Cuaresma y semana santa de Lucena, 1806: algunas apuntaciones económicas.
Cuaresma y semana santa de Lucena, 1806: algunas apuntaciones económicas.
©Luisfernando Palma Robles,
(Publicado en La Voz de Lucena y del Sur de Córdoba, especial Semana Santa, 2006).
Hace doscientos años, el miércoles de ceniza fue el 19 de febrero. El año municipal, cual ocurría por aquellas calendas, había comenzado con la toma de posesión de los cargos concejiles, quienes, como era entonces preceptivo, juraban en ese acto defender el misterio de la Purísima Concepción. El nombramiento de los nuevos capitulares lo había hecho a finales de diciembre de 1805 don Luis Joaquín Fernández de Córdoba, que poseía un poder especial de su padre, don Luis María, duque de Medinaceli, titular de la correspondiente regalía.
Ya al día siguiente el nuevo Ayuntamiento elige entre sus miembros a quienes habían de tomar el jueves santo las llaves de los respectivos sagrarios de las iglesias conventuales de San Francisco de Asís y San Francisco de Paula (hoy parroquial de Santo Domingo). Este acto protocolario y casi litúrgico tenía su origen en las escrituras del patronato que la Corporación municipal ejercía sobre ambos monasterios. Fueron designados para tal fin don Francisco Ruiz Montenegro, vinculado a la capilla de Montoro, para la iglesia de la calle Contador, y don Salvador Aznar, también regidor y capitán de los Reales Ejércitos agregado a la plaza de Málaga, miembro de la familia residente en la calle Maquedano y muy relacionada con la popular devoción a santa Marta, para el de la calle El Agua.
A continuación exponemos una relación de subvenciones llevadas a cabo en 1806 por la testamentaría de don Francisco de Paula Ramírez Chamizo y San Martín, II marqués de Montemorana, verdadero mecenas tanto en vida como a través de su herencia que controlaban los albaceas: los presbíteros don Rafael María Ramírez, cura teniente de la Iglesia lucentina, y don Andrés de Soto Medina, rector del colegio de niñas huérfanas de la Purísima, y el procurador don Juan de Dios del Valle. La testamentaría tenía su sede u oficinas en régimen de alquiler en un local propiedad del conde de Valdecañas, en una Lucena inmersa aún de lleno mayoritariamente en los postulados del Antiguo Régimen.
En febrero las monjas capuchinas de Andújar solicitan limosna para ayudar a la reparación del coro de su iglesia, que amenazaba ruina. En su escrito indican que han pasado necesidades incluso de alimentos: “muchos días se han dado gracias sin un triste potaje”. Se les socorre con 100 reales.
Ese mismo mes son 500 reales la cantidad con la que ayudan los testamentarios a las monjas clarisas del lucentino convento de las calles Las Torres y Santa Catalina, comunidad que se vería agraciada a final de año con otra limosna de 300 reales. Al año siguiente la testamentaría correría a cargo con el arreglo del órgano de este convento de Santa Clara, invirtiendo en ello 2.600 reales, que se pagaron al organero Juan Bautista Tarameli.
Otra comunidad que se benefició ese año de la herencia de Montemorana fue la del colegio de la Purísima Concepción. En febrero se aportan 1.000 reales. También en febrero entregan los albaceas otros 1.000 reales para el culto de la la Virgen Santísima de Araceli, llamada en la documentación “única Patrona de esta Ciudad”.
En marzo los presbíteros don Bartolomé de Anglada y Cuenca, don Juan Muñoz y don Rafael de Lara y Cuenca exponen a los testamentarios la necesidad que tiene la imagen de María Santísima de la Soledad, de la iglesia de Santiago, de un “vestido y otras precisas cosas”. No hay constancia de que se atendiera tal petición, que se efectúa en un momento de decaimiento de la cofradía hoy del sábado santo lucentino.
A modo de sufragio por el alma del marqués de Montemorana, los carmelitas descalzos recibieron 100 reales para la marceña novena de san José. Antes, en febrero, fueron mil los reales que procedentes de la testamentaría emplearon en trigo, “por carecer ya algún tiempo de esta provisión”. Además, estos frailes fueron atendidos en agosto con otros 1.000 reales y en diciembre con 300, destinados a cubrir las necesidades más urgentes del convento.
Los franciscanos de Madre de Dios recibieron en febrero 20 arrobas de aceite para el consumo de la comunidad. Para las necesidades de ésta, fueron, como en el caso anterior del Carmen, dos las entregas: una de 1.000 reales en noviembre y otra de 300 en diciembre.
El prefecto de la Congregación del Espíritu Santo, el presbítero don Manuel Gutiérrez, da cuenta de haber colaborado con 100 reales la testamentaría del marqués en la limosna que esa institución con sede en la iglesia de Santiago entregaba a los pobres cada año el lunes santo, que en 1806 fue el 31 de marzo.
José González intervino en el bordado del manto, saya y manguitos para la imagen de María Santísima del Socorro, costeada por la herencia de Montemorana. En el documento se indica que en el bordado, que había de ser de oro fino, se emplearían unas 19 varas, y su ancho y forma, como la del escapulario del hábito que se había realizado para san Francisco de Paula, de la iglesia de los Mínimos. También se comprometió José González a entregar esta labor para que pudiese servir en la semana santa de 1807, lo que en efecto ocurrió; pues el 11 de marzo del año últimamente citado, el albacea don Juan de Dios del Valle firmó que González había cumplido “con esta obra y la entregó a satisfacción y se le completó el pago de la cantidad contratada”. Ésta fue de 2.500 reales.
Fueron 80 reales los pagados por la testamentaría en concepto de derechos parroquiales de los manifiestos que tuvieron lugar los viernes de cuaresma de 1806 en el altar de Nuestra Señora de los Dolores (Servitas) en la parroquial de San Mateo.
En la junta que celebraron los oficiales servitas el 12 de septiembre se dio cuenta de la donación que los albaceas del marqués Chamizo habían hecho de un “vestido completo de terciopelo negro con galón fino y demás agregados para que sirviese a Nuestra Madre María Santísima de los Dolores de continuo en su camarín, por estar ya el que hasta ahora ha tenido poco decente”. En julio pagaron por 16 varas y media de galón ancho y 3 varas de galón estrecho 841 reales, 17 maravedís, y 20 reales por un pañuelo de gasa para la Dolorosa.
En el libro de riqueza del Ayuntamiento lucentino correspondiente a 1806 se hace referencia a distintas propiedades de cofradías de nuestra ciudad. En cuanto a las hermandades pasionistas el libro recoge que la cofradía de Nuestra Señora de la Paz posee tres casas, 16 celemines de tierra en la ronda de la población, así como censos que percibía de la Real Hacienda por el valor de un olivar que se habían enajenado; su tesorero y representante de la hermandad a estos efectos fiscales, don Alonso Vázquez.
Se indica también en el libro que quien representa a la cofradía de Nuestra Señora del Carmen es don Miguel Lasso de la Vega, aunque no existe descripción alguna de los bienes de esta corporación del martes santo.
La cofradía de Nuestra Señora de la Pasión tiene al tallista Diego de Burgos, su tesorero, como representante a los mencionados fines. Esta corporación de la conventual franciscana poseía 16 celemines de tierra en Quiebracarretas y La Boticaria, un suelo de era en el ejido del Valle, además de algunos censos a su favor.
Según esta documentación el administrador de la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad era don Manuel Gutiérrez, a quien se ha hecho referencia como responsable de la congregación del Espíritu Santo. Esta hermandad de la iglesia de Santiago era propietaria, entre otros bienes, de un olivar de segunda clase en la Granadilla.


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