia capilla pontificia.
Barcia es el prototipo de obispo ilustrado. En 1765 impulsó con el mayor entusiasmo las obras del monumento o triunfo de san Rafael en las cercanías de la catedral, encargándose de las estatuas el marsellés don Miguel Verdiguier, a quien se debe la hechura del Yacente lucentino de la archicofradía nazarena. El artista francés efectuó las imágenes de san Rafael, de los patronos san Acisclo y santa Victoria y de santa Bárbara, virgen y mártir de la especial devoción de don Martín; quien, al conocer el proyecto del tabernáculo que nuestro paisano Pedro de Mena iba a llevar a cabo en la capilla sacramental de la entonces única parroquial lucentina, decidió que en una de sus esquinas fuese la imagen de la santa sólo recordada cuando truena (según el decir popular), en lugar de la de un profeta.
Su interés por la naturaleza lo pone de manifiesto la labor realizada en la llamada alameda del Obispo de la capital cordobesa, tan elogiada por Antonio Ponz en su Viaje de España: “Llaman a este hermoso sitio la hacienda de la alameda, cuya jurisdicción es propia de los señores obispos. Se extiende un gran espacio fuera de la cerca de jardines y huertas. Dicho señor Barcia la aprovechó con toda la frondosidad y utilidad expresada, mandando plantar dilatados olivares, y en las márgenes del río muchos álamos, que preservan el terreno en las avenidas y son de una frondosidad inexplicable. ¡Así estuvieran plantadas todas las márgenes de este famoso río, como podría ser, de donde nace hasta donde entra en el mar por Sanlúcar, que muy otra cosa serían su celebridad y su riqueza”
En marzo de 1769 don Martín publica un edicto sobre semana santa, en donde, renovando las disposiciones dictadas por sus antecesores, hace especial hincapié en la prohibición nocturna de las procesiones. El edicto, que como toda la documentación manejada en la elaboración de estas líneas pertenece al Archivo Parroquial de San Mateo de Lucena, lleva fecha del día 7 y el subsiguiente auto del vicario de Lucena, don Juan Martínez de Gálvez, está datado el día 13. Transcribo de éste: “... se manda que en el próximo tiempo de Semana Santa y en cualquiera otro del año así en dicha ciudad de Córdoba como en todos los pueblos de este obispado salgan las procesiones de día y a hora que al toque de las oraciones se concluyan, sin variar la carrera que fuese costumbre o se les ordenase, para cuya observancia está mandado por Reales Despachos, jueces y justicias den el auxilio que se necesite imponiendo a los contraventores seculares, requeridos que sean por su merced [se refiere al vicario] o párroco la pena de 50 ducados con más la de suspensión de empleos a proporción de la inobediencia o exceso y las demás que hubiere lugar en derecho (...) Manda su merced que dicho edicto se lea y publique a la letra el domingo próximo que se contarán 19 del corriente mes [domingo de Ramos] en la iglesia de Sr. S.Mateo de esta ciudad al ofertorio de la misa mayor (...) Mandó su merced que el dicho edicto con esta providencia se haga saber en sus personas a los hermanos mayores y a otras a cuyo cargo estuviese la solicitud y cuidado de dichas procesiones para que guarden y observen cuanto se preceptúa por dicho edicto bajo de las penas que por él se imponen y para lo que se les señala la hora de las tres de la tarde para dar principio a dichas procesiones y por ser la proporcionada según la estación que se acostumbra para que esté fenecida antes del toque de la oración...”
El notario eclesiástico, don Diego José Valdés y Villanueva, notificó edicto y auto precedentes a los hermanos mayores. El miércoles 15 a los de la Venerable Cofradía de la soberana imagen de Ntra. Sra del Carmen, Venerable Cofradía de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y Venerable Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad. Éstos son, respectivamente, el presbítero don José Antonio de Cárdenas y Nieto, el boticario don Pedro Julián de Luque y don Francisco Domingo Romero del Valle y Toledano, que fue capitán del Regimiento de Milicias de Bujalance.
El jueves 16 hace lo propio el notario Valdes con el cura don Tomás Ortiz Repiso y con don Antonio Rafael de Mora y Saavedra, caballero veinticuatro de Granada, individuo de su Real Maestranza y capitán del Regimiento de Bujalance; hermanos mayores, respectivamente, de la Venerable Cofradía de Nuestra Señora de la Paz y de la Venerable Cofradía de Nuestro Gran Padre y Señor Jesús Nazareno.
Como estaba mandado, el sacristán mayor, el presbítero don Manuel Pío Gutiérrez de Cuenca, leyó el domingo de Ramos en la misa mayor de la referida parroquial el edicto de Barcia y lo fijó después en el sitio destinado para ello de la antesacristía.
El miércoles santo, el vicario Martínez de Gálvez firmó un auto donde expresa cómo la cofradía del Carmen había principiado su procesión a las tres de la tarde del día anterior y “excusando algunas de las paradas que se acostumbraban”, terminado media hora antes del toque de la oración. El auto iba dirigido especialmente a las cofradías de la tarde del viernes santo: “Respecto a que en la tarde del Viernes Santo se celebran dos procesiones, la de la Cofradía de la Soberana imagen de Nuestra Señora de la Soledad, sita en la iglesia de Sr. Santiago, y la otra el Entierro de Nuestro Gran Padre y Señor Jesús de la cofradía de este nombre, sita en el Convento de Sr. S. Pedro Mártir de ella, que de la primera es hermano mayor D. Francisco Domingo Romero del Valle y de la segunda D. Antonio Rafael de Mora y Saavedra, vecinos de esta ciudad, para que no se falte en cosa alguna en lo mandado por dicho edicto y ser imposible que haciéndose dichas dos procesiones en una tarde y saliendo a las horas asignadas por dicho auto se puedan concluir a la que se previene por el expresado edicto, para remedio de lo cual mandó su merced que al dicho hermano mayor de la citada Cofradía de Ntra. Sra. de la Soledad solicite salga la dicha procesión a la una de la tarde y que esté fenecida a las tres de ella y al expresado hermano mayor de la mencionada Cofradía de Nuestro Gran Padre y Señor Jesús Nazareno a la dicha hora de las tres disponga el que salga el Entierro de Su Majestad y que esté concluido antes de la hora en que se acostumbra a tocar la oración, de suerte que con la luz del día esté de vuelta dicha procesión a su Convento, con apercibimiento que de hacer lo contrario, los daños y perjuicios que se siguen en la falta de observancia en lo preceptuado por dicho edicto será de cuenta y riesgo de dichos dos hermanos mayores”.
Al año siguiente el vicario provee otro auto en el mismo sentido, indicándose en él que “la Cofradía de la Soberana imagen de Nuestra Señora de la Soledad ha de salir a hora de las dos y media, de modo que a las cuatro y media esté fenecida y a las cinco se dé principio a la del Entierro de Cristo (...) Será del cargo de dichos hermanos mayores todos los daños y perjuicios por faltar a tan arreglado y justo decreto que mira a evitar las graves ofensas que se pueden cometer contra la Divina Majestad validos de la licenciosidad de la noche y concurrencia de tumultos”. Los hermanos mayores a quienes se les notifica este auto de 1770 son los mismos que el año anterior, salvo el de la cofradía de la Paz que lo es también el de la Soledad, D. Francisco Domingo Romero del Valle Toledano, por defunción del cura don Tomás.
En un auto del viernes santo de ese año 1770 se lee que la cofradía de la Soledad cuando eran “las cuatro y más de esta tarde no había comparecido por la Cruz y asistencia parroquial para que saliese dicha procesión de la Soledad, la que celebrándose, es preciso que se suspenda la del dicho Entierro de Cristo por no haber ya tiempo para que se hagan ambas y se acaben de día como está mandado ni tampoco a una misma hora, por razón de que dicha parroquia es una para todos con que sólo puede asistir a una de las dichas procesiones y acabada concurrir a la otra, lo que practicándose, la última de dichas dos procesiones se fenecerá a las diez u once de la noche y se faltará a lo preceptuado por el Iltmo. Sr. Obispo de Córdoba, al que tanto se debe obedecer y venerar, y para su remedio mandó su merced suspender la dicha procesión de la Cofradía de la Soledad atento a que deja pasar con tanto descuido y retardación la hora que para salir y fenecerse se le señaló”
De ese mismo día se conserva una diligencia del vicario Martínez de Gálvez en la que se dice que a las cinco de la tarde la Cofradía de Nuestro Gran Padre y Señor Jesús Nazareno concurrió a la iglesia parroquial de San Mateo por la cruz para el entierro “que acostumbra a hacer de tan soberano dueño con la asistencia del Venerable Clero, comunidades y otros individuos”. El vicario dio entonces licencia para que se acortase el itinerario que tenía por costumbre. La procesión sólo llegó a San Mateo, “antes de la hora acostumbrada del toque de la oración, aunque era corto el tiempo que quedaba. Por esto y porque las lluvias impidieron su prosecución, dicho Sr. Vicario mandó se diese por fenecida dicha procesión como con efecto se dio, retirándose el dicho Venerable Clero, Comunidades y demás que la componían y quedándose las insignias de Jesús en el Sepulcro, Nuestra Señora y Señor San Juan, y Santa María Magdalena en dicha iglesia parroquial, para conducirlos luego que el tiempo abonase a dicho convento a donde tenían su colocación”.
En 1771 el auto pertinente se dicta el 22 de marzo. En 1772, ya muerto Barcia, es el 10 de abril cuando el vicario Martínez de Gálvez manda que “se haga saber a los hermanos mayores de las Cofradías que celebran procesión de la sagrada Pasión de Ntro. Redentor Jesucristo en la Semana Santa, que es la próxima a la presente, que antes del toque de la oración estén concluidas y reducidas a las iglesias de donde salen”. El auto programa así los horarios de salida de las cofradias pasionistas lucentinas:
· Martes santo. Cofradía del Carmen. Convento de religiosos carmelitas descalzos. Cuatro de la tarde.
· Miércoles santo. Cofradía de la Pasión. Convento de S. Francisco de Asís. Cuatro de la tarde.
· Jueves Santo. Cofradía de la Paz. Ermita de la Veracruz. Cuatro de la tarde.
· Viernes santo (mañana). Cofradía de Jesús Nazareno. Convento de Santo Domingo. Luego que amanezca con toda claridad.
· Viernes santo (tarde). Cofradía de la Soledad. Iglesia del Sr. Santiago. Tres de la tarde y a las cinco ha de estar terminada.
· Viernes santo (tarde). Celebración del Santo Entierro por la cofradía de Jesús Nazareno. Convento de Santo Domingo. Cinco de la tarde y ha de estar concluida a la hora de las oraciones.
Los hermanos mayores a quienes se les notifica este auto son los mismos del año 1770, salvo en el caso de la cofradía nazarena que lo es don Juan de Mora Cuenca y Pacheco.
Los mismos horarios están documentados para 1776, no habiendo anotaciones correspondientes a los años intermedios.


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