16.10.06

Apuntes sobre la cuaresma lucentina de 1706

©Luisfernando Palma Robles,
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Publicado en Lucena Semanal, semana santa (2006)

A comienzos de 1706, hace trescientos años, las relaciones entre el Ayuntamiento lucentino y la Parroquia estaban ciertamente enfriadas. En el fondo de estas desavenencias estaban las presiones fiscales hacia el clero secular ejercidas por la administración civil a consecuencia de los gastos que ocasionaba la guerra de Sucesión. Es probable que también contribuyese al enrarecimiento de esas relaciones la protesta que los señores capitulares municipales habían efectuado con motivo de la subida experimentada por los estipendios y demás derechos parroquiales.
En las fiestas más señaladas del año era costumbre por entonces que la comunidad de curas de San Mateo diese la paz a la la Corporación municipal, cuando ésta acudía a las funciones de Iglesia. Ante la actitud de la Parroquia de incumplimiento de tal rito, el corregidor de Lucena, don José Herrera y Quintanilla, consultó al respecto con el señor de Lucena, a la sazón el marqués- duque don Luis Francisco de la Cerda y Aragón, quien en carta de finales de diciembre de 1705 ordenó al Ayuntamiento lucentino que no acudiese como Corporación a la iglesia o a donde concurriesen los curas de la parroquial, sino que las funciones religiosas a las que estaba obligada a participar se celebrasen en uno de los conventos del patronato del señor. Los capitulares decidieron en cumplimiento del mandato de don Luis Francisco llevar a cabo dichos actos piadosos en el convento de Nuestro Padre San Francisco, como se había hecho en ocasiones semejantes. Este cambio de lugar celebrativo era, según el marqués-duque, “el mayor castigo que se puede dar a los eclesiásticos, quedando mortificada su desatención con el desprecio de su ignorancia”.
En la última decena de enero, como venía siendo costumbre por aquellos años, concretamente el día 26, último martes del mes, se publicó con toda solemnidad la Santa Bula de la Predicación, ceremonia que servía de heraldo a la cuaresma. Por parte del notario receptor, don Juan Tello Mellado, se hicieron entrega de 8.480 bulas a su depositario, Luis Gutiérrez. En esta ocasión se suscitaron dudas acerca del lugar que había de llevar en la procesión con la Corporación municipal el religioso predicador responsable de la mencionada publicación. Se acordó fijar que ocupase el inmediato posterior en orden protocolario al regidor decano, que a su vez era precedido por el corregidor, por alférez mayor y por el alguacil mayor, de mayor a menor rango. El Ayuntamiento pagó 30 reales en dos escudos de plata al padre predicador que vino a la referida publicación de la Santa Bula de la Cruzada.
El 2 de febrero tuvo lugar la fiesta y procesión de la festividad de Nuestra Señora de la Candelaria en la iglesia conventual de San Francisco de Asís. La cera que se trajo de Córdoba para esta fiesta religiosa importó 450 reales.
La cuaresma dio comienzo el 17 de febrero. Un mes más tarde, el 20 de marzo, se dio a conocer en cabildo municipal un despacho del corregidor de Córdoba que incluia una copia de la carta enviada a esta capital por la reina María Luisa Gabriela de Saboya en la que solicitaba que se hiciesen rogativas por el éxito de la causa de su marido, que se encontraba entonces al frente de su ejército dispuesto a reconquistar Cataluña. Se determinó comunicar esta regia disposición al vicario y a los superiores y superioras de los distintos conventos, al mismo tiempo que se fijó para la celebración de esas rogativas el día 25 de marzo, jueves y fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora. Éstas consistirían en culto solemne al Santísimo Sacramento en el convento de Nuestro Padre San Francisco, con predicación del padre misionero de la cuaresma y con procesión vespertina de penitencia. Se debía pedir no solamente por el éxito bélico del monarca, sino también por el acierto de la reina gobernadora que, por cierto, en aquella fecha aún no había cumplido los dieciocho años. Esta precoz dirigente de los destinos españoles habia sido igualmente adelantada para las nupcias, pues cuando contrajo matrimonio con Felipe V, en la basílica de la Sábana Santa de Turín, le faltaban seis días para cumplir trece años.
Para la organización de los cultos de rogativa el Ayuntamiento nombró por comisarios a los regidores don Gabriel Recio Chacón de Rojas, vinculado con la cofradía carmelitana, y a don Ambrosio de Valenzuela Alarcón, muy relacionado con el Cristo de la Sangre.
La cofradía de Pasión, establecida en la conventual de franciscanos, también estaba muy bien representada en el Cabildo municipal. El alguacil mayor, don Manuel Francisco de Góngora y Rico, era su hermano mayor; uno de los jurados, don Gonzalo Francisco Ortiz Repiso, había cedido a esa corporación pasionista en 1705 la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Columna, que la Cofradía Franciscana de Pasión, heredera de aquélla del miércoles santo lucentino, no saca actualmente en su procesión del lunes santo.
En esta celebración de rogativas que tuvo lugar el 25 de marzo de 1706, como se había previsto predicó el oportuno sermón el padre Fr. Juan de Cabra, religioso franciscano que se encontraba de misión en el convento. El guardían recibió por ello 240 reales que se le dieron en un doblón de a ocho, esto es, una onza de oro.
En cera se gastaron 105 reales, por seis libras de cera blanca labrada para el altar y por cuatro libras y medía y alquiler de las hachetas para la procesión.
Se invirtieron15 rs en gratificar a Salvador del Valle y otros cocheros por conducir a los caballeros capitulares hasta el convento franciscano para asistir a los mencionados cultos de rogativa.
Como es natural se tiraron cohetes como anuncio de la celebración la víspera; el cohetero Juan Francisco de Montoya recibió por tal concepto 48 reales.
5 reales fueron pagados al pregonero público, Juan de la Cruz, por una de las ocupaciones que tenía encomendadas: llevar y traer los escaños para el asiento de los señores miembros del Cabildo municipal desde las casas consistoriales a la iglesia conventual franciscana.
El 22 de marzo el Ayuntamiento lucentino designa quiénes serían los encargados de asistir a los conventos de San Francisco de Asís y de San Francisco de Paula el jueves santo para tomar las respectivas llaves de los Sagrarios, en conformidad con lo capitulado en las escrituras de patronato. Los encargados fueron el alférez mayor, don José Antonio de Carrión y Dávila, caballero de Santiago, para el primero y el regidor don Jacinto de Nieva y Cuenca para el segundo, entonces aún con la categoría de hospicio.
También decidieron los caballeros capitulares lucentinos, como estaba establecido, costear la cera de los monumentos eucarísticos de ambos establecimientos religiosos, entregándose a cada convento para tal destino 200 reales.
El día de san José tuvo lugar en la iglesia de carmelitas descalzos la misa cantada y votiva que costeaba la Corporación y por la que fray Diego de la Expectación, procurador conventual, recibió 12 reales.
El domingo de Ramos de aquel año fue el 28 de marzo. Durante la semana santa asistió la Corporación a las procesiones. Para esta participación municipal se trajeron de Córdoba 48 hachuelas de cera blanca labrada, lo que ocasionó un gasto de 710 reales.
En aquella cuaresma, el guardián del convento franciscano de San Francisco de Asís, el padre Fr. Laurencio Garrido, había solicitado la aportación económica municipal para contribuir al gasto de la comunidad en la obra de la iglesia y en concreto en el enlucido de la capilla mayor y arco toral que estaba amenazando ruina. Se le concedieron 200 reales.
Por aquellos días los frailes franciscanos descalzos del entonces hospicio de San Bernardino de Sena en la ermita de Nuestra Señora del Valle hicieron petición al Municipio de dos fanegas de tierra para usarlas como huerta. Esta solicitud fue atendida previa licencia del marqués-duque. A instancias de estos mismos frailes se había repuesto en la segunda mitad de enero –tiempo idóneo para ello- la alameda de álamos negros desde la salida de la calle de San Pedro hasta el propio hospicio del Valle, efectuándose el pertinente zanjado para el resguardo de los árboles.