19.11.06

CONGREGACIÓN SERVITA LUCENTINA: UN INTENTO DE ESTABLECIMIENTO EN LA IGLESIA CONVENTUAL DE SAN FRANCISCO (1765-1766)

©Luisfernando Palma Robles

(Publicado en VII y VIII Curso de Verano El Franciscanismo en Andalucía, Priego de Córdoba, 2001 y 2002, tomo I, dirección y edición de Manuel Peláez del Rosal, Cajasur, Córdoba, 2003, pp. 565-571)

La Congregación Servita de Lucena, fusionada desde 1975 con la Cofradía del Santísimo Cristo de la Humillación, tuvo su origen en la titulada Esclavos de Nuestra Señora de las Angustias, creada en la ermita de Nuestra Señora de la O, en el barrio de la Calzada, junto a la fundación hospitalaria de San Juan de Dios, en 1724, previa licencia del obispo don Marcelino Siuri. Esta congregación se reformó cinco años más tarde, pasando entonces a llamarse Congregación de Siervos del Dulce Nombre de María de los Dolores.
En 1734 se produjo el hermanamiento de la Congregación de Siervos de María Santísima de los Dolores, de Córdoba, sita en el hospital de Pobres Incurables de Sr S. Jacinto, con la Congregación lucentina de referencia. En 1737 ó 1738 algunos hermanos de esta corporación lucentina pasionista y mariana obtuvieron licencia para pedir limosna y decir misa "por los que estaban en pecado mortal". Esto provocó la atracción de un gran número de fieles, y poco tiempo después la separación de muchos congregantes que, tomando como sede la ermita de san Marcos, se rigieron por unas nuevas reglas bajo el patrocinio del Santo Cristo de la Misericordia y María Santísima de la Piedad y título de Concordia, Enseñanza de la Doctrina Cristiana y pedir para hacer bien y decir misa por los que están en pecado mortal.
Quedaron, pues, pocos hermanos como congregantes de los Dolores, y éstos decidieron solicitar breve al padre general de los Servitas con objeto de integrarse en esta Orden. La integración en ella de los congregantes de los Dolores tuvo lugar en 1746 (1).
Hasta junio de 1788, fecha en que la Congregación Servita lucentina se establece definitivamente en la iglesia parroquial de san Mateo. residió sucesivamente en la citada ermita de Nuestra Señora de la O, en la del Santísimo Cristo del Valle (calle Corralás) y en la iglesia de los mínimos de San Francisco de Paula, no faltándole otros intentos de traslado e incluso manejando la posibilidad de erigir un templo propio. Los motivos de esa inestabilidad residencial hay que buscarlos en lo exiguo de los templos y en las dificultades habidas con cofradías, patronos o comunidades religiosas regulares, según los casos, por su condición de institución secundaria en esos lugares sagrados.
En la junta celebrada el 15 de noviembre de 1765(2), bajo la presidencia del padre corrector don Bartolomé Antonio de Amaro, éste expresó cómo en la reunión correspondiente al mes anterior(3) habían decidido pedir a Dios y a su Madre Dolorosa los iluminasen para efectuar el traslado a "otra iglesia más cómoda, capaz y decente (como días ha lo ansiábamos por lo estrecho y reducido de [la ermita del Santísimo Cristo del Valle])". El corrector especifica al respecto que la necesidad del traslado no tiene su causa únicamente en la escasez de espacio disponible ante el altar de la Dolorosa que obligaba a trasladar la imagen al altar mayor los viernes, día de ejercicios semanales, sino sobre todo por la celebración del solemne septenario.
Apuntaba también el corrector cómo se había excluido en principio efectuar el traslado a templo de religiosos regulares; sin embargo había recibido un ofrecimiento de uso por parte de don Francisco de Paula Ramírez, congregante servita que desempeñaba el cargo de clavero, de la capilla vinculada con su altar de la que era patrón en el templo de la Observancia franciscana.
Don Francisco de Paula Ramírez Rico y Poblaciones (4) fue un destacado miembro de la Congregación y en ella desempeñó diversos cargos, entre ellos el de prior. Además de alcaide interino de la fortaleza lucentina y regidor perpetuo de Antequera, participó activamente en la vida municipal de Lucena: síndico personero, regidor y teniente de corregidor. En la pujante Sociedad Económica de Amigos del País de Lucena ejerció como consiliario primero (5).
La capilla perteneciente al vínculo que poseía don Francisco de Paula Ramírez era la de san Pedro Alcántara, junto a la puerta que da acceso a la sacristía en el lateral de la Epístola, donde mandó se le diese sepultura (6).
La oferta de esta capilla púsola el padre corrector en conocimiento de Fr. Francisco de Vida, provincial habitual de los observantes para que, a su vez, la transmitiese a su comunidad y al P. Fr. Domingo Lazo, provincial entonces en ejercicio, que se hallaba precisamente de visita en el convento lucentino. El corrector servita había pedido al padre Vida le hiciese presente las condiciones por las que había de regirse la translación de referencia y la subsiguiente estancia de la Congregación en el templo franciscano.
Las cláusulas que presentó el provincial al corrector para su estudio por parte de la oficialidad servita fueron seis. Sobre cada una de ellas -según propia declaración- el corrector "había trabajado y reflexionado y consultado a beneficio" de la Congregación y las conclusiones de todo ello las trasladó a su junta de gobierno. A continuación expongo las seis cláusulas, así como las citadas conclusiones, que reflejan a la perfección el aparato celebrativo religioso de la época.
En la primera cláusula el provincial expresaba la autorización para el traslado al templo franciscano de la congregación y daba su permiso para que ésta pudiese efectuar sus ejercicios de los viernes por la tarde a una hora que no impidiese los cultos de la comunidad. Para el perfeccionamiento de esta cláusula, el corrector Amaro propuso que se recogiera en ella el horario que la comunidad franciscana seguía en sus divinos oficios, es decir, concluirlos a las tres de la tarde durante el período comprendido entre la festividad de la Santa Cruz de Septiembre e idéntica festividad de mayo y a las cinco de la tarde el resto del tiempo, salvo en cuaresma y novenarios propios de la comunidad. En estos dos últimos casos se deberían anteponer o posponer los ejercicios servitas.
La segunda cláusula presentada por el provincial Vida hablaba de la independencia que habían de tener las juntas y elecciones de los servitas respecto de la comunidad franciscana. El corrector propuso añadir que los frailes deberían estar siempre privados de voz, tanto activa como pasiva, en las referidas juntas y elecciones.
En la tercera se establecía el orden de la procesión del tercer domingo de mes con las imágenes de la Virgen y san Francisco. Según el padre Vida si los miembros de ambas órdenes terceras –franciscana y servita- no iban separados en la procesión, deberían presidir el visitador franciscano y el ministro de su Orden Tercera; si los servitas fuesen delante podían ser éstos presididos por su padre corrector. En cuanto a las imágenes la Virgen iría en todo caso detrás de san Francisco. Ante esto el corrector servita manifestó que en caso de ir juntos los miembros de ambas órdenes la presidencia debían ostentarla conjuntamente el visitador franciscano y el corrector servita, ambos sacerdotes e imediatamente antes en el cortejo el ministro de la Orden Tercera franciscana habría de presidir al prior servita, en razón a la respectiva antigüedad de las dos instituciones. No le parecía lógico al corrector servita que el ministro de los terceros franciscanos –normalmente un seglar- presidiese a todo un orden tercero distinto del suyo como era el de los servitas. No obstante el corrector abogaba porque los servitas fuesen delante de los terceros franciscanos bajo su cruz o estandarte, con lo que se evitarían discordias.
La cuarta cláusula corresponde a la predicación. El provincial Vida concedía que los viernes que quisiere, el corrector hiciese una plática desde su asiento, pero las pláticas o sermones de púlpito las habían de hacer los franciscanos. En el caso de que los servitas decidiesen que su corrector predicase su fiesta anual –sigue exponiendo Vida- los servitas tendrían que solicitar licencia del provincial franciscano, licencia –apunta- raramente concedida. Para evitar la negativa a la concesión de licencia, el corrector Amaro propuso que “siempre que nuestro orden tercero para su mayor incremento y culto de su Dolorida Madre tenga por conveniente señalar a su corrector u otro de sus hermanos sacerdotes para que predique el día de la fiesta principal o la de sus santos fundadores, como la de N. P. S. Felipe Benicio o Santa Juliana de Falconieri, no podrá oponerse la comunidad, antes sí solicitará con nuestra santa Congregación, la licencia del M. R. P. provincial que fuere, por convenir así para la paz y buena concordia que debemos tener con tan santa comunidad. Y aunque no dudamos el que se nos conceda esta gracia, desde luego la debemos pedir para la primera fiesta de translación, en la que es nuestra voluntad predique nuestro corrector”.
La quinta cláusula que el provincial franciscano ofrece trata de las misas cantadas. En ella se indica que el canto de las misas se ha de hacer por los religiosos de san Francisco y si el día de la fiesta principal quisiere cantar la misa el corrector servita lo ha de hacer con permiso que le concederá el guardián de los observantes. En la contestación que el rector servita efectúa a esta cláusula matiza acerca del sitio en que se hubiere de cantar la misa. El corrector pidió que la comunidad se obligara a conceder a los servitas el altar mayor para el día de su fiesta principal y que en él cantara la misa él o cualquier otro sacerdote servita. En el caso del altar de la Dolorosa, afirma el corrector que siempre que los servitas quisieran podrían cantar en él misa, con o sin diáconos, cualquiera de los hermanos sacerdotes servitas. En cuanto a los derechos que habría de percibir la comunidad franciscana, tanto en el caso del altar mayor como en el de la Dolorosa, propone el corrector “que se habrán de pactar, con lo que no quedará perjudicada y nosotros gozaremos de nuestra libertad en atención a la total independencia que en la segunda cláusula se nos concede”.
La sexta cláusula trataba aspectos económicos. El provincial y el corrector coincidieron en que las limosnas que el convento habría de recibir por las pláticas, sermones, misas aplicadas por vivos y difuntos, etc. serían las justas y razonables que convinieran la comunidad y los servitas. El corrector añadió en su contestación que la distribución de las misas rezadas por los hermanos difuntos habría de hacerse por su parte con toda libertad.
A las seis cláusulas presentadas por la representación franciscana propuso el corrector en su respuesta una séptima, a modo de cláusula final, relativa a la libertad de efectuar nuevas translaciones: “De que ahora y en todo tiempo quedase libre nuestro Orden Tercero para poder transladar a otra cualquiera iglesia o capilla propia para hacerla a sus expensas o extraña, por justos motivos que para ello tenga nuestra Venerable Junta, sin que pueda impedirse por dicha comunidad, recogiendo nuestra Congregación todas sus alhajas que constaren de su inventario, las que estarán señaladas con su escudo. Y en todo acontecimiento deberá preceder la debida e indispensable licencia del M. R. P. Provincial de Servitas.”
En junta particular celebrada el 6 de diciembre de 1765 todos los vocales servitas acordaron admitir las translación a la conventual franciscana y las cláusulas y respuestas anteriormente referidas.Para tratar la translación, la junta designó diputados a don Bartolomé Antonio de Amaro, corrector, don Antonio Ortiz Repiso, prior, don Pedro Antonio del Río y Castro, don Francisco de Paula Ramírez (quien cedía su capilla en el templo franciscano para los servitas) y don Juan Pascual Ramírez y Contreras, secretario.
El 10 de enero de 1766 en junta mensal, los servitas decidieron convocar junta general de hermanos profesos para el domingo día 12, nombrándose como consultores a los curas de la entonces única parroquia de san Mateo don Tomás Ortiz Repiso y don Cristóbal de Luque, así como al carmelita descalzo Fr. Diego de San Jerónimo. En esta misma junta mensal tratose acerca de la licencia que habría de solicitarse al obispo de Córdoba. En este punto se decidió ser preciso recurrir antes al provincial servita para que aprobase la translación, que era quien había concedido la licencia para erigir la congregación, con la aprobación posterior y consentimiento del obispo; por tanto determinaron seguir en cuanto a las licencias de translación se refería el mismo orden.
Sirviendo como base las propuestas por los franciscanos y las respuestas a ellas del corrector se redacta un nuevo cuerpo de 18 claúsulas que los hermanos conocen en la junta general referida. 12 son las condiciones de la parte de los franciscanos y 6 las de los servitas.
Las condiciones de los franciscanos son las siguientes:
1. Concesión del traslado a la capilla de don Francisco de Paula Ramírez sita en su iglesia.
2. Traslado a otro lugar en lo siguientes casos: erección de templo propio, incumplimiento por parte de la comunidad de las condiciones estipuladas tras tres amonestaciones, incumplimiento por parte de los servitas de lo convenido después del mismo número de advertencias. En este último supuesto, se le daría a la congregación tres meses para buscar otro templo.
3. Libertad para la celebración de juntas y elecciones. Los franciscanos no tendrán voz, activa ni pasiva, en los asuntos internos de la congregación, ni privarán de ella a los servitas.
4. Los servitas podrán efectuar sus ejercicios los viernes después de las cinco de la tarde (verano) y de las tres (invierno). Excepciones: cuaresma, novenas, maitines clásicos cantados, entierro, otra función extraordinaria y viernes festivos. En estos casos los servitas atepondrán o pospondrán sus ejercicios en función de los ejercicios franciscanos.
5. Procesión conjunta los domingos terceros de mes. Los servitas, delante de la cruz de la comunidad con su estandarte. La Virgen Dolorosa presidirá la procesión yendo detrás de san Francisco. La comunidad cantará al comienzo y en la última pausa, cuando entona el Te Deum laudamus repetirá el Stabat Mater dolorosa y después en la iglesia su antífona, verso y oración.
6. Canto gratuito a María Santísima de los Dolores de antífona, verso y oración los sábados que canta la comunidad la salve, letanía y Tota pulchra a María Santísima de la Concepción, si los servitas encendiesen luces a su imagen Titular.
7. Poder manifestar el corrector u otro sacerdote en los ejercicios, tanto en el altar mayor como en el de Nuestra Señora de los Dolores, proporcionando la comunidad el ornamento necesario, interin se hacen de uno.
8. La plática espiritual que haya de dirigir los viernes el corrector u otro sacerdote se hará desde el asiento.
9. En las honras anuales de los servitas se procederá igual que en el caso de los terceros seráficos: doble con tres campanas por la tarde y noche. En sus fiestas usarán los servitas las campanas y el órgano según la solemnidad
10. Después de haber estado un año en la iglesia franciscana, los servitas para que el corrector u otro sacerdote predique el día de la fiesta podrán pedir licencia al provincial franciscano firmando la solicitud el guardián y discretos. Esta petición con idénticas formalidades se podrá llevar a cabo cada tres años.
11. Las pláticas y sermones del septenario servita correrán a cargo de un rellgioso del convento a elección de los servitas.
12. Previa licencia del guardián, el día de la fiesta principal podrá cantar la misa el corrector u otro sacerdote en el altar mayor cada tres años y anualmente en la capilla de María Santísima de los Dolores.
Las condiciones de los servitas eran:
1. Idéntica a la segunda condición de los franciscanos
2. De las diez misas que han de decirse por cada uno de los servitas difuntos, dará cinco a la comunidad como limosna.
3. Por cada una de las pláticas y sermones de los servitas entregarán éstos al síndico del convento la limosna que les pareciere justo.
4. Lo mismo por la procesión de tercer domingo de mes.
5. Por las misas cantadas se dará al síndico lo que se estila: sin diáconos, 6 reales; con diáconos, 8 reales. En éstas aportará la comunidad la cera. En las misas de las fiestas con órgano y asistencia de la comunidad, los servitas habrán de poner la cera y dar al síndico 11 reales e igualmente cada uno de los días del septenario si hubiere misa cantada por la mañana y si no hay misa cantada darán 5 reales y medio.
6. El día de las honras por misa y vigilia dará de limosna 2 ducados (22 reales). La misma cantidad se entregará por asistencia de la comunidad a la procesión general que hagan los servitas.
En esta misma reunión general los servitas conocieron el informe favorable emitido por Fr. Diego de San Jerónimo, el carmelita descalzo nombrado consultor, al traslado de la congregación servita a la iglesia franciscana. Por votación secreta se admitió unánimente la conveniencia de la referida translación. Igualmente se determinó pedir licencia al provincial servita para otorgar la correspondiente escritura.
En la sesión mensal de febrero de 1766, la junta servita acordó se preparase un memorial para el Venerable Orden Tercero de San Francisco con el ruego de que aceptasen el convenio llevado a cabo con el convento y Orden Primera respecto a la procesión mensal del tercer domingo, solicitándole al mismo tiempo les concediesen el uso de sus escaños, mesa, candeleros, etc. hasta que ellos se hicieran de unos propios. Para tratar estos asuntos con el padre visitador y con el ministro de la franciscana Orden Tercera se nombró una diputación. También se designó diputación para que el síndico del convento suscribiese la escritura de convenio y para dar las gracias a don Andrés de Cuenca, patrono de la ermita del Santísimo Cristo del Valle, donde estaba establecida la Congregación, "manifestándole los justos motivos que ha tenido nuestra Orden Tercera, para solicitar la translación".
En esta misma sesión se concretaron los estipendios que el convenio dejaba al arbitrio de los servitas. Por la procesión del tercer domingo, 4 reales por cada una, ya que asistía la comunidad a la que hacía su Orden Tercero. Por cada plática de púlpito se entregaría al convento 12 rs. y 30 rs. por cada sermón, excepto el de la fiesta principal a la Dolorosa en el caso de que corriere a cargo de un franciscano, en cuyo caso el estipendio quedaba a la voluntad de la Congregación según sus posibilidades.
El 16 de febrero el corrector Amaro comunicó a la junta haber recibido la licencia del provincial servita para efectuar el traslado y que el original de esta licencia se había remitido al obispo de Córdoba, don Martín de Barcia, que se encontraba de visita pastoral en Aguilar de la Frontera para que diese su consentimiento, pormenor éste exigido en la licencia del provincial servita.
En la junta mensal de marzo se determina que, como aún no se ha recibido el consentimiento episcopal para la traslación a la iglesia conventual franciscana de la Congregación Servita, se envíe un segundo memorial al obispo Barcia. Los servitas manifestaban en él "las graves y notables circunstancias que concurrían para que no negase la translación, cuales eran tener hecha nuestra contrata con la Venerable Comunidad de Nuestro Santo Padre San Francisco, estar resuelta la dicha translación por un cabildo general y haberlo así aprobado y juzgado por conveniente nuestra Sagrada Religión de Servitas, de quien inmediatamente depende nuestra Santa Hermandad y Orden Tercera y ser todo lo relacionado público y notorio en esta ciudad". El memorial se despachó con propio a la villa de la Puente de Don Gonzalo, donde se encontraba Barcia en visita pastoral.
En la mensal del mes siguiente, abril, el corrector Amaro propuso que, habida cuenta de no haber recibido respuesta del obispo de Córdoba a ninguno de los dos memoriales que se le habían remitido en orden a la traslación de la Congregación Servita a la conventual franciscana, se instara con tercer memorial y "que de no dar lugar nuestra pretensión en la alta consideración de Su Señoría Ilustrísima, nos concediese su santa bendición y licencia para trasladarnos bajo las condiciones que sean regulares al Colegio de la Purísima Concepción de esta ciudad". Esta propuesta fue unánimemente aceptada por los hermanos de junta. En 1764 los servitas habían trasladado su imagen Titular, para celebrar su septenario, a la iglesia del Colegio de la Purísima, donde el viernes de Dolores hicieron voto de defender la Limpia y Pura Concepción.
En la mensal de 2 de mayo de 1766 se recibe ,por fin, respuesta del obispo Barcia donde manifestaba existir muchos y graves inconvenientes para efectuar el traslado al Colegio. Esos inconvenientes no figuraban reseñados en el acta ni posiblemente en la carta del obispo. Con esta respuesta Barcia también se negaba indirectamente al traslado a la iglesia franciscana, puesto que los servitas, como ya he indicado, le habían manifestado en su último memorial que de no ser posible el traslado a la conventual de San Francisco les consintiese el traslado al Colegio.
En la prohibición de traslado estaría presente, sin duda, la mentalidad ilustrada del obispo Barcia, tan poco dada a alentar las manifestaciones barroco-populares de religiosidad como ponen de manifiesto sus disposiciones acerca de la celebración de semana santa.

(1) Extraigo estos datos de mi trabajo "La prehistoria de la Congregación Servita lucentina", Torralbo, 1999, Lucena, pp. 7 y ss.
(2)Archivo Parroquial de San Mateo de Lucena (APSML), Servitas, actas. Esta es la documentación básica que utilizo en la elaboración del presente trabajo. No se encuentran en el citado archivo parroquial cuentas de la Congregación servita de los años 1765 y 1766.
(3)En el acta correspondiente a la junta mensal de octubre no se recoge nada de lo aquí reflejado.
(4) Don Francisco de Paula nacíó en Lucena el 7 de septiembre de 1737, hijo de don Juan José Ramírez Rico de Rueda y del Rosal, familiar del Santo Oficio de la Inquisición, y de doña Teresa Javiera de Poblaciones Godines Sandoval y Messía, hija de don Miguel de Poblaciones Dávalos y Valcárcel, caballero de Santiago y conde de las Infantas (APSML, Bautismos, AA 49, f. 25). D. Francisco de Paula contrajo matrimonio en 1756 con doña Juana de Uribe Fernández y Buenache (APSML, Desposorios, BA 18, f. 314) y falleció en Lucena el 10 de marzo de 1803, siendo sepultado con entierro general en la conventual de San Francisco de Asís (APSML, Mortuorios, CA 4, f. 123 vuelto).
(5) Archivo Histórico Municipal de Lucena, Actas capitulares (AHML / AC), diversas fechas.
(6) Archivo Histórico Provincial de Córdoba, Protocolos notariales de Lucena, Testamento de D. Francisco de Paula Ramírez Rico, ante D. Pedro Domínguez del Castillo, 1774, leg. 3 165 P, f. 119v.

16.10.06

La cuaresma y la semana santa de Lucena en 1904

©Luisfernando Palma Robles,

Publicado en La Voz de Lucena y del Sur de Córdoba, especial Semana Santa (2004)

Hace exactamente un siglo, en el también bisiesto año 1904, el Ayuntamiento manifestaba el 8 de febrero su interés porque no decayesen en animación y lucimiento las fiestas del carnaval. Para ello consideraba,unánimemente, primordial la intervención de la Banda Municipal de Música, que habría de actuar por las tardes en la Plaza Nueva (de Alfonso XII entonces) los días de carnaval y el domingo de piñata. La Banda no se encontraba precisamente en sus mejores momentos; el semanario de inspiración católica El Adalid Lucentino, entonces dominical, satiriza en su número correspondiente a los días de carnestolendas sobre los músicos municipales, quienes según la particular audición del columnista producían “un extraño y desagradable ruido”.
El miércoles de Ceniza, 17 de febrero, empezó, como venía siendo habitual, el quinario al Cristo crucificado en la iglesia agustina y recoleta de San Martín. Para estos cultos introductorios de la cuaresma se colocaba todo el grupo escultórico de la Sagrada Lanzada (El Calvario) en el lateral de la epístola, ante la puerta llamada de San Pedro y el altar de la Virgen de la Correa. Las monjas, desde el coro, entonaban los “Afectos y suspiros de un corazón arrepentido a Cristo crucificado”, con letra original de una artista que decidió abandonar la vida licenciosa. Todas las tardes del quinario de 1904 predicó el padre agustino Segundo Garrido.
En este tiempo cuaresmal, como en otros, al toque de oraciones de todas las noches se rezaba el rosario en la ermita de la Aurora, a cuyo término se llevaban a cabo lecturas espirituales.
El tiempo, en extremo lluvioso aquellos días de febrero; pero ello no era obstáculo para que un buen número de personas asistiese los miércoles y los viernes de aquella cuaresma a los respectivos vía crucis de las cuatro parroquias, especialmente al de San Mateo los viernes, donde tenía lugar antes de ese piadoso ejercicio la proclamación de un sermón penitencial. En las sacristías de las distintas iglesias parroquiales se expendían las bulas de la Cruzada.
El primer domingo de cuaresma, la Venerable Orden Tercera celebró en la conventual franciscana ejercicios espirituales con predicación de un padre de la orden. El martes 23, a las siete y media, dio principio el novenario a Nuestra Señora de la Soledad, en la iglesia parroquial de Santiago, con función solemne el segundo domingo de cuaresma, estando a cargo la homilía del párroco de Santo Domingo, don Juan Espinar y Prieto.
Buena se armó por aquellos días con motivo de haber aparecido en el número del día 25 de febrero en el periódico La Voz de Lucena un artículo calificado por la prensa católica de “inmoral e irrespetuoso con la Inmaculada Concepción”, cuyo dogma había sido proclamado por Pío IX cincuenta años antes. El semanario confesional publica en su edición del tercer domingo de cuaresma las protestas de la Asociación de Hijas de María, del párroco de Santo Domingo, el ya citado don Juan Espinar, que era a su vez director en Lucena de la Asociación de la Buena Prensa, de la sociedad de San Vicente de Paul y de la Venerable Orden Tercera.
El 12 de marzo comenzó en la parroquial de Nuestra Señora del Carmen la novena a san José, con solemne función en la festividad del 19 que contaría con panegírico del arcipreste y párroco de la feligresía don Juan Antonio de Navas y Flores.
El mismo día de san José principió en San Mateo, a las siete y media de la noche, el septenario a María Santísima de los Dolores, con predicación a cargo del padre Fr. Jesús de Santa Teresa, que concluyó el viernes de Dolores, 25 de marzo. El mal tiempo no impidió la masiva asistencia de fieles a estos cultos a la Dolorosa Servita. Precisamente en 1904, gracias a don Joaquín Garzón Carmona, párroco de San Mateo, hermano de mi abuela paterna, se reorganizó la Venerable Congregación de Servitas de María, tras un largo letargo, contando con la decidida colaboración de las señoras doña Dolores Puech, doña Isabel Torres, doña Catalina María Leña -designada en 1899 cuadrillera del Señor de la Columna de San Francisco-, mi abuela Elisa Garzón, doña Estrella Slech, doña Dolores Cabrera y la señorita Carmen Escudero Galiano. Se inscribieron durante el septenario en la Congregación más de 200 hermanas. Según la crónica, el templo mayor de Lucena presentaba una decoración elegante y severa con profusión de luces.
Presidía por entonces la Corporación municipal lucentina el abogado don Félix Aznar y León, a cuya indicación el 21 de marzo el Ayuntamiento trata de la inmediata semana santa; se acuerda por todos los asistentes contribuir al mayor esplendor de esas fiestas religiosas y que se sigan las costumbres existentes al respecto desde tiempos antiguos. Se decide asistir corporativamente a la función del domingo de Ramos, a los oficios del jueves santo, a la visita de los sagrarios, donde se depositaría la ofrenda de costumbre, y a la solemne procesión del santo Entierro en la tarde del Viernes. Igualmente se conviene que el alcalde designe una comisión para que asista a la visita general de cárcel con encargo de socorrer a los presos con la limosna individual que la primera autoridad local fijase, quien a su vez nombraría diputación que asistiese a los oficios del viernes santo. En cuanto a los gastos ocasionados por la referida participación municipal en los diferentes actos semanasanteros, incluyendo los de los timbaleros, música y cera, se determina que se libre por la Alcaldía la cantidad a que asciendan con cargo al capítulo respectivo del presupuesto municipal en vigor o al de imprevistos, si no hubiese consignación para alguno de ellos.
Las calles de los itinerarios procesionales se arreglan por aquellas fechas de manera provisional. Lleva la dirección de esta reparación del suelo urbano el maestro de obras Domingo Arroyo Jiménez, quien recibe por ello 115 pesetas con 50 céntimos. El pavimento que con motivo de las fiestas de semana santa se adecentó fue el de la calle San Pedro y nueve vías públicas más.
La Iglesia local pagó a Antonio Bernabeu 30 pesetas por las palmas traídas de Elche para la función del domingo de Ramos, 27 de marzo. El sacerdote don Juan Ruiz Córdoba recibió 22 pesetas y media como estipendio de las pasiones cantadas en San Mateo el domingo de Ramos y el viernes santo. Fue el carpintero Manuel Palma García, hermano de mi abuelo paterno, quien se encargó de montar y desmontar el monumento, por lo que percibió, con inclusión de las puntas invertidas en él, 30 pesetas y 40 céntimos, que le fueron entregadas por el cura obrero de la parroquial don Joaquín Garzón Carmona, mi tío abuelo ya citado.
Las procesiones de semana santa se redujeron, al parecer, a las dos del Viernes: Nuestro Padre y Entierro de Cristo. A pesar de que las corporaciones pasionistas del Carmen (Miércoles) y la de la Veracruz y Paz (Jueves) habían decidido efectuar su desfile, finalmente no lo llevaron a cabo, por razones que la prensa indicaba no conocer a ciencia cierta, aunque daba cuenta de que existían diversas versiones sobre el particular. El domingo de Ramos el semanario católico se hacía eco con ironía de ciertos rumores referentes a la supresión de las procesiones del Miércoles y Jueves, debido al “inmejorable” estado de las calles.
La cofradía de la Paz había decidido en su cabildo del primer domingo de cuaresma, 21 de febrero, llevar a cabo su salida procesional. Era el hermano mayor don Francisco Manjón-Cabeza y Villalba, que a su vez desempeñaba el cargo municipal de segundo teniente de alcalde y que cumplía ese año los dos para los que había sido elegido; por las unánimes instancias de los hermanos asistentes a ese cabildo accedió don Francisco a continuar en la dirección de la cofradía de la ermita de las calles Veracruz y Ancha. En esa junta se eligieron distintos cargos, resultando designado consiliario el sacerdote e historiador don Lucas Rodríguez Lara, adalid frente a los excesos de las celebraciones pasionistas.
Se acordó que la procesión comenzase a la misma hora que el año anterior, esto es, a las cinco de la tarde, estando los tronos en el llanete de Santiago a las cuatro y media. Según lo acordado en 1903, la procesión debería estar concluida a las diez de la noche.
Con carácter extraordinario se celebra cabildo el domingo de Ramos, 27 de marzo. El hermano mayor abre la sesión expresando que su objeto era acordar lo que procediera con relación a la salida de la procesión el jueves santo, a pesar de haberse acordado efectuarla en la junta del primer domingo de cuaresma. Sin embargo en aquel mismo cabildo se hizo observar el mal estado de las calles del itinerario, por lo que se comisionó a algún hermano para que confidencialmente hablase con el alcalde para que acudiese a remediar en lo posible este mal. El alcalde, al parecer, había prometido la solución, pero la lluvia pertinaz de toda la cuaresma había impedido el que se cumpliesen los deseos de la referida autoridad. La cofradía se encontraba en el dilema de salir, con peligro para los hermanos que conducen las efigies por los baches que las calles presentaban, o suspender por aquel año su desfile procesional.
Don Lucas Rodríguez Lara manifestó que era de la opinión contraria a llevar a cabo la procesión, no sólo por el estado de las vías públicas sino también porque hacía años que había venido haciendo constar en las juntas su parecer de que la procesión no debía salir mientras no se adoptasen medidas tendentes a evitar la escandalosa profanación que se venía haciendo de las sagradas imágenes en un día consagrado por la Iglesia al recogimiento y contemplación de los altísimos misterios que se conmemoraban. Que era público y notorio que muchas personas permanecían cubiertas al paso de las sagradas imágenes. Que se prodigaba el vino y los dulces al extremo de privarse, por los hombres que conducían los pasos, promoviendo disputas, profiriendo blasfemias y hasta en ocasiones haciendo uso de armas. Proponía que se colocasen pendientes de los tronos unos paños o velos que cubriesen a los hombres portadores de las imágenes, con el fin de que, no siendo vistos, se evitase la comunicación con los de fuera.
El párroco Espinar manifestó estar de acuerdo con lo expuesto por don Lucas, pero que en el caso de no efectuar la procesión se iría amenguando aún más la fe y se llegaría a la conclusión de no poder hacer manifestaciones de culto externo y que en todo caso se invocase a la autoridad, porque la procesión debía, según el cuerpo estatutario, llevarse a cabo. Tras el correspondiente debate, se procedió a la votación, que dio como resultado la suspensión por aquel año de la procesión del jueves santo.
El Viernes tuvieron lugar las dos procesiones: mañana y tarde. El semanario católico exponía como nota discordante de esa brillante jornada procesional el hecho de que estuviesen los bares y cafés abiertos, lo que estaba prohibido por bando en Madrid y en otras importantes poblaciones.
El sábado de Gloria, sobre las ocho de la mañana, moría en circunstancias extrañas, en una casa de la calle Ancha, un portador en la mañana del Viernes de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Se trataba de un cortador de carne, de 34 años, casado en segundas nupcias, cuya identidad omito, residente en la calle Álamos. Los forenses, don José Serrano Rivera y don Francisco García López, tras la autopsia, indicaron que había fallecido a consecuencia de una hemorragia cerebral.
Pocos números después de la semana santa, don Francisco García Pedrera comienza a publicar en El Adalid Lucentino un trabajo titulado “¡Suprimir las procesiones!”, donde trata de contrarrestar las opiniones vertidas por muchos con fama de eruditos en el sentido de que las procesiones deberían suprimirse porque eran innecesarias y porque para ser católico no era preciso hacer esa ni ninguna otra manifestación externa.

Apuntes sobre la cuaresma lucentina de 1706

©Luisfernando Palma Robles,
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Publicado en Lucena Semanal, semana santa (2006)

A comienzos de 1706, hace trescientos años, las relaciones entre el Ayuntamiento lucentino y la Parroquia estaban ciertamente enfriadas. En el fondo de estas desavenencias estaban las presiones fiscales hacia el clero secular ejercidas por la administración civil a consecuencia de los gastos que ocasionaba la guerra de Sucesión. Es probable que también contribuyese al enrarecimiento de esas relaciones la protesta que los señores capitulares municipales habían efectuado con motivo de la subida experimentada por los estipendios y demás derechos parroquiales.
En las fiestas más señaladas del año era costumbre por entonces que la comunidad de curas de San Mateo diese la paz a la la Corporación municipal, cuando ésta acudía a las funciones de Iglesia. Ante la actitud de la Parroquia de incumplimiento de tal rito, el corregidor de Lucena, don José Herrera y Quintanilla, consultó al respecto con el señor de Lucena, a la sazón el marqués- duque don Luis Francisco de la Cerda y Aragón, quien en carta de finales de diciembre de 1705 ordenó al Ayuntamiento lucentino que no acudiese como Corporación a la iglesia o a donde concurriesen los curas de la parroquial, sino que las funciones religiosas a las que estaba obligada a participar se celebrasen en uno de los conventos del patronato del señor. Los capitulares decidieron en cumplimiento del mandato de don Luis Francisco llevar a cabo dichos actos piadosos en el convento de Nuestro Padre San Francisco, como se había hecho en ocasiones semejantes. Este cambio de lugar celebrativo era, según el marqués-duque, “el mayor castigo que se puede dar a los eclesiásticos, quedando mortificada su desatención con el desprecio de su ignorancia”.
En la última decena de enero, como venía siendo costumbre por aquellos años, concretamente el día 26, último martes del mes, se publicó con toda solemnidad la Santa Bula de la Predicación, ceremonia que servía de heraldo a la cuaresma. Por parte del notario receptor, don Juan Tello Mellado, se hicieron entrega de 8.480 bulas a su depositario, Luis Gutiérrez. En esta ocasión se suscitaron dudas acerca del lugar que había de llevar en la procesión con la Corporación municipal el religioso predicador responsable de la mencionada publicación. Se acordó fijar que ocupase el inmediato posterior en orden protocolario al regidor decano, que a su vez era precedido por el corregidor, por alférez mayor y por el alguacil mayor, de mayor a menor rango. El Ayuntamiento pagó 30 reales en dos escudos de plata al padre predicador que vino a la referida publicación de la Santa Bula de la Cruzada.
El 2 de febrero tuvo lugar la fiesta y procesión de la festividad de Nuestra Señora de la Candelaria en la iglesia conventual de San Francisco de Asís. La cera que se trajo de Córdoba para esta fiesta religiosa importó 450 reales.
La cuaresma dio comienzo el 17 de febrero. Un mes más tarde, el 20 de marzo, se dio a conocer en cabildo municipal un despacho del corregidor de Córdoba que incluia una copia de la carta enviada a esta capital por la reina María Luisa Gabriela de Saboya en la que solicitaba que se hiciesen rogativas por el éxito de la causa de su marido, que se encontraba entonces al frente de su ejército dispuesto a reconquistar Cataluña. Se determinó comunicar esta regia disposición al vicario y a los superiores y superioras de los distintos conventos, al mismo tiempo que se fijó para la celebración de esas rogativas el día 25 de marzo, jueves y fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora. Éstas consistirían en culto solemne al Santísimo Sacramento en el convento de Nuestro Padre San Francisco, con predicación del padre misionero de la cuaresma y con procesión vespertina de penitencia. Se debía pedir no solamente por el éxito bélico del monarca, sino también por el acierto de la reina gobernadora que, por cierto, en aquella fecha aún no había cumplido los dieciocho años. Esta precoz dirigente de los destinos españoles habia sido igualmente adelantada para las nupcias, pues cuando contrajo matrimonio con Felipe V, en la basílica de la Sábana Santa de Turín, le faltaban seis días para cumplir trece años.
Para la organización de los cultos de rogativa el Ayuntamiento nombró por comisarios a los regidores don Gabriel Recio Chacón de Rojas, vinculado con la cofradía carmelitana, y a don Ambrosio de Valenzuela Alarcón, muy relacionado con el Cristo de la Sangre.
La cofradía de Pasión, establecida en la conventual de franciscanos, también estaba muy bien representada en el Cabildo municipal. El alguacil mayor, don Manuel Francisco de Góngora y Rico, era su hermano mayor; uno de los jurados, don Gonzalo Francisco Ortiz Repiso, había cedido a esa corporación pasionista en 1705 la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Columna, que la Cofradía Franciscana de Pasión, heredera de aquélla del miércoles santo lucentino, no saca actualmente en su procesión del lunes santo.
En esta celebración de rogativas que tuvo lugar el 25 de marzo de 1706, como se había previsto predicó el oportuno sermón el padre Fr. Juan de Cabra, religioso franciscano que se encontraba de misión en el convento. El guardían recibió por ello 240 reales que se le dieron en un doblón de a ocho, esto es, una onza de oro.
En cera se gastaron 105 reales, por seis libras de cera blanca labrada para el altar y por cuatro libras y medía y alquiler de las hachetas para la procesión.
Se invirtieron15 rs en gratificar a Salvador del Valle y otros cocheros por conducir a los caballeros capitulares hasta el convento franciscano para asistir a los mencionados cultos de rogativa.
Como es natural se tiraron cohetes como anuncio de la celebración la víspera; el cohetero Juan Francisco de Montoya recibió por tal concepto 48 reales.
5 reales fueron pagados al pregonero público, Juan de la Cruz, por una de las ocupaciones que tenía encomendadas: llevar y traer los escaños para el asiento de los señores miembros del Cabildo municipal desde las casas consistoriales a la iglesia conventual franciscana.
El 22 de marzo el Ayuntamiento lucentino designa quiénes serían los encargados de asistir a los conventos de San Francisco de Asís y de San Francisco de Paula el jueves santo para tomar las respectivas llaves de los Sagrarios, en conformidad con lo capitulado en las escrituras de patronato. Los encargados fueron el alférez mayor, don José Antonio de Carrión y Dávila, caballero de Santiago, para el primero y el regidor don Jacinto de Nieva y Cuenca para el segundo, entonces aún con la categoría de hospicio.
También decidieron los caballeros capitulares lucentinos, como estaba establecido, costear la cera de los monumentos eucarísticos de ambos establecimientos religiosos, entregándose a cada convento para tal destino 200 reales.
El día de san José tuvo lugar en la iglesia de carmelitas descalzos la misa cantada y votiva que costeaba la Corporación y por la que fray Diego de la Expectación, procurador conventual, recibió 12 reales.
El domingo de Ramos de aquel año fue el 28 de marzo. Durante la semana santa asistió la Corporación a las procesiones. Para esta participación municipal se trajeron de Córdoba 48 hachuelas de cera blanca labrada, lo que ocasionó un gasto de 710 reales.
En aquella cuaresma, el guardián del convento franciscano de San Francisco de Asís, el padre Fr. Laurencio Garrido, había solicitado la aportación económica municipal para contribuir al gasto de la comunidad en la obra de la iglesia y en concreto en el enlucido de la capilla mayor y arco toral que estaba amenazando ruina. Se le concedieron 200 reales.
Por aquellos días los frailes franciscanos descalzos del entonces hospicio de San Bernardino de Sena en la ermita de Nuestra Señora del Valle hicieron petición al Municipio de dos fanegas de tierra para usarlas como huerta. Esta solicitud fue atendida previa licencia del marqués-duque. A instancias de estos mismos frailes se había repuesto en la segunda mitad de enero –tiempo idóneo para ello- la alameda de álamos negros desde la salida de la calle de San Pedro hasta el propio hospicio del Valle, efectuándose el pertinente zanjado para el resguardo de los árboles.

11.10.06

A los setenta años de la alternativa de Parejito

©Luisfernando Palma Robles


Publicado en Peña Taurina y Círculo Mercantil, Fería de Ntra. Sra. del Valle, Lucena (1995)y Caireles, Barcelona (1995)

La pasada festividad del Bautista cumpliéronse setenta años de la alternativa en Cabra del torero Francisco Cesáreo de San José López y Parejo, conocido profesionalmente como Parejito, nacido en el número 2 de la calle Avendaño, muy cerca de "su" llanete de San Agustín, el 12 de septiembre de 1899.
Juan López Juanele publicó en 1991 una excelente monografía , única hasta la presente, sobre nuestro torero, trabajo complementado con una serie de artículos y reproducciones facsimilares sobre el arte de Cúchares en nuestra ciudad. Aprovecho la ocasión para recomendar vivamente este libro, en la que el autor, para sublimar su naturaleza lucentina, convierte simbólicamente su obra en una subida al santuario de Araceli.
En esta septuagésima efeméride, a modo de homenaje, voy a efectuar un recorrido por aquel año taurino, central de los veinte, a través de la prensa contemporánea y como modesta adición a lo recogido en el libro de Juanele.
Según el diario sevillano La Unión, el domingo de Resurrección, 12 de abril, se inauguró la temporada en Lucena. Se lidiaron reses de Moreno de Santamaría que mataron doce caballos. Francisco Ferrer Pastoret, el torero de Orán, cortó una oreja; Parejito, estuvo -según el cronista-superior, y José Sánchez Campos obtuvo un triunfo grande: cortó orejas y fue constantemente ovacionado. Esta corrida, anunciada en el decenario local Patria, fue a beneficio de los festejos en honor de María Santísima de Araceli.
Al domingo siguiente actuó Parejito en Carabanchel con ganado manso. Nuestro paisano estuvo bien en su conjunto, siendo ovacionado. Belmonte (Supongo que José, el hermano pequeño del coloso Juan) realizó una labor aceptable con capa y banderillas y fue cogido, resultando con contusiones de alguna gravedad. Al tercer espada, Peláez (seguramente de nombre Luis), le fue devuelto el sexto de la tarde al corral.
Repitió Parejito en Carabanchel una semana más tarde, con reses de Cortés, cuatro de las cuales fueron castigadas con banderillas de fuego, y una, por pequeña, fue sustituida. Luis Mera, de mucho cartel en dicho coso madrileño, tuvo una actuación regular. Nuestro paisano, valiente con el capote y breve con la muleta. El tercer espada, el mejicano Ricardo Romero Freg, superior con capa y banderillas.
El 3 de mayo, festividad aracelitana, se celebró en nuestra ciudad una corrida con novillos de Moreno Santamaría que mataron ocho caballos. A Manuel Pineda le devolvieron un astado a los corrales; el sevillano Emilio Fernández Prieto estuvo bien. El triunfador de la tarde fue Sánchez Campos, quien cortó las dos orejas y el rabo de uno de sus enemigos y salió a hombros.
Ese mismo día, en Almería, Parejito tuvo una memorable actuación: monumental, toreando y con las banderillas; colosal, matando. Cortó dos orejas y un rabo y fue sacado a hombros. Sus compañeros de terna, Hilacho y Gordillo, recibieron la ovación del respetable.
El último domingo de ese mes aracelitano, día 24, volvió el diestro lucentino a la capital urcitana. Las reses, que cumplieron, de Tardío. El cronista calificó de superior esta actuación de Parejito en Almería. Con él lidiaron Hilacho, desigual, y Saleri (por la fecha, Justino Mayor Martínez Saleri III), especialmente bien en el tercero.
La despedida como novillero de nuestro paisano tuvo lugar en Belmez en la corrida del Corpus y con ganado, bien presentado pero manso,de don Anastasio Martín. El primer espada, Pastoret, fue aplaudido. El segundo, José Corzo Corcito, no gustó y recibió dos avisos en su segundo. Parejito demostró ser un gran matador, especialmente con la media al sexto, que lo hizo rodar sin puntilla; salió en hombros .
Y llegó el día de la alternativa. El periódico sevillano El Liberal recoge cómo en Cabra ese día de san Juan por la mañana se celebró la entrega de la bandera al somatén local en la explanada de la calle Juan Ulloa, donde se levantó un altar y, ante un público numeroso, la madrina, doña Josefa Moreno de Pallarés, hizo entrega de la bandera al abanderado don Rafael Blanco. Tanto la citada madrina como el presidente de la comisión organizadora, señor Amo Rivas, y el gobernador militar hicieron uso de la palabra. Después se celebró el banquete de rigor, ofrecido por el alcalde, D. Rafael Blanco Serrano, al que concurrieron un centenar de personas. Por la noche, asistieron los invitados a una buñolada en el chalé de los señores de Pallarés.
Al matador padrino, Ignacio Sánchez Mejías, el torero intelectual y seguidor tenaz del Real Betis Balompié, cuya muerte por el toro Granadino ha quedado inmortalizada en la mejor elegía compuesta en nuestro siglo, capaz por ella sola de consagrar a un poeta, no le pareció bien cómo se desarrollaron estos actos somatenistas; y así lo dejó escrito en La Unión: "La prensa de Madrid tenía anunciado para hoy 24 de junio el homenaje que Cabra, su pueblo natal, había de rendir al autor de Pepita Jiménez. También sabía yo que había una cosa de Somatenes, lo que no me sorprendía , porque ya me acostumbré a ver a estos armados patriotas por donde quiera que voy a torear. Llegué temprano. Desde Aguilar, donde dejé el expreso de Madrid, se tardan escasamente veinte minutos y, apenas tomado el desayuno, me lancé a la calle a compartir el regocijo de los egabrenses. Una doble fila de público forma vistosa avenida, donde medio centenar de somatenistas lucen sus armas (...) Todos los edificios cuelgan sus balcones como en la festividad del Corpus. Empiezan a llegar las autoridades. Suena la Marcha Real y bruscamente se corta el himno. El gobernador civil de Córdoba, a quien dedicaron los músicos ese honor, mandó juiciosamente que lo suprimieran (...) Una cosa tan sagrada, tan venerable, tan emocionante no debe estar al libre capricho de unos músicos de pueblo. Hoy mismo sucedió un hecho que me hizo meditar sobre esto: se trataba de entregar la bandera al Somatén de esta ciudad. Un altar, unos monaguillos, el arcipreste, la guardia civil y las personalidades que suelen concurrir a estos actos decoraban el lugar exornado de antemano en la delantera de la plaza de abastos. En la reja de ésta se apiña el pueblo como una masa simbólica. Una señora de Cabra, muy guapa y muy rubia, lee unas cuartillas. Un señor muy viejo le contesta (...) Al acabar las dos lecturas, suena otra vez la Marcha Real y de nuevo se ordena a los músicos que guarden silencio. Faltaba que hablar el general Pérez Herrera, que preside el acto. Este incidente, desconocido por la distancia, produjo hilaridad en el pueblo. A mí me dio coraje. Yo he sentido muchas veces ganas de llorar al oír el himno de España y me enfurece que se tome a broma. Lo mismo debió suceder al general, porque noté que le costaba mucho trabajo hilvanar su discurso (...) Después desfilaron los somatenistas y terminó el acto. Yo recorro el pueblo. Voy detrás de la gente, esperando que ellos mismos me guien hasta el sitio donde se ha de celebrar el homenaje a Valera. Poco a poco se disuelve el gentío, y sin darme cuenta me encuentro solo en medio de la calle. Pregunto: el homenaje a Valera, ¿dónde es? No saben contestarme. Alguien dice haberse suspendido. Yo así lo creo".
Juanele recoge en su libro -páginas 45 y 71- reproducción facsimilar de dos artículos sobre la alternativa de Parejito, firmados respectivamente por Manuel Mora y Florián Valentín .
Según El Liberal, el coso egabrense registró un lleno absoluto. Los toros de Conradi dieron buen juego, sobresaliendo el cuarto y el quinto. Parejito, tras recibir de Sánchez Mejías los trastes de matar, comienza la faena con la izquierda, dando un natural y otro de pecho ligados. Cambia de mano y da otros varios regulares, para un pinchanzo. Más pases y otro gran pinchazo y media delantera que basta. Oye palmas del respetable. En el sexto, tras una faena regular, da la mejor estocada de la tarde, por lo que recibe la ovación del público, y sale en hombros.
El tercero lo banderillearon los matadores. Ignacio comenzó la faena sentado en el estribo -situación que en Manzanares le costaría la vida "a las cinco de la tarde"-. Sigue trasteando desde cerca. Estocada delantera y descabello. Corta una oreja. En el cuarto demuestra el torero bético sus superiores cualidades de banderillero. Faena buena y larga. Tras un pinchazo, termina con su enemigo de una gran estocada. Es ovacionado.
La labor del testigo, Jose García Algabeño, en el segundo fue calificada con el silencio de la plaza. En el quinto veroniquea muy bien. Superior con la izquierda en el último tercio, menos lucido con la diestra. Tres pinchazos y descabello .
El semanario taurino sevillano Seda y Oro, nada amigo de Ignacio, vio esta corrida con otros ojos . Para esta publicación la alternativa no era otra cosa que "un truco de la empresa para hacer más pesetas en taquilla, explotando la proximidad de los lucentinos y la idolatría que sienten por su diminuto torero el gran amigo de Mussolini". Más adelante indica que "vimos una entrada regular en el sol y francamente mala en la sombra. El retraimiento del público era la muestra más evidente del descenso rápido del cartel mejiista". Este semanario escribe del "entendimiento" de Sánchez Mejías con cierto crítico con el que -dice- viajó después de la corrida a Córdoba para llegar a tiempo a teléfonos, temerosos de que otros se les adelantaran. Transcribo, a continuación, el fragmento de crónica correspondiente a la actuación de nuestro paisano, firmada en Seda y Oro por Don Canuto: "Parejito en su primero lanceó sin parar y tan sólo le vimos un quite lucido. Con la muleta, en la izquierda, dio pases ceñidos aunque un poco emocionadillo. Hubo un buen molinete y al cuadrar, entrando bien, dio un pinchazo bueno. Nuevos pases para otro pinchazo en lo alto, quedándose el toro, que era manso de solemnidad.
Un espectador, excelente aficionado, dice desde uno de los tendidos: Éntrale al hilo de las tablas. Y Mejías, que le oyó, se encara con él y le contesta:¿Eres tú o él el que va a matar al toro!
Nuevamente cuadra el toro y Parejito aprovecha para media estocada buena que acaba con el de Conradi. Muchas palmas al voluntarioso chico.
En el último, que brindó a Sánchez Mejías, hizo una faena muy valiente y eficaz, haciéndose del toro, que estaba incierto. Aprovechando el tiempo y entrando como hoy se ve pocas veces, consiguió media estocada que tumbó al toro sin puntilla. ¡Lo mejor de la tarde! Ovación, orejas, vuelta al ruedo y salida en hombros."
Obsérvese cómo aquí se señala que el segundo toro del flamante doctor Parejito se fue al matadero sin orejas, apuntación que no hace El Liberal.
Según Juanele aquella temporada nuestro conciudadano toreó un considerable número de corridas, consiguiendo grandes triunfos. En Lucena, en corrida de único matador con seis toros, obtuvo un éxito de primera. Fue cogido y llevado por nuestras calles al hospital en camilla
Concluyó la temporada en Córdoba, en la tercera de la feria de septiembre, alternando con el rejoneador don Antonio Cañero y los matadores Manuel Jiménez Chicuelo y Miguel Báez Litri, con ganado de don Juan Bautista Conradi. No dispongo de otra crónica de esta corrida más que la del semanario Seda y Oro, donde la actuación de Parejito la calificó El Chico del Baratillo como de "una de cal y una y media de arena. Al muchacho se le nota falta de entrenamiento, y quizá por esto no lució mucho su actuación. Si es también cierto que puso mucha voluntad en todo cuanto hizo y que fue muy aplaudido". Indica además el cronista que cortó una oreja en el primero. Juanele señala en su libro que el diestro de la calle Avendaño alcanzó un buen triunfo en esta corrida de otoño en Córdoba.
Terminó la temporada. En nuestras plazas y llanetes a la luz última de las tardes sentenciadas a abreviarse, con la corona de espinas todavía en la sombra, las chiquillas lucentinas jugaban a la rueda como recogía Algar en Luceria:
"Unos dicen que Belmonte
otros que Gallo Mayor
yo digo que es Parejito
el que torea mejor."

O como recordaba mi amiga Carmen:
"¡Quién ha visto a Parejito
tan chiquito torear!
El otro día en la plaza
un toro lo iba a matar.

Todo el mundo va a la plaza
para ver a Parejito,
porque tiene mucha gracia
y es también...mu rebonito."






8.10.06

La cofradía de la Veracruz y Paz en 1805

©Luisfernando Palma Robles



Publicado en Columna de Esperanza, Lucena (2005)


¿Para qué son las guerras, Dios mío?”
(B. P. G., Trafalgar, XIII)



1805 es el año de la derrota hispano-francesa en Trafalgar, trozo de historia inmortalizado por don Benito Pérez Galdós. Este su lector, apasionado e incondicional, aprovecha la presente ocasión bicentenaria para continuar rindiendo homenaje a su memoria. Con don Benito tengo la deuda impagable de haberme acercado tiempo ha al fabuloso mundo del Ochocientos español, el siglo más español de todos los siglos, como lo llamase mi admirado don Enrique Tierno Galván.
En 1805, hace doscientos años, la cofradía lucentina de la Veracruz y Paz había ya completado el conjunto imaginero semanasantero que ha llegado hasta nosotros, con excepción de la Santa Fe que se incorporaría en 1843; aunque su cruz como santa Vera-Cruz, norte y guía de la procesión del jueves santo entonces y hoy, sí formaba parte de aquel pretérito cortejo que partía de la ermita de la calle Ancha, esquina Veracruz o Amargura. En los primeros momentos del Ochocientos había incorporado el conjunto de la Piedad (Virgen de Piedra o de las Angustias), que sería desde entonces el misterio que cerraría o autorizaría la variada exposición en imágenes de la pasión de Cristo en la tarde del “jueves de la cena”. La representación del Crucificado sería en el devenir de esta extinta hermandad una muestra de inestabilidad procesional, pues fueron muchas las imágenes de esta iconografía cristífera las que participaron en su desfile a lo largo de la historia.
Presidía por entonces la cofradía don Fernando Ramírez de Luque, cura beneficiado de los señores de Lucena e historiador. Apasionado e inquieto, don Fernando, en sus obras y actitudes, se manifestó tan amigo de las manifestaciones barrocas de religiosidad tradicional como enemigo del arte barroco que encierra la capilla del Sagrario de la archicofradía sacramental, recinto que la elite local levantó en la segunda mitad del siglo XVIII, en plena decadencia del señorío de los Comares-Medinaceli. Todo un misterio al que es difícil encontrarle explicación fuera del ámbito de las filias y de las fobias.
Los primeros meses de 1805 fueron en Lucena laboralmente complicados, a consecuencia de la dificultad para las tareas agrícolas y a la notoria escasez de trigo. Esto dio lugar a levantamientos por parte de los jornaleros impulsados por su estado de necesidad, que fueron contenidos por la intervención del corregidor, don Antonio de la Escalera, con la ayuda de la fuerza mandada por el coronel don Miguel de Ibarrola, quien desempeñaba en nuestra ciudad el cargo de comandante de armas. Más de mil personas habían quedado reducidas a la mendicidad por los días finales de enero. Don Enrique de Guzmán el Bueno, alférez mayor y muy ligado a la hermandad de la Veracruz, don José de Luna y Vargas, regidor de preeminencia, y el abogado don Pedro José Moyano Díaz, diputado del Común, componen una comisión encargada de acudir a la población más necesitada, una vez que la Junta de hacendados no había aceptado el repartimiento de jornaleros entre los pudientes.
De acuerdo con lo dispuesto por el Real y Supremo Consejo de Castilla, la Corporación municipal había recibido, para su posterior reintegro, 62 872 rs y 5 mrs pertenecientes a capitales eclesiásticos con la finalidad de invertir tal cantidad en trigo para el abastecimiento del pueblo. En este mismo orden de cosas, se decidió oficiar al vicario de la Iglesia local para que designase un eclesiástico que juntamente con los regidores comisionados al efecto reconocieran las casas de los señores curas y aquellas otras donde presumiblemente pudiera haber trigo, con objeto de atender la urgencia que la población experimentaba. Por otra parte, el citado abogado Moyano, diputado del Común, había comprado en Málaga, por orden de la Municipalidad lucentina, 3 300 fanegas de trigo. Moyano escribió desde esa capital manifestando que para el pago de su compra había buscado siete talegas de plata que debía restituir, para lo cual solicitaba se le enviase el dinero. El Ayuntamiento le manifestó en su respuesta la falta de fondos del Pósito común y acordó que fuera el regidor don Sebastián Gálvez Cañero, depositario del Pósito, quien aprontara la cantidad.
El mal tiempo de aquel invierno lo pone de manifiesto el torcimiento que había experimentado la fachada principal del ayuntamiento, “cuyas columnas, único base en que estriba la subsistencia, van perdiendo el orden”. El maestro mayor de obras de la Ciudad, Juan Pérez de Toro, manifestó que a esa modificación arquitectónica habían contribuido en gran parte los “últimos fuertes huracanes y las excesivas lluvias experimentadas en estos días”.
En la solemne función religiosa que tuvo lugar en la ermita con motivo de la festividad de Nuestra Señora de la Paz (24 de enero), intervino la capilla de música de San Mateo y en los tres días del jubileo de las cuarenta horas celebrado en el referido templo de la calle Ancha, como parte integrante de esos cultos marianos, la Música extravagante (aficionados no vinculados a la Iglesia) participó con sus instrumentos desde el Manifiesto hasta la Reserva y a su cargo corrió el canto del Rosario. Completaron estos cultos de enero, honras fúnebres en memoria de los hermanos difuntos de la cofradía. El encargado por la hermandad veracruceña para la organización de estos actos de enero fue Juan José Fernández, cuadrillero “en la insignia de Jesús y San Pedro en su santo Lavatorio”. El cura Ramírez, hermano mayor, ayudó a la función y jubileo reseñados con la limosna de 60 reales. El estipendio correspondiente a cada misa aplicada por el alma de un cofrade era entonces de 4 reales. Las contribuciones de los hermanos, recaudadas durante todo el año por Pedro Castellano, sacristán de la ermita, muñidor y cobrador de la cofradía, ascendió a 889 reales con 8 maravedís. Castellano, por su parte, recibió de la corporación veracruceña 594 reales; 384, de su salario de 32 reales mensuales y 210, importe de tres arrobas de aceite destinadas a la lámpara que alumbraba a Nuestra Señora de la Paz, titular letífica de esta institución también pasionista.
No solamente se retribuía por el hecho de cobrar las cuotas de los hermanos, sino que el tesorero, a la sazón don Alonso Vázquez del Valle, percibió 120 reales correspondientes a su anualidad por su labor de formar las cuentas, incluyéndose en esa cantidad gastos de escritorio y demás en relación con el referido oficio.
Sin entrar en detalle de los ingresos habidos aquel año en concepto de alquiler de las casas propias de la cofradía, anotamos uno de 265 reales con 2 maravedís que le fue entregado al tesorero por “los que cobran el cuarto [importe de las entradas al espectáculo] que corresponde a la Virgen de la Paz en su casa de comedias [en las puertas de patio, cazuelas y camarines], de trece funciones que hicieron varios vecinos de esta ciudad”.
Durante aquel año que comenzó con tan mal tiempo hubo que efectuar, una vez más, obras de albañilería en las pertenencias de la hermandad. El maestro mayor de obras públicas de nuestro Ayuntamiento, Juan Pérez de Toro, arquitecto y fontanero, certificó haber “recorrido los tejados del cuerpo de iglesia, los de la casas contiguas y todos los de la casa de comedias, en los cuales se han descubierto algunos pedazos, encintando sus caballetes [poniendo la linea de separación de las dos vertientes del tejado] y testeros y en uno de ellos metido una viga y además poner un palo nuevo para sostener la armadura del tablado”. Estos gastos de reparación ascendieron a 464 reales y 14 maravedís.
En la relación de reparaciones llevadas a cabo por orden de la cofradía nos encontramos con la del farol de santa Elena, tan vinculada a la invención de la Cruz; ya que, según la tradición, fue la descubridora de la Veracruz de Nuestro Señor en las excavaciones que ella misma dirigió. Reza la anotación de cuentas de la desaparecida hermandad del jueves santo lucentino: se pagó 1 real y 17 maravedís a Rafael de Tapia, maestro hojalatero, por “componer el farol de santa Elena que está en la esquina de la ermita”; fuente documental para conocer que en la esquina de Veracruz con Ancha se encontraba la imagen de esta santa, madre del emperador Constantino y ella también emperatriz, en cuya representación iconográfica suelen figurar la cruz, la corona de espinas y los tres clavos.
El miércoles 27 de febrero dio comienzo la cuaresma. El jueves santo, 11 de abril, se llevó a cabo la procesión de costumbre. Fue el presbítero don Joaquín de Burgos y Villegas, sacristán mayor de San Mateo, quien, con la anuencia del hermano mayor y cuadrilleros, suplió los gastos de la procesión que salió de la Santa Veracruz, cuyo importe ascendió a 293 reales.
Tenemos constancia de los fallecimientos durante 1805 de dos hermanas y un hermano de la cofradía: Antonia Sanz, Ángela Caballero y Francisco Hurtado.
Se sabe que en la mañana del jueves de Corpus Christi, en aquella ocasión coincidente con el día de san Antonio de Padua, hermanos de la cofradía de la Veracruz y Paz asistieron a la procesión sacramental que salió, como siempre, de la mayor parroquial de San Mateo. Como refresco para esos cofrades el confitero Juan Morales preparó tres libras de bizcochos y media de vino.

Fuentes documentales
• Archivo Histórico Municipal de Lucena, Actas capitulares, 1805.
• Archivo Parroquial de Santiago de Lucena, Cofradía de la Paz, “Cuentas dadas por don Alonso Vázquez del Valle, tesorero de la Venerable Cofradía de María Santísima de la Paz, 1805”.

6.10.06

San José y el torero Pepe Hillo

©Luisfernando Palma Robles
Publicado en Caireles, Barcelona (2002)

He pasado en mi vida de ser espectador de corridas taurinas a ser sólo entusiasta de la historia de la Tauromaquia. La retirada de Curro Romero ha actuado de cachetera, asestando con la puntilla en el espacio intervertebral de mi afición taurina el golpe que me ausenta, directa y mediáticamente, de los ruedos. Puede ser que algún mañana alguien cicatrice esa mortal herida, para que resucite al espectáculo festivo de la muerte en la tarde.
Hay unos momentos del ritual taurino que siempre me han llamado la atención. Se trata de los que componen la oración privada –a lo mejor en latín, quién sabe- que el matador oficiante lleva a cabo, cabeza gacha y entregada, ante la baraja de imágenes sagradas en la intimidad de la habitación del hotel. Muchas estampas; aunque, en una alta proporción, los diestros son especialmente devotos de una particular imagen. Pepe Illo lo era de su santo homónimo, devoción que le llevó a donar una imagen escultórica del santo patriarca a la popular hermandad sevillana del Baratillo, vecina del coso de la Real Maestranza de Caballería, en el barrio de El Arenal, inmortalizado por Lope de Vega:
“¡Famoso está el Arenal!
¿Cuándo lo dejó de ser?
No tiene, a mi parecer,
todo el mundo vista igual”
Pepe Hillo (derivado seguro de Pepillo) nació en Sevilla en 1754 . Durante algún tiempo se discutió mucho acerca del lugar de su nacimiento, así como de la fecha en que tuvo lugar tal venida al mundo; pero el Doctor Thebussem dio en la sevillana parroquia colegial del Divino Salvador con la partida de bautismo de José Matilde –el segundo nombre, el de la santa del día- que nació el día 14 de marzo a las seis de la mañana, hijo de Juan Antonio Delgado y de Agustina Guerra, su mujer .
Consta su actuación en Madrid en 1774 a las órdenes de su mentor Joaquín Rodríguez Costillares. En 1777, la Junta de Hospìtales de Madrid, empresaria por así decirlo del coso de la villa y corte, desea que los famosos lidiadores rondeños Juan Romero y su hijo Pedro toreen en la capital de España. Éstos se niegan y entonces a la Junta no le queda otro remedio que contratar a Costillares y a su discípulo Pepe Hillo. El diestro últimamente citado tiene que cumplir sus compromisos con la Real Maestranza de Sevilla, por lo que las corridas de la capital andaluza se celebran los días 11, 12, 14 y 16 de mayo para que el matador pueda salir para Madrid el 17 .
En comunicación efectuada al prestigioso farmacéutico y gran aficionado a la Tauromaquia don Antonio Moreno Bote de Acevedo, expresa Pedro Romero que “En año de 78 conocí y trabajé en mi oficio de matador de toros en la plaza de Cádiz con don José Delgado Hillo” . De esta fecha parece arrancar la rivalidad entre Pedro Romero y Pepe Hillo, representante el primero de la llamada escuela rondeña y el segundo de la conocida como sevillana. Con el riesgo que toda simplificación lleva consigo podemos asociar la primera a los términos “seriedad y profundidad” y la segunda a “toreo vistoso y alegre.”
Pepe Hillo, quien por su muerte entró de lleno en las páginas del Legendario y de la Mitología, ha pasado a la historia por ser autor (?) de una preceptiva taurina: La Tauromaquia o arte de torear. Obra utilísima para los torerios de profesión, para los aficionados y toda clase de sugetos [sic] que gustan de toros. Su primera edición está fechada en Cádiz, imprenta de Manuel Jiménez Carreño, año 1796 . Es prácticamente imposible que el torero redactase esta Tauromaquia, pues, entre otras razones, se dice de él que desconocía lo más elemental de la lectura y de la escritura y que sólo cogía recado de escribir para dibujar su firma. Todo apunta a que el autor literario de la obra fuese su gran amigo y cronista de su muerte don José de la Tijera.
Pepe Hillo fue el inventor de la suerte de frente por detrás, que así se describe en su Tauromaquia: “Esta suerte es aquella que hace el diestro situándose de espaldas en la rectitud del terreno que ocupa el toro, teniendo la capa puesta por detrás al modo que de frente; y, luego que aquel le parte, le carga la suerte, dando el remate con una vuelta de espaldas, y formando un medio círculo con los pies, con lo que deja al toro proporcionado para segunda suerte. Soy el inventor de ella, y la he ejecutado siempre con fortuna; bien es verdad que solo la he hecho a las reses boyantes cuando tienen piernas, para rematarla bien; y en otras circunstancias no aconsejo a ninguno que la ejecute.”
La muerte de Pepe Hillo por el toro Barbudo es uno de los momentos más significativos de la historia taurina . Fue en Madrid el 11 de mayo de 1801. La corrida de aquel día, con sesiones como era entonces habitual de mañana y tarde, tenía como espadas, además de al malogrado diestro, a José Romero (su hermano Pedro, el gran rival de Pepe Hillo, se había ya retirado) y a Antonio de los Santos. Por la mañana, Pepe Hillo había sufrido un puntazo en una pierna, por lo que era lógico que no continuase lidiando. Sin embargo el torero sevillano salío por la tarde a efectuar su labor profesional. El séptimo de la tarde, el citado Barbudo, de la ganadería de don Luis Rodríguez San Juan, de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), negro, de buen tamaño y corniabierto, lo enganchó cuando el maestro entró a matarlo.
Don José de la Tijera, testigo de la mortal cornada que recibió nuestro diestro sevillano, describe así los últimos momentos de la carrera de éste: “Sólo recibió el toro cuatro varas, a las que entró siempre huyendo de los caballos. Después, con mucha maestría le clavó un par de banderillas el aplaudido Antonio Santos, y seguidamente le clavaron otros tres pares, Joaquín Díaz y Manuel Jaramillo. Luego se presentó a matarle José Delgado Illo: le dio tres pases de muleta por el orden común, despidiéndole por la izquierda y el restante de los que llaman al pecho, con el cual se libertó del apuro contra los tableros, en que le encerró la mucha prontitud con que se revolvió el toro, algo atravesado, no hallándose puesto aquél en la mejor situación.
“Estando ya en la fatal de la derecha del toril, a corta distancia de él, y con la cabeza algo terciada a la barrera, se armó el matador para estoquearle; lo tanteó citándole o llamándole la atención de la muleta, deteniéndose y sesgándole algo más de lo regular, se arrojó a darle la estocada a toro parado y la introdujo superficialmente como media espada por el lado contrario o izquierdo. En este propio acto le enganchó con el pitón derecho por el cañón izquierdo de los calzones y lo tiró por encima de la espaldilla al suelo, cayendo boca arriba. Bien porque el golpe le hizo perder el sentido, o por el mucho con que pudo estar, para conocer que en aquel trance debió quedar sin movimiento, es lo cierto que, careciendo de él, se mantuvo en dicha forma ínterin le cargó el toro con la mayor velocidad y ensartándole con el cuerno izquierdo por la boca del estómago, le suspendió en el aire y campaneándole en distintas posiciones, le tuvo más de un minuto destrozándole en menudas partes cuanto contiene la cavidad del vientre y pecho, a más de diez costillas fracturadas, hasta que le soltó en la tierra inmóvil y con solo algunos espíritus de vida.”
Volvamos a San José. Pepe Hillo, vecino del barrio del Arenal y, por tanto, de la Real Maestranza, regaló, como indiqué en las primeras líneas, una imagen del santo esposo de María a la capilla del Baratillo, aledaña del coso taurino sevillano. Refiriéndose a la oración del torero ante la imagen del santo, el pueblo cantaba, como intuyendo su trágico fin:
“Qué lástima me ha dado
de ver a Illo
rezando en la capilla
del Baratillo.”
La imagen, en verdad, no posee gran mérito artístico, aunque sí un enorme sabor popular, debido, sin duda, a ser donación del legendario torero. En su peana se lee: “Este Santo Patriarcha se hizo y colocó en este altar a devoción y diligencia de Joseph Delgado-Yllo en 19 de marzo de 1774 años”. Por ser la referida imagen josefina titular de la cofradía del Baratillo desde el 7 de agosto de 1783 , ésta le dedica todos los 19 de marzo una función y tiene la citada titularidad representada en su escudo mediante una sierra.
En un inventario figura entre los bienes del torero una lámina del santo patriarca , lo que confirma, aún más, la devoción que José Delgado Guerra sentía por el patrón de los carpinteros.

5.10.06

La Congregación Servita de Lucena y el taller prieguense de Remigio del Mármol

©Luisfernando Palma Robles


Publicado en Fuente del Rey, nº 221, Priego de Córdoba (2002), pp. 7 y 8.

A principios de 1807, la junta rectora de la Congregación de Servitas de Lucena, presidida por el padre corrector don Pedro José Ramírez y Contreras, decidió comisionar al propio corrector y al clérigo capellán don Antonio Ortiz Repiso, a fin de que “para mayor decencia, culto y adorno del altar y camarín en que se venera la citada nuestra principal Imagen y Tutelar María Santísima de los Dolores, atendidas las razones y fundamentos expuestos”, encargasen sendas imágenes “de la altura proporcionada que representen a San Felipe Benicio y Santa Juliana de Falconeri, dos de los santos fundadores de nuestra Congregación y de la Orden y Religión de Siervos de María.”
En el mes de agosto el corrector Ramírez y Contreras da cuenta a la junta de oficiales cómo ha tenido respuesta del escultor de Priego y que se hacía preciso nombrar dos diputados para que “se entendiesen con él en punto a la construcción de los dos santos, San Felipe Benicio y Santa Juliana Falconeri, y que fuesen de lo mejor que ejecutase dicho artífice”. Los comisionados fueron en esta ocasión el citado padre corrector y el hermano Vicente Serrano .
En las cuentas de la Congregación Servita lucentina, existe una anotación en la que se dice que “se servirá entregar nuestro hermano receptor Juan de Dios del Valle 1.360 reales importo de dos esculturas de San Felipe Benicio y Santa Juliana de Falconieri, para el público culto y veneración de nuestra Congregación, las que se han ejecutado por el escultor Remigio del Mármol, vecino de la villa de Priego, y para que conste damos la presente firmada de nuestra mano, del hermano prior y secretario, que da fe en Lucena a 30 de marzo de 1808”. Están las firmas del corrector Ramírez y Contreras, del prior don Francisco de Polo y Valenzuela y del secretario don Juan Cabello Veredas. Al dorso de esta póliza se puede leer lo que sigue y firma el corrector Ramírez y Contreras: “Recibí la expresada cantidad de la póliza de la vuelta por haberla yo satisfecho al maestro. Lucena, 31 de marzo de 1808.”
El escultor Remigio del Mármol, como es sabido, desarrolló su obra fundamentalmente en Priego, aunque había nacido en Alcalá la Real en 1760. En un principio trabajó en el taller de Francisco Javier Pedrajas y más tarde llevó la dirección de su propio taller. Su obra, evoluciona del Rococó al Neoclasicismo.
En el último decenio del Setecientos efectúa el retablo y camarín de la Virgen de la Caridad o de los Desamparados, situados al comienzo de la nave derecha de la iglesia parroquial de la Asunción. La antigua ermita de San José, hoy parroquial de Nuestra Señora del Carmen, fue reedificada, tras encontrarse en estado ruinoso, en los últimos Setecientos y primeros Ochocientos, bajo la dirección del artista alcalaíno de referencia. Precisamente sus labores neoclásicas más marcadas se encuentran en la portada y torre de esa iglesia. Mármol utiliza en ellas como fuente de inspiración los trabajos de Andrés de Vandelvira, artista del Renacimiento de Jaén y provincia. Se sabe que Remigio del Mármol desempeñó el cargo de maestro de novicios en el Venerable Orden Tercero del Carmen. La prieguense Fuente Nueva del Rey se llevó a cabo en 1802 siendo dirigida por Mármol, autor asimismo del grupo escultórico del estanque central de Neptuno y Anfitríte.
Los antiguos servitas llevaban a cabo cultos en honor de san Felipe Benicio, en torno de su festividad litúrgica del 23 de agosto. En la misa de este día, según el Ritual propio servita, tras el evangelio se procedía a la lectura de pasajes de la vida de san Felipe Benicio, para proseguir con la bendición ritualizada de los panes y el agua, traídos por los devotos. El pan bendito se repartía con posterioridad a los pobres. En las cuentas de 1788 –primer año de su residencia en San Mateo- se nos habla del gasto de 27 reales y medio "importo de dos libras y media de cera que se gastaron en la función que se celebró en la Parroquia a nuestro glorioso Padre San Felipe Benicio” En 1796 hay una referencia a la aportación económica por parte del vice corrector Amaro a los cultos de agosto, por ser el mes en que se celebraba la festividad de este santo. Al año siguiente los servitas acuerdan que “se hiciese todos los años y en su día una fiesta con Manifiesto y sermón a Sr. S. Felipe Benicii, como Fundador [sic] de Nuestro Orden Tercero”. Las cuentas de ese mismo año nos hablan de la entrega a Blas Sáez, mayordomo de la capilla de música de San Mateo, de 22 reales, por la asistencia de media capilla a la función de san Felipe Benicio, y también se contabilizan 34 reales recibidos por don Joaquín de Burgos Villegas, correspondientes a los derechos parroquiales de la fiesta que se celebró en honor del referido santo servita.
También podemos encontrar entre los papeles de la antigua corporación servita lucentina referencias al culto ofrecido a santa Juliana de Falconieri, cuya fiesta litúrgica se celebra el 19 de junio. En 1796, en junta celebrada bajo la presidencia del vice corrector don Bartolomé Antonio de Amaro, éste propuso que siendo “el domingo inmediato día de Nuestra Santa Juliana de Falconieri en que había indulgencia plenaria, le parecía se hiciese algún obsequio demostrativo por nuestra Congregación y se encargó entablar una misa cantada para dicho día”. Los oficiales expusieron la falta de fondos de la corporación; no obstante, diputaron “para tratar el precio con los señores curas y demás que ocurriese” al referido vice corrector y al secretario don Antonio Ortiz Repiso. Igualmente se decidió que “en cuanto al consto, sin violencia sino voluntariamente, lo pagarían los hermanos fervorosos como lo hacían con las misas cantadas todos los viernes (...) y que sólo pusiese nuestra Congregación por ahora la cera.” En las cuentas consta que la Congregación aportó 12 reales a los derechos parroquiales de una misa cantada con ministros en el día de santa Juliana de Falconieri.
Según se deduce de las cuentas de la Congregación, recibo fechado en 1808.4.12, las imágenes entregadas ese año por Remigio del Mármol de san Felipe y santa Juliana eran procesionados por los servitas: “Al maestro de carpintero por las parigüelas de los santos nuevos, 88 rs. Al maestro de pintor por pintar las dichas, 15 reales, Por los tornillos para fijar en ellas a los santos, 36 rs” En la misma anotación se nos habla del “Crucifijo para San Felipe, 20 reales, y de las diademas y bandera, 30 reales.”









Toros en Lucena, 1833

©Luisfernando PALMA ROBLES

Publicado en Caireles, Barcelona (2003)

1833 es un año especialmente movido para la monarquía española. Comienza con el restablecimiento de la pragmática sanción de Carlos IV que abolía la ley sálica de Felipe V (1713), ley ésta que disponía la transmisión de la corona de varón en varón, con preferencia sobre las mujeres de mejor derecho. El 20 de junio jura como heredera y en virtud de la pragmática citada la princesita de tres años aún no cumplidos María Isabel Luisa (más tarde Isabel II). El 29 de septiembre muere el rey Fernando VII y el día de los santos inocentes su viuda y sobrina María Cristina contrae matrimonio morganático con el apuesto guardia de corps Fernando Muñoz, matrimonio en principio secreto aunque más tarde se diría de la regia viuda: “Está casada en secreto y á públicamente embarazada”. En octubre, recién fallecido Fernando VII, su hermano don Carlos María Isidro se proclama Carlos V de España, al no reconocer a su sobrina Isabelita como heredera, siendo éste el punto de arranque de la primera guerra carlista.
El Ayuntamiento de Lucena vivía por aquellos años una auténtica crisis. Unas rentas de propios exhaustas y una gran variedad de impuestos con un alto porcentaje de fallidos propiciaban que muy pocos quisieran desempeñar los anuales empleos concejiles, puesto que, entre otros peligros, corrían el riesgo del embargo de sus bienes. Como consecuencia, durante todo el año se suceden las reclamaciones de los electos para no ejercer tales empleos, alegando lo más variados motivos, siendo exonerados por la Real Chancillería de Granada en muchos casos. Gastos de primera necesidad no podían atenderse como por ejemplo los derivados del reconocimiento de las cañerías públicas que se encontraban en pésimo estado; por tal motivo la Intendencia provincial obliga a los componentes de la Corporación municipal a que apronten de su capital particular las dietas devengadas por el fontanero cordobés don Rafael Bonilla, que se encontraba en Lucena a la espera de recibir las pertinentes órdenes para efectuar el citado reconocimiento, incluyendo los gastos de ida y vuelta a la capital provincial.
Pero toda esta situación no era óbice para el deseo de llevar a cabo manifestaciones monárquico-festivas. El 25 de mayo los caballeros capitulares disponen que ante la proximidad de la festividad del santo del rey (30 de mayo) se hagan iluminaciones públicas en la noche del 29 así como en la del día 30. También se determina adornar la fachada del ayuntamiento poniendo en ella el busto de su majestad convenientemente iluminado y que las demás casas de la Plaza Real (Plaza Nueva) cubriesen sus fachadas con “la mayor suntuosidad posible en obsequio del retrato del soberano”. Las dos noches habría de actuar en las propias casas capitulares una orquesta, desde las ocho hasta las doce. En cuanto a celebraciones religiosas, se decide efectuar una solemne función con tedeum en San Mateo a las diez de la mañana del día del santo. A este piadoso acto se conviene invitar a los prelados de las comunidades religiosas,cofradía sacerdotal de San Pedro, comandante de armas y oficiales de las clases militares, voluntarios realistas y caballeros maestrantes. Según mis anotaciones en la Lucena de 1833 residían al menos once maestrantes: de la Real de Sevilla, don José Álvarez de Sotomayor y Domínguez ( conde de Hust), don Rafael Nieto Tamarit y Villegas, don José María Ramírez Chacón, don Enrique de Guzmán el Bueno, don José Cerrato Aguilar (marqués de Villacaños), don Joaquín Ramírez Tous de Monsalve y su hijo don Pedro Domingo Ramírez Fernández de Córdoba; de la Real de Granada, don Vicente Cerrato Tafur (padre del citado Cerrato Aguilar), don Juan José Ramírez y Castilla (padre del citado Ramírez y Chacón), su cuñado don José Chacón Altamirano (II marqués de Campo de Aras y IV marqués de Alhendín de la Vega de Granada) y don Mariano Cordón Robles; de la Real de Ronda, el cuñado de este último don Antonio Cabrera Ruiz de Castroviejo.
En esa misma sesión consistorial que preside el corregidor Alzamora se acuerda solicitar al presidente del Consejo de Castilla la celebración de tres corridas de novillos para festejar la jura de “la muy excelsa princesa primogénita doña María Isabel Luisa, heredera del trono de las Españas y siendo muy propio de estos leales sentimientos el solemnizar tan fausto y memorable suceso del modo que corresponde en medio de los apuros de los fondos procomunales”. Para estos efectos se nombra una comisión compuesta por el regidor decano don Ángel José Navajas, abogado del Ilustre Colegio de Sevilla, y el diputado del Común (en funciones de síndico personero por no estar cubierto este empleo) don José López Sánchez, médico titular.
El 18 de junio se acuerda ordenar al apoderado del Ayuntamiento en la capital cordobesa, don Francisco Ferrer, que consulte en la Intendencia de Rentas Reales acerca de los derechos de todas clases que devengarían las tres corridas de novillos embolados que se celebrarían con la licencia del Consejo de Castilla. No había pasado una semana cuando Ferrer comunica a la Excma. Corporación que únicamente deben satisfacerse por cada una de las corridas de novillos 100 reales de vellón, siempre y cuando las reses no sean de muerte. En el caso de que lo fueran –aunque fuese una sola- se habría de pagar 150 rs. por función.
El 28 de junio se acuerda que la celebraciones locales con motivo de la jura de la princesa heredera, que había tenido lugar el día 20 de ese mes, se llevasen a cabo los días 23, 24 y 25 de julio y así también se conmemoraría el santo de la reina Cristina (día 24). A primeros de julio el Ayuntamiento decide oficiar al señor marqués de Campo de Aras, a la sazón don José Chacón Altamirano, segundo poseedor de tal título nobiliario, “interesando su patriotismo y celo para que se sirva proporcionar del ganado de su propiedad el número de reses de la clase que hace al caso para las expresadas corridas.”
El día 20 deciden los capitulares lucentinos que dada la proximidad de los día señalados para las fiestas reales se oficie al señor vicario y a los prelados de las comunidades religiosas masculinas y femeninas con el objeto de que se sirviesen anunciar la referida festividad con repique de campanas los días 23 y 24 al mediodía y por la noche a la hora de ánimas.
En esa misma sesión se designaron al maestro mayor de obras públicas don Antonio Pérez y Arjona así como a los también maestros del mismo arte don Antonio Moreno Pérez, don Acisclo Ramírez López y don Juan Rogelio de Gálvez, y a los maestros carpinteros don Antonio Delgado, don Manuel Jiménez y don Diego Sojo, para que llevasen a cabo “con toda prolijidad y escrupulosidad reconocimiento formal de toda la obra de madera construida en la Plaza Real”. Igualmente se acuerda notificar a los dueños de las casas de la Plaza Nueva que no permitan que persona alguna se sitúe en los tejados ni que se pongan tablas en las fachadas, “colgadas ni de otro modo”, bajo la multa de cincuenta ducados.
Una vez celebradas los festejos taurinos, el Ayuntamiento lucentino, concretamente el 10 de agosto y tras la lectura de una circular inserta en el Boletín Oficial de la Provincia sobre el asunto, recordó los derechos asignados a la Escuela de Tauromaquia por las corridas efectuadas, al mismo tiempo que dio órdenes a su apoderado en la capital cordobesa para que llevase a efecto el abono de las cantidades correspondientes a los espectáculos celebrados.
La Escuela de Tauromaquia de Sevilla fue creada por Fernando VII mediante la real orden que transcribo: “Ministerio de Hacienda de España.- Al Intendente Asistente de Sevilla.- Madrid, 28 de mayo de 1830.- Excelentísimo Sr.: dado cuenta al Rey Nuestro Señor de la Memoria presentada por el conde de la Estrella sobre establecer una Escuela de Tauromaquia en esa ciudad, y de lo informado por V.E. acerca de este pensamiento; y conformándose S.M. con lo propuesto por V.E. en el citado informe, se ha servido resolver: 1º, que se lleve a efecto el Establecimiento de Tauromaquia, nombrando Su Majestad a V.E. Juez protector y privativo de él; 2º, que la Escuela se componga de un maestro, con el sueldo de 12 000 reales anuales; de un ayudante, con el de 8 000; y de diez discípulos propietarios, con 2 000 rs. anuales cada uno; 3º, que para este objeto se adquiera una casa inmediata al matadero, en la que habitarán el maestro, el ayudante y alguno de los discípulos, si fuese huérfano; 4º, que para el alquiler de la casa se abonen 6 000 rs. anuales, y otros 20 000 rs. anuales para gratificaciones y gastos imprevistos de todas clases; 5º, que las capitales de provincia y ciudades donde haya Maestranza contribuyan para los gastos expresados con 200 rs. por cada corrida de toros; las demás ciudades y villas, con 160, y 100 por cada corrida de novillos que se concedan; siendo condición precisa para disfrutar de esta gracia el que se acredite el que se acredite el pago de dicha cuota, pagando los infractores por vía de multa el duplo aplicado a la Escuela; 6º, que los Intendentes de provincia se encarguen de la recaudación de este arbitrio y se entiendan directamente en este negocio con V.E. como Juez protector y privativo del Establecimiento; 7º, que la ciudad de Sevilla supla los primeros gastos con las rentas que producen el matadero y el sobrante de la bolsa de quiebras, con calidad de reintegro. De Real orden lo comunico a V.E. para su inteligencia y efectos correspondientes a su cumplimiento” A pesar de contar entonces 76 años, fue nombrado director de la Escuela el afamado Pedro Romero, en cuyo nombramiento fueron muy valiosas las gestiones del sabio farmacéutico y experto taurómaco madrileño don Antonio Moreno Bote. La Escuela fue suprimida por real orden de 15 de marzo de 1834 Obra fundamental sobre la Escuela de Tauromaquia de Sevilla es “La escuela de tauromaquia de Sevilla y el toreo moderno”, de Pascual Millán, con prólogo de Luis Carmena, impresa por Miguel Romero en Madrid (1888).
Prosigamos tras el inciso sobre la Escuela de Tauromaquia. Como el Ayuntamiento no había ingresado con anterioridad a la celebración de los festejos taurinos la cantidad correspondiente ni obtenido, en su consecuencia, la licencia, el Intendente cordobés le envió un oficio donde le recordaba la infracción cometida a tenor del artículo 5º de la real orden de establecimiento de la Escuela de Tauromaquia (véase nota 2 de este artículo). No obstante, el Intendente don Miguel Boltri, en citado oficio de 18 de agosto, manifestaba que “atendiendo al fin por el que aquéllas [las novilladas] se hicieron y a que ya se ha pagado la cuota señalada, por una particular consideración he tenido a bien relevar a VV. de que sufra el castigo que tenían merecido [pagar el doble], en el concepto de que en lo sucesivo no reincidirán en defectos de semejante naturaleza, pues de suceder así no han de experimentar la deferencia que en esta ocasión”.
El 5 de septiembre la Corporación conoce el avance del cólera morbo, procedente de Portugal, en el onubense condado de Niebla. Se pone en marcha todo el aparato preventivo donde, como era natural, no podían estar ausentes las rogativas. El 29, como ya he recordado, muere el rey y con él la llamada década ominosa. Por esa causa la demostración de afecto a la niña reina Isabel II con motivo de su onomástica (19 de noviembre) carecerá de iluminaciones públicas y de toda función de regocijo, celebrándose tal día en la iglesia parroquial de San Mateo un solemne tedeum “con toda la suntuosidad posible”.

4.10.06

Nuestra Señora de Araceli y las carmelitas descalzas de Corella

©Luisfernando Palma Robles

Publicado en Feria y fiestas en la barriada de Santa Teresa y San Jorge, Lucena (1996)

En la cercanía de la ciudad navarra de Corella hubo una villa conocida primitivamente con la denominación tan especialmente significativa para nosotros de Ara Coeli, la cual se transformó en su proceso de castellanización en Araciel. Esta villa de Araciel poseía parroquia teniendo como titular a santa Lucía, aunque anteriormente parece ser que estuvo dedicada a santa Catalina.
En esta iglesia ocurría un hecho ciertamente extraño: siempre que se producía algún golpe se oía ruido con eco en la proximidad del arranque de los peldaños del presbiterio a la parte de la epístola, que indicaba la existencia de una oquedad bajo tierra. En 1664, un capellán, movido por la curiosidad, comenzó a solas a cavar en el mencionado lugar de la iglesia. Una vez manos a la obra oyó una voz: no se canse en cavar, que no hay para usted sino tablas viejas. El capellán quedó sorprendido por estas palabras, pues no había allí más persona que él.
Diez años más tarde, como siguiesen los ecos misteriosos, ciertas personas piadosas mandaron a dos albañiles que tratasen de descubrir el origen de aquellos ruidos. La faena de ambos dio como resultado el hallazgo el 10 de diciembre de 1674 de una imagen de Nuestra Señora en un nicho labrado en la misma piedra. Los sorprendidos asistentes a este descubrimiento, después de una primera veneración, la colocaron en una capillita sobre la puerta principal de esa iglesia de santa Lucía. El 21 del mismo mes se trasladó la imagen a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Corella siendo colocada en el altar mayor.
La fama de este hallazgo corrió rápidamente por los lugares circunvecinos. Todos los responsables de los templos deseaban que el suyo fuese el lugar de residencia de tan preciada imagen. Para evitar los naturales celos, se acordó fabricar una basílica; mientras, la imagen permaneció en una ermita dedicada a santa Ana desde enero de 1675 a la festividad de san Juan Bautista del año siguiente, fecha en que se llevó a una capilla costeada por sus devotos, hasta que tuvo fin la obra de la basílica.
Sobre la denominación de la venerada imagen se recurrió al obispo de Tarazona, quien dispuso fuese llamada Nuestra Señora de Araceli, por haberse encontrado en la parroquia de Araciel, topónimo que, como ya he dicho, procedía del latino Ara Coeli.
La imagen denotaba que había portado en sus primeros tiempos un Niño sedente, por lo que se supuso que ambas imágenes se separaron cuando las circunstancias obligaron a ocultarlas. Con posterioridad volvióse al conjunto iconográfico Hijo-Madre.
El prodigiario de esta imagen devocional homónima de nuestra Patrona es extenso. Cabe destacar los milagros obrados en niños que padecían mal de quebradura, a quienes cuando eran presentados por sus padres o cuidadores ante el altar de Nuestra Señora de Araceli de Corella se les rompían las ligaduras que traían, en señal de recuperación de salud, como ya innecesarias.
Anoto otro milagro, éste subacuático. Un ciudadano de Borja, pasando el caudaloso río Aragón, fue llevado de la corriente y sumergido entre las ondas por espacio de un cuarto de hora. Cuando se vio en tal trance, invocó a esta imagen navarra de Araceli. Los que estaban en la orilla lo daban por muerto, mas él llegó sano y salvo ante ellos y les manifestó haber visto en las profundidades acuáticas un resplandor que le ayudó a salir del peligro sin saber cómo.
En el año 1722 fundaron las madres carmelitas descalzas en la ciudad de Corella y desde entonces la basílica de Nuestra Señora de Araceli es la iglesia del predicho convento carmelitano. En el año 1864 se efectuaron notables reparaciones en el templo, que fue reabierto solemnemente el 12 de junio de ese año. De esa misma fecha es la edición de la novena compuesta por el doctor don Jorge Florit de Roldán. En ella se indica como fecha más apropiada para comenzarla la de la víspera de la Invención, que -ya se ha dicho- se celebra el 10 de diciembre. En la actualidad, se sigue celebrando, litúrgicamente puesta al día, citada novena, teniendo lugar su segundo día (10 de diciembre) la función principal en honor de Nuestra Señora de Araceli, con asistencia de una representación municipal compuesta por varios ediles.